Para José Horacio Martínez, el color es “una celebración de la libertad, es alegría. Es la profanación de todo lo que está impuesto”. Una invitación al espectador para que se deje seducir y se pierda entre tonalidades verdes, azules, rojas y amarillas. Esta última predomina en cada centímetro de su obra.

“Los colores que son aceitosos, como el achote y la anilina en indio, tienen mucho poder en mí. El amarillo ocre y amarillo volante los asocio con una cierta familiaridad. Es como si en un mundo tan complejo de entender me sumergiera en ácido muriático. El amarillo me gusta porque es psicodélico”.

La casa amarilla fue la primera obra conocida de Martínez. En ella hacía referencia a su casa de 1988. Ese mismo año, mientras estudiaba, iba a la fábrica de óleos de su profesor Michael Lynch, el “Mago del Sabor”, quien le vendía barato o le regalaba óleo amarillo en grandes cantidades.

Para el artista bugueño, pintar es un acto ligado a las percepciones que cada individuo crea del mundo. Aunque cambien con el paso del tiempo, la esencia se mantiene, perdura. Recuerda que, incluso antes de ser reconocido, se iba largas tardes para los cañaduzales y pintaba los trapiches, los campesinos y esos cielos que todavía son protagonistas de su obra.

“Cuando pinté El Corozal. Trapiche (1988) se la vendí a un tío que era mi benefactor y me compró la pieza cuando no significaba mucho para el arte”. La obra original, de 70 x 100 centímetros, pintada desde un viejo mirador de esclavos donde hacía su trabajo, simboliza el paisaje, el hombre y el territorio del Valle del Cauca.

“El Corozal. Trapiche” (1988). Acrílico sobre papel.

Dicha pintura en acrílico sobre papel es la primera pieza del Calendario Propal 2017, Caña, papel y color, un homenaje que reúne doce obras de la trayectoria de Martínez y donde el paisaje, los corteros y, por supuesto, la caña de azúcar se roban todas las miradas.

“Cuando iba a los cultivos de caña, el sol permitía que la pintura se secara más rápido, porque evapora el agua y quedan como unas fracturas, una fugacidad y color apasionante en la obra. Esto me fascina”, comenta mientras observa Cortero #1 (1990).

Aunque su obra está estrechamente ligada a la pintura, también ha explorado en intervenciones con la fotografía y el collage, como Camino al cañaduzal (1989). Allí se observa la fotografía de tres niñas y el artista completa el cuadro con óleo amarillo y gris.

“Camino del cañaduzal” (1989. Fotografía y óleo sobre papel.

Su trabajo pasa por obras cuyas pinceladas son dinámicas, libres y casi abstractas. En donde las líneas adquieren movimiento entre el color que hace parte de su herencia negra y una ciudad de una cultura colorida como Cali. Sus últimas pinturas reflejan su interés por la presencia de las negritudes en el contexto urbano en el que ha residido los últimos años.

De forma paralela a la pintura, Martínez ha dibujado desde el 84, cuando se propuso hacer un diario para registrar los acontecimientos trascendentes, inspirado en La náusea de Jean-Paul Sartre. Así fue como un carboncillo y una hoja se convirtieron para él en una disciplina que le ha permitido tener imágenes como el Tren cañero (1988), que paradójicamente, hasta antes de la exposición que realizó a comienzos del año en el museo La Tertulia, en Cali, permanecían en grandes bolsas que lo habían acompañado por 32 años.

“Siempre estoy dibujando, incluso cuando lo hago estoy de mal genio. Es terrible. Soy como un neurótico. Sin embargo, los dibujos nunca han sido pinturas”.

Aunque su obra se destaca por la profundidad del color, él prefiere la sobriedad. Sin ninguna pretensión, viste de negro y prefiere que su arte hable por sí mismo, por ser la representación de su espíritu, interés y experiencias. Por ser su interpretación del mundo.

, José Horacio Martínez: Un neurótico de la pintura, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/jose-horacio-martinez-un-neurotico-de-pintura-articulo-671494, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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