El sueño de los padres de Janis Joplin era hacer que su hija se convirtiera en una consagrada profesora. El deseo, por supuesto, se les cumplió. Tal vez no con el rigor que esperaban. Sin embargo, las proporciones que alcanzaron sus lecciones musicales, lograron compensar cualquier frustración al respecto.

Jamás fue docente en el sentido estricto de la expresión. No entró en un aula de clase a compartir sus conocimientos, a pontificar hasta que los alumnos la miraran con respeto, como a una verdadera maestra. El camino que Joplin escogió fue el de la pedagogía en masa y sus discípulos eran todos aquellos que la escuchaban cantar sobre el escenario, y la veían moverse en una tarima consolidada o sobre un bloque improvisado de tablas y ladrillos. El espacio siempre fue lo de menos.

Su experiencia docente además de complejos recitales en los que desgarraba su garganta recurriendo a la nostalgia del blues o convocando a la energía del rock, incluye material grabado desde 1967 con agrupaciones como Big Brother & The Holding Company, Kozmic Blues Band y Full Tilt Boogie, en las que Janis Joplin a pesar de ser la estrella, la dueña absoluta del carisma y la figura de referencia para el público, jamás entendió la música como un proceso individual.

Por eso, no era gratuito que la artista hiciera énfasis cuando afirmaba que entre sus compañeros de grupo existía un vínculo más sólido que el propio lazo familiar. Era, según sus palabras, una conexión que superaba cualquier concepción humana. Con ellos había magia y en colectivo conseguían tal complicidad que eran capaces de generar una atmósfera en la que todo lo que ocurría podía ser sobrenatural. El simple hecho de seguirle los pasos a Joplin sobre la tarima implicaba ya una apuesta singular.

Dentro de las asignaturas que decidió impartir de manera multitudinaria y sin recibir un pago distinto al aplauso sincero, Janis Joplin nunca quiso enseñar una clase relacionada con la moderación, seguramente porque en su ADN escaseó siempre esa partícula. En su forma de entrega, en lo profesional, en lo artístico y en lo personal, no existían medidas, ni mucho menos frenos, y esa manera de asimilar la cotidianidad hacía que viviera de un extremo al otro, como un péndulo.

Lo que se escuchaba en sus interpretaciones, lo que se alcanzaba a percibir en las historias a las que le aportaba su garganta, esa entrega absoluta de su voz en cada letra sin importar las consecuencias ni lo que podía ocurrir al segundo siguiente, era el reflejo de su existencia. Todo lo recibía tal y cómo venía. Lo asimilaba de corazón y así lo compartía con los demás.

Joplin nació en Port Arthur (Texas) el 19 de enero de 1943, hace 74 años, y aunque dejó el complejo mundo de los mortales el 4 de octubre de 1970, su vida dentro y fuera de la tarima sigue siendo una completa enseñanza, algunas veces de lo que no es conveniente hacer.

Ella nunca tuvo la intención de ser un ejemplo para nadie, simplemente trató de complacerse como ser humano sin importarle mucho el entorno. Ya son varias generaciones las que han sido discípulas de su estilo, así que sus padres, por lo menos en lo referente a su deseo pedagógico, pueden estar tranquilos. Labor más que cumplida, Janis, la garganta profunda del rock.
        
 

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