Así se mire unos años atrás, con los Objetivos del Milenio, o haga un repaso rápido por los recientes Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), hay una meta que la humanidad no ha dejado de perseguir: la de lograr un mundo donde no exista el hambre.

Sin dejar de tener un tinte de utopía, la meta, además, se ha ido complejizando con el tiempo, y con la entrada en vigor de la Agenda 2030 se entendió que esta misión estaba atravesada por otros factores, como la conservación del medioambiente. Sobre todo cuando estudios científicos, cifras y datos advierten repetidamente que el cambio climático está poniendo en vilo la seguridad de los cultivos y, por ende, la de nuestros alimentos. De nuestra vida.

En entrevista con El Espectador, Deborah Hines, representante del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de las Naciones Unidas en Colombia, explica cuál es la ruta para que el país pueda cumplir el segundo ODS: Hambre cero. Además, cuenta cómo se están teniendo en cuenta otros ingredientes, como el enfoque en la mujer y el cambio climático, para combatir la malnutrición en el país.

¿Cuál es la radiografía que le han hecho a Colombia respecto al ODS Hambre cero?

En principio debo decir que no utilizamos la palabra hambre, sino mal nutrición, que implica todas sus formas: desnutrición aguda, desnutrición crónica, deficiencia de micronutrientes y obesidad. Colombia tiene de todos los casos, pero es diferente en cada contexto. No es lo mismo en Bogotá que en La Guajira.

Por esto, nuestro objetivo es apoyar al Gobierno para erradicar la desnutrición crónica y prevenir la malnutrición, en especial con poblaciones vulnerables, donde se hacen dos cosas. Primero, dar una transferencia en efectivo o alimento para mejorar los consumos y, segundo, hacer capacitaciones e identificar cuáles son los orígenes sociales que pueden causar la desnutrición. Ahí es cuando nuestro trabajo se mezcla con derechos de las mujeres, enfoque de familia y hábitos saludables.

Según datos del propio PMA, el 28 % de los alimentos que consume Colombia son importados. ¿Qué han hecho para que acuerdos como los tratados de libre comercio no aumenten esta cifra?

Creo que es muy importante dar incentivos, especialmente a los productores locales y mujeres, para mejorar su producción y diversificarla. Además deben existir programas de gobierno que den seguridad en la tenencia de la tierra. Ahora, creemos que por esto es importante plantearse una producción nutritiva, limpia y verde en la que se promuevan asociaciones que impulsen la producción y el consumo local.

A pesar de que el tema del hambre ya venía desde los Objetivos del Milenio, que hoy haga parte de los ODS le impone el reto de ser sostenible y que no esté en contravía con el medioambiente. ¿Cómo lograrlo?

Esto es lo interesante de la Agenda 2030, porque todos los ODS están conectados. No puedes tener un mundo con cero hambre si no hay agua limpia, acceso a insumos y patrones de consumo y producción sostenible. Hay una correspondencia, con evidencia científica, que indica que el cambio climático, la deforestación y la degradación de suelos tienen un impacto muy fuerte en la seguridad de la cosecha. Hay una relación entre nutrición y cambio climático. Por esto, uno de los trabajos más fuertes que llevamos haciendo es lograr que las comunidades tengan acciones de adaptación.

Una de las noticias que se repiten en Colombia es la de muerte de niños en La Guajira por desnutrición. ¿Cree que este es sólo un problema de falta de institucionalidad, como dicen muchos?

Para nosotros es una mezcla de factores determinantes. La sequía, que lleva casi tres años, afecta la accesibilidad al agua, pero también está la percepción de la gente de cómo mitigar los riesgos climáticos. Es una situación compleja porque la institucionalidad con enfoque diferencial no es fácil de implementar: necesita tener en cuenta a las comunidades wayuu y entender los determinantes de malnutrición para poder tener un enfoque de prevención. También hay que pensar en el acceso a los cultivos locales, porque en algunos casos a los niños no les gustan los productos externos, y en introducir en estos programas las prácticas de salud que son parte de la cosmovisión de las comunidades.

El PMA tiene un programa allá. ¿En qué consiste?

Tenemos una actividad con varios socios para lograr el acceso al agua, pero con un componente muy interesante que son las energías renovables: hay algunas comunidades que tienen paneles solares, otras turbinas, e incluso bicicletas para sacar agua. Además, estamos promoviendo los cultivos locales, como la ahuyama, porque es lo que la gente quiere comer.

Para hacerle frente al cambio climático, empezamos con la construcción de bancos de semillas, alimentos y forraje, pero en el proceso de comunicación con las comunidades nos dimos cuenta de que funcionaban más las tiendas. Entonces, ahora hay posibilidad de vender los productos locales, las semillas y el forraje.

¿Cómo miden el éxito de este programa?

Un indicador importante es la diversidad de la dieta, que incluya productos locales y nutritivos. También está la medición de la resiliencia de las familias, si han ganado más dineros, y un factor muy importante es cuántas comidas comen al día.

¿Alrededor de cuántas personas alcanzan a asistir con este tipo de programas?

En diciembre del 2016, asistimos a 2.792 familias, es decir, 14.003 personas. Ahí hay un cálculo. Durante ese año también trabajamos con 16.186 niños menores de cinco años.

¿Por qué trabajan el enfoque de la mujer siendo un programa de alimentos?

Hay mucha evidencia que indica que cuando incrementan los ingresos de las mujeres, aumentan los problemas en las familias y en las comunidades. Tenemos un estudio con la Universidad de Emory (Estados Unidos), la Universidad Nacional y ONU Mujeres que busca entender qué pasa cuando las mujeres ganan más poder, no sólo con dinero sino con conocimiento. Por ahora, lo que sabemos es que en muchos departamentos la violencia contra la mujer no se interpreta como tal, sino como un patrón cultural arraigado. Parte de nuestro trabajo es capacitar a las mujeres para que la prevengan.

¿Y esto cómo se relaciona con la nutrición?

Porque muchos estudios, incluido el que comenté, indican que existe una relación entre violencia familiar y malnutrición, especialmente en niños. Por eso es importante prevenir este tipo de violencia.

Si ustedes no sólo se enfocan en la desnutrición, sino en la malnutrición, que implica la obesidad y la falta de nutrientes, ¿qué opinan que no se haya gravado a las bebidas azucaradas?

En mi opinión, se necesita minimizar el consumo de azúcar, no sólo en las bebidas. Hay muchos estudios que indican que el azúcar tiene más incidencia en las enfermedades cardíacas que las grasas. Pienso que es muy importante promover una dieta saludable y el Gobierno tiene que empezar a analizar cuáles son las mejores medidas. En Ecuador, por ejemplo, se exige que los productos tengan una bandera que diga los niveles de grasa y azúcar. Es muy importante que el Gobierno continué trabajando para tener una medida que disminuya el consumo de azúcar y comida chatarra.

, “Hay una relación entre nutrición y cambio climático”, http://www.elespectador.com/noticias/medio-ambiente/hay-una-relacion-entre-nutricion-y-cambio-climatico-articulo-675361, http://www.elespectador.com/noticias/medio-ambiente/feed, ELESPECTADOR.COM – Medio Ambiente,


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Jose Raul Lopez Daza