El periodista Édison Marulanda Peña, luego de seguirle la pista al Cardenal Darío Castrillón y publicar sobre él un libro con prólogo de Javier Darío Restrepo, acaba de sacar al mercado con la editorial de la Universidad de Antioquia el ensayo biográfico Más que Juan Mosca. Fernando Garavito, escritor y hereje, sobre el poeta y columnista colombiano muerto en 2010 en un accidente de tráfico.

¿Qué piensa de la tradición colombiana de las biografías? ¿Han sabido los biógrafos colombianos huir del hechizo de los personajes cuya vida abordan para dejar investigaciones serias?

Para empezar, amplío una idea de la introducción del libro Más que Juan Mosca. Fernando Garavito, escritor y hereje: en Colombia no existe una tradición de biógrafos renombrados, porque no hay un interés genuino en buscar que la biografía se consolide como un campo de la escritura testimonial. No sé si llamarla ironía o paradoja divertida, se trata del hecho que el biógrafo más reconocido entre nosotros es un exsacerdote irlandés-australiano, Walter Joe Broderick (con nacionalidad colombiana desde hace poco tiempo), autor de tres biografías; contratado para la primera, Camilo, el cura guerrillero (1975), por una editorial estadounidense porque aquí ninguna del sector pudo despojarse del prejuicio para contar la vida de un personaje singular en nuestro medio, por ser una síntesis de científico social, revolucionario y mártir: Camilo Torres Restrepo, de cuya muerte se están cumpliendo 50 años. 

Un escritor y periodista valorado por la tenacidad reflejada en sus investigaciones biográficas de personajes históricos es Enrique Santos Molano. Por lo menos dos trabajos suyos tienen que estar en una suerte de “canon” de la biografía colombiana: El corazón del poeta. Los sucesos reveladores de la vida y la verdad inesperada de la muerte de José Asunción Silva (1992), donde expone la polémica tesis del asesinato del poeta modernista, elemento que convierte su texto en un ensayo con tono de relato. El segundo es Nariño, filósofo revolucionario, con dos ediciones (1999/2013), donde reivindica al intelectual perseguido por sus ideas libertarias, que bebió de la Ilustración. Por cierto, el poder corroborar cuántas ediciones aguanta una biografía sobre un personaje que no sea histórico (Bolívar, Santander, Nariño, Miranda, Manuelita Sáenz, etc.), podría ser un criterio para saber si en Colombia hay o no lectores formados para este género de escritura híbrida.   

Hay que subrayar el aporte de Indalecio Liévano Aguirre al desarrollo del ensayo biográfico en el país de la primera mitad del siglo pasado, proclive al melodrama, los versos ripiosos y las pasiones políticas azuzadas desde la prensa doctrinaria y los radio-periódicos militantes. La novedad de su libro Rafael Núñez (1944), consiste en que el análisis de las ideas políticas y económicas que adopta el regenerador, como de su creación en la poesía, no es relegado para favorecer la anécdota de sus vicisitudes amorosas. A lo que debe sumarse la tersura del estilo del joven biógrafo, que no permite a su orientación liberal ninguna diatriba contra “el hombre más odiado por el liberalismo colombiano”. Y lleva un prólogo de Eduardo Santos, quien supo ponderar  los méritos del trabajo de aquel estudiante de derecho que lo presentó como tesis de grado.  

Sucede que existe una suerte de círculo irrompible: las editoriales nacionales no apuestan por abrir una colección de escritura biográfica (memorias, perfil, biografía novelada, ensayo biográfico), porque no hay un nicho de lectores formados en esta sensibilidad, y temen el fracaso de su inversión. Basta con recordar la experiencia de Panamericana hacia la mitad de la década anterior cuando Conrado Zuluaga creó y dirigió un experimento loable: la colección 100 Personajes 100 autores. Diez años después todavía quedaban muchos ejemplares en las agencias regionales y para mover este capital inactivo apelaban a las promociones como pague 2 y lleve 3. Hay trabajos fruto de la lucidez, bastaría con recordar el ensayo biográfico Hannah Arendt. Una vida del siglo XX de Hernando Valencia Villa (el jurista pereirano exiliado en España desde 1995, cuando era el procurador delegado para los derechos humanos); consigue entusiasmar al lector tanto por los hechos hilvanados y la relación intelectual de Arendt con sus maestros Jaspers y Heidegger, como por las ideas de esta pensadora política perseguida en la Alemania Nazi, que fue capaz de confrontar a su propia comunidad judía después del Holocausto cuando expuso al mundo su tesis de la banalidad del mal, al cubrir el juicio de Adolf  Eichmann en Jerusalén como enviada de la revista New Yorker. En cambio, me dejó un sinsabor enorme el trabajo de Ricardo Silva Romero, Woody Allen: incómodo en el mundo (2004), quizá porque aceptó ser “biógrafo” por encargo, sin vocación.  

En relación con mi trabajo reciente acerca de Fernando Garavito Pardo, ya Pablo Montoya –el poeta, músico y novelista– sentenció en una conversación: “No esperes lectores para tu texto sobre Garavito, porque en este país solo se leen biografías de Pablo Escobar”.

Después de la investigación sobre el columnista y poeta Fernando Garavito, ¿cuáles son en su opinión los rasgos más fascinantes de su personalidad y de su carrera periodística?

Permítame descartar el calificativo “fascinantes” para mostrar un poco de realismo y ecuanimidad. Aunque en el libro advierto que por ser un ensayo se escribe desde la subjetividad, es una mirada personal de su vida, pasión –el exilio de 8 años es equiparable– y la obra variopinta.

De esta manera empalmo con uno de los rasgos de la personalidad compleja de Fernando Garavito: era un ser de pasiones profundas, fiel a sus amores y odios. Cuando él fungía de uno de los “Tres mosqueteros”, defendía desde su columna en la revista Cambio la Administración de su amigo Ernesto Samper (los otros dos espadachines eran D’Artagnan  y Hernando Santos), con la gobernabilidad socavada por el Proceso 8000, Garavito era vehemente. Y, al mismo tiempo, alternaba la invectiva con la sátira contra el jerarca que presidía el episcopado colombiano, Pedro Rubiano, el autor de la famosa parábola del elefante, a quien el periodista llamaba “Rubi, cardenal, Ano”, parodiando la tradición de los purpurados católicos al firmar documentos.

En un plano más íntimo, hay que decir que  Garavito era un hombre triste, incluso lo afirma en poemas como “En el umbral de la vida” del libro Ilusiones y erecciones (1989): “Este fue Fernando Garavito /con su tristeza y con su gula. /Vivió y fue escrito y amado /pero él prefirió romperse /en mil pedazos menos uno”. También lo expresaría luego en  artículos y durante los años del ostracismo en correos personales. Esto no es óbice para destacar su manejo magistral del humor en los temas que se le antojara o cuando departía en reuniones privadas con sus amigas Ana Fernanda Urrea y María Elena Triana.

Vivió desmesuradamente en el reino de la lectura desde los nueve años. Tal vez esta relación estrecha con los libros, especialmente de literatura, le concedió un poco de felicidad silenciosa, una suerte de fórmula secreta para soportar la lucidez con que analizaba las anomalías del país y los abusos de poder de las élites.
Quizá lo que más hay que resaltar, es su obsesión de experimentación con el lenguaje. Esto que se espera de los grandes literatos, Fernando Garavito tuvo la osadía de hacerlo en artículos de opinión, en reportajes, entrevistas y poemas. Este hallazgo lo explico en el capítulo 3. Un heterodoxo quiere cambiar el estilo del género opinión.  

Garavito, usted lo dice en el libro, es poco recordado hoy como poeta. ¿Cuál fue su aporte a la lírica nacional?

Retomo una reflexión de Hernando Téllez, que está en “Litigio de la poesía”, un ensayo  de 1947, porque me sirve de igual modo que a cualquier lector de este exigente género, para detectar cuándo se está ante la poesía genuina o ha sido adulterada por exceso u omisión de uno de dos componentes inherentes a esta. El tránsito de lo estrictamente poético a lo incuestionablemente antipoético –sostiene Téllez– ocurre cuando las nociones intelectuales del poeta consiguen predominar sobre la pura emoción. Y añade que hasta ese momento el equilibrio entre idea y emoción, entre concepto y sentimiento, entre intuición y razón, era perfecto, inobjetable, equitativo. Había llegado al punto exacto de mutua correspondencia, indispensable para conseguir un resultado estrictamente poético. Pero al sobrevenir, en beneficio de la inteligencia, el rompimiento de ese providencial convenio, la sustancia poética se altera. En consecuencia, la emoción, la intuición, el sentimiento, debilitan así sus posibilidades y, al mismo tiempo, la poesía se desvanece. Lo que queda, ya no es poesía sino una ficción de ella, un alarde de la inteligencia, una expresión de lo intelectualmente razonable, presentado bajo el esquema formal de lo poético. Pero la auténtica poesía ha desaparecido, asegura el crítico Téllez. Y advierte, que no está sugiriendo que la función lógica y razonable  de la inteligencia deba quedar por fuera del trabajo intelectual que demanda la poesía.

Entonces, lo que debe conseguir el poeta en su proceso creativo es un equilibrio entre las fuerzas del intelecto y el sentimiento, para evitar la dominación de una u otra en detrimento de la capacidad de conmover y sugerir al pensamiento, que caracteriza a la poesía.

A mi modo de leer, en varios de los poemas de Fernando Garavito, concretamente de sus dos primeros libros, Já (1976) e Ilusiones y erecciones (1989), aunque se apela a un lenguaje fresco, del cotidiano, sin pretensión erudita y los asuntos de sus versos se alimentan de las vivencias del individuo, los sueños, la realidad social, el entorno privado, el medio laboral, se capta sobre todo en la experimentación ese esfuerzo de la inteligencia por decirlo todo a su manera sin tomar en cuenta a la emoción; y el sentimiento ha escapado ante la negación de su derecho a decir.

Por otra parte, en unos textos sin la forma de versos, se nota la actitud provocadora del “antipoema” en la senda del expresionismo, que puede encontrar como antecesor en el sur a Oliverio Girondo con Espantapájaros (1932).  Desde luego que no estoy generalizando esta característica en toda la producción poética de Fernando Garavito. Por cierto, no aparece en las antologías del género en la centuria anterior. Con excepción de Antología de la poesía colombiana del siglo XX (De los Nuevos hasta los más nuevos) (1996) Tomo II, compilación de Rogelio Echavarría. Si el crítico y poeta Harold Alvarado hubiese querido concederle un lugar a la poesía de Garavito Pardo, el capítulo donde quedaría su morada de papel y tinta es “Una generación desencantada”, allí tiene su corona de laurel María Mercedes Carranza. Él siempre la admiró y hasta quiso emular en sus búsquedas con la palabra, como lo menciona en los correos que preceden el libro póstumo De la luna y el sol. Palabras para las Romanzas sin palabras de Félix Meldelssohn (Letra a Letra, 2015). Es un trabajo tejido con textos herméticos como homenaje a Priscilla Welton, su esposa quien falleció en 2007 en USA, donde el logro evidente del poeta Garavito es haber liberado su voz de adjetivos y adverbios con clara intención minimalista, consiguiendo esta vez la convivencia armónica de las  fuerzas de la razón y el sentimiento. Para la muestra el poema Academia de ballet: “Se es lo que se sueña, /el amor y su herida… /Se sueña lo que tal vez será, /la huella de Giselle / bajo los árboles” (p. 54).

, "Fernando Garavito era un ser de pasiones profundas": Édison Marulanda Peña, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/fernando-garavito-era-un-ser-de-pasiones-profundas-edis-articulo-668750, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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