El ardor del nueve de abril de 1948 llegó hasta la librería deLuis Ernesto Ossa. Los gritos y el humo se dispersaron por todo el centro de Bogotá, mientras  Felipe Ossa, su hijo, miraba através de los ventanales de su habitación la ciudad enfurecida en llamas. No tuvo miedo. Le preguntó a su papá por lo que estaba pasando, y él, a diferencia de lo que haría un padre que quisiera no atemorizar a su hijo, le dijo: “Nos persiguen. Nos están matando”. Lo último que recuerda Felipe de ese día es que su papá no podía dejar de mirar por la puerta. Lo veía parado en el umbral vestido de gris, con los ojos cristalizados. Luego recuerda todos los libros en todas las cajas: centenares de papeles moviéndose de un lado al otro como un vendabal. Luego Buga. El campo.

Ilustración: Fernando Carranza

La vida en Buga le pareció apacible. Más fácil que en la ciudad: veía a su papá más tranquilo, leyendo en una de las tres habitaciones que tenía repletas de libros, con las gafas a mitad de la nariz y sonriéndole cuando pasaba por su lado.

“Me gustaban los caballos, conquistar chicas y leer libros. Lo mío siempre ha sido leer libros”, dice Felipe Ossa. Ese amor lo heredó de su padre, quien nunca le prohibió un texto y siempre dejó su biblioteca abierta para él.

Los libros le sirvieron para todo: aprender de amor, de filosofía, de arte y de biología. Se refugió en ellos con la esperanza de convertirse, algún día, en uno de los protagonistas de esas historias aventureras y heroicas.

Hay frases que pueden cambiar vidas. Palabras que perforan tan adentro que quien las lee, quien las junta, nunca volverá a ser el mismo. Eso le pasó a Felipe Ossa cuando leyó a Thomas Carlyle: “La verdadera universidad está en tener una gran colección de libros”. No volvió al colegio, se obstinó por aprender a través de la lectura. Les mentía a sus padres. “Mi casa en Buga era muy grande, casi de una cuadra. Lo que hacía, entonces, era salir por la puerta del frente como si fuera para el colegio y le daba la vuelta a la casa para entrar por el garaje. Me quedaba ahí, leyendo todo lo que podía. En un momento había más libros en el garaje que en mi habitación. Nunca me pillaron. Sin embargo, todo cambió cuando me enfermé gravemente”.

En medio de la adolescencia Felipe Ossa sufrió una enfermedad que lo dejó en cama durante meses. No podía moverse mucho y no salía de su habitación. A veces, ya tarde en la noche, un sentimiento oscuro le golpeaba el corazón. No lloraba, pero sufría. Su papá se dio cuenta y uno de esos días, cuando aún no entraba la luz de la mañana por la ventana de su habitación, se sentó a su lado, en la orilla de la cama y le dijo: “Le voy a dar algo para que no esté triste. No quiero verlo aburrido”. Se sacó del abrigo La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson.

“El squire Trelawney, el doctor Livesey y algunos otros caballeros me han indicado que ponga por escrito todo lo referente a la Isla del Tesoro, sin omitir detalle, aunque sin mencionar la posición de la isla, ya que todavía en ella quedan riquezas enterradas; y por ello tomo mi pluma en este año de gracia de 17… y mi memoria se remonta al tiempo en que mi padre era dueño de la hostería “Almirante Benbow”, y el viejo curtido navegante, con su rostro cruzado por un sablazo, buscó cobijo para nuestro techo”. Leyó el primer párrafo. Comenzó a leerlo a las cinco de la mañana y lo leyó, sin descanso, hasta las diez de la mañana del otro día. La isla del tesoro lo salvó.

***

El siete de septiembre de 1941, en Barranquilla, el santandereano, Jesús María Ordoñez Salazar cumplió su sueño. En su juventud había trabajado como librero en La Moderna Poesía, de La Habana, ese sitio que era un templo para intelectuales y bohemios de la época, donde más que comprar libros se hablaba. Ordoñez Salazar llegó a ser su administrador general, después de haber hecho un recorrido por todos los puestos de la librería. Pasó mucho tiempo en Cuba. En el 41 decidió regresar a Colombia para montar su propia librería. La Librería Nacional.

Le sorprendía el modelo de venta de libros que todavía existía en el país: librerías tradicionales, hostiles al público, con la barrera infranqueable del mostrador que impedía llegar al anaquel donde el libro puesto de lomo, se mostraba indiferente y distante para el lector. Ordoñez disfrutaba ver las narices husmar cada página, buscando ese olor indescifrable de los libros.

Lo más importante, sin embargo, fue la cafetería dentro del lugar. Dos mesas con cuatro sillas cada una. Café. Helados. La primera Librería Nacional, en Barranquilla, trasladó las conversaciones que se gestaban en bares o bibliotecas a sus estanterías.

El 16 de octubre de 1961, en el marco de la Plaza Caicedo, abrió la primera Librería Nacional en Cali. En 1963, en esa librería, Felipe Ossa entraría a su primer y único trabajo.

***

“Eran los famosos y nunca bien ponderados años 60. La efervescencia de todo: las ideas revolucionarias, la revolución sexual, el Boom de los escritores latinoaméricanos, la explosión del marxismo, mayo del 68 en París. Y yo, que siempre lo había tenido todo, tuve que entrar a trabajar. Me fui a vivir a Cali. Cuando vi la Librería Nacional no pude evitar sentir asombro. Me pareció un lugar mágico. Yo no sabía nada, no terminé siquiera el bachillerato, pero había leído muchísimo. Eso era lo único que sabía hacer: leer”.

Cuando Felipe Ossa entró por primera vez a la Librería Nacional, supo que era el sitio donde quería trabajar. Rodeado de libros y hablando de libros.

“Todo me llamaba la atención: nunca había visto tantos libros y tantas revistas. Yo entré a trabajar como bodeguero y para mí era una gran emoción abrir las cajas, era como destapar regalos. Luego fui ayudante de vendedor. Luego vendedor”.

Se pasaron los años y la librería se convirtió, como en Barranquilla, en un lugar de encuentro.

“Todo el mundo de Cali iba allá. Se citaban los enamorados y los intelectuales; hacían tertulias los periodistas porque la librería estaba a la vuelta de donde quedaba el diario Occidente, ellos salían de la redacción en la tarde y se iban para la librería a conversar. Yo disfrutaba mucho escucharlos”.

Después de eso la Librería Nacional fue diseminándose por todo el país. Bogotá, Medellín, Santa Marta, Cartagena…

Un día Felipe Ossa dejó de ser el vendedor. Durante mucho tiempo contempló ese amasijo de libros que fue coleccionando como quien contempla los cimientos de algo imposible. Una vida como librero que pasó tan rápido que no entiende cómo.

Este año la Librería Nacional cumple 75 años y Felipe Ossa, su director, cumple 55 de librero, de lector.

Aparentemente Ossa no tiene nada fuera de lo común, pero ese hombre cubierto de cicatrices y de gloria, con una conciencia ardiente de su propio talento, está hecho de cosas inhumanas, cosas que aprendió en libros que pocos han leído. Aprendió a mantenerse vivo y fiel en una industria de egos e ironías. ¿Qué más inhumano que eso? Que ser leal a los propios sueños.

“Durante medio siglo / la poesía fue / el paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / y me instalé con mi montaña rusa”, escribió Nicanor Parra de ese camino al que le metió púas. Ossa, a su modo, hizo lo mismo: dejó de estudiar, nunca se graduó, figura al lado de la masa intelectual colombiana, y sin embargo —con todo eso— bajó el libro de la estantería y se lo dio al que fuera que se lo pidiera.

, Felipe Ossa: un librero inhumano, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/felipe-ossa-un-librero-inhumano-articulo-669340, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});

Jose Raul Lopez Daza – protección ambiental