En la primera parte (son cuatro) de El jardín del Edén vemos a la pareja que viaja de Cannes a Italia por la costa provenzal durante su luna de miel. Catherine es la rica y joven esposa de un escritor en ciernes, David, quien acaba de publicar una primera novela basada en sus experiencias de la aviación durante la Primera Guerra Mundial. En el transcurso del viaje matrimonial, el escritor va recibiendo la correspondencia de su editor, que contiene los recortes de la recepción crítica. Recibe además algunos pagos por regalías con los que sufraga parte de las bebidas de aquel viaje y envía cartas de compromiso para publicaciones periódicas con las que compromete colaboraciones regulares de textos de su autoría. Se puede intuir que está triunfando, si es que eso significa algo.

Cuando la pareja no está visitando bares y playas o haciendo el amor, David se encierra a escribir cuentos en el hotel y Catherine vaga sola por la playa o se broncea o va de compras compulsivas o a la peluquería, ese sucedáneo de la masonería. Luego se reencuentran, se embriagan y el día culmina con una escena íntima en la que el lector sólo reconoce a los personajes por los diálogos en medio de la oscuridad. En los diálogos está el iceberg: ahí afloran las coordenadas y pistas morales y rasgos psicológicos sobre los dos personajes, sin ser precisados. Es más inquietante lo que callan en lo que dicen. David está molesto por algunas críticas negativas que ha recibido su libro. Dice que sus colaboraciones en prensa, que lo desgastan, las hace sólo porque le mortifica el hecho de que su mujer pague todas las cuentas del viaje. Por estos diálogos se presume que David no quiere ser un mantenido, pero que está incapacitado para pagar las facturas. En esos diálogos también se advierte que Catherine fantasea con la idea del intercambio de roles sexuales. Este intercambio, que empieza como juego, se convierte en práctica constante y luego en obsesión. Con el transcurso de la luna de miel, Catherine se corta el pelo, se viste de hombre y hace actuaciones privadas que el lector desconoce o debe deducir a partir sólo de los diálogos, porque no hay descripciones de refuerzo.

En la segunda parte del libro, el encuentro con un par de muchachas jóvenes, que resultan ser hermanas, introduce en la historia conyugal al tercer personaje. Una de las hermanas ha llamado la atención de Catherine, quien la invita a departir en la mesa para luego convertirla en una invitada usual en los escenarios donde habita la pareja de recién casados. Este primer encuentro, y el gesto de Catherine y el diálogo posterior entre David y Catherine (sobre la belleza extraordinaria de la muchacha que acaban de conocer), serán el primer paso al nacimiento de un triángulo amoroso muy equilátero.

David y Catherine se enamoran de la misma persona. El clímax de la relación llegará cuando la esposa ceda el lugar a la amante y abandone al marido y a la amante y desaparezca a su vez de esas vidas.

En una elipsis narrativa lo más importante es lo que no vemos, lo que no sabemos. La técnica proviene de Chéjov. Es una influencia estilística abiertamente confesada por Hemingway en el capítulo 15 de París era una fiesta y en la entrevista de Paris Review. A diferencia del relato psicológico, en el cual el narrador aprovecha los párrafos entre diálogos para aventurar confesiones, segundas intenciones, deseos ocultos, contrastes morales, falsas negaciones, disyuntivas, ambigüedades del personaje (el lector se convierte en testigo de las confesiones narrativas), la elipsis en esta novela de Hemingway consiste en desnudar a los personajes a partir de los diálogos, donde lo que enuncian es inferior a lo que callan y lo que queda a medias va adquiriendo el cariz secreto o va cobrando importancia por su reaparición súbita, por la insistencia de un personaje en el tema oculto, o por la evasión del otro que quiere cambiar de tema. Esa insistencia es la que alerta sobre la dimensión oculta del drama para el lector. El cruce de diálogos y no la irrupción del narrador es donde está oculto lo que Hemingway llamó “témpano” cuando la nominó como técnica literaria en la entrevista de “Paris Review”. La historia oculta cobra mayor importancia que la que leemos.

El jardín del Edén es un largo diálogo de pareja, interrumpido por descripciones de ambiente y desplazamientos en carro y aperitivos en las terrazas y bares de hoteles, y una aproximación a la vida onírica de los personajes. En otro plano, es una novela que ocurre en espacios públicos que están vacíos, lo que integra un elemento de ambiente decadente: hoteles de turismo de alto consumo en temporada baja, bares y playas en los que sólo permanecen al sol los protagonistas desnudos, sin relacionarse prácticamente con nadie.

Ensimismados cada uno en su propio ego, la pareja se derrumba en ese viaje. David reparte su pensamiento entre su esposa y su vocación, y Catherine asume el rol de esposa de escritor de tiempo completo. El tiempo destinado a la vocación es inmodificable para David. Catherine, por otro lado, no tiene ocupación distinta a derrochar el dinero de su herencia paterna en lujos innecesarios y alcohol. Las visitas a peluquerías y los cambios compulsivos de humor y apariencia en la mujer, además del incremento del consumo de alcohol, empiezan a mellar el inmenso vacío en que viven y a alterar su pensamiento. Las desavenencias de David con los críticos de su trabajo le parecen una reacción infantil y pueril, secundaria e injustificada. David se molesta por esa reacción desconsiderada y por ello tienen su primera discusión marital.

En adelante, las discusiones estarán provocadas por la actitud, los reclamos recíprocos y las obsesiones convertidas en manías de Catherine. La reserva que mantiene David ante las obsesiones de su esposa, su contención y prudencia ante los estallidos de histeria, por ejemplo, o las insistencias absurdas y los requerimientos atendidos, y esa inclinación a hacer siempre lo que ella dispone y nunca rechazar lo que ella dice ni controvertirlo, aumenta la extrañeza de la personalidad de su mujer hasta hacerlo rozar en lo anómalo a sus ojos, y ponerlo a él en un rol de extrema docilidad. Ella desfigura su cuerpo para parecerse a otra, o a un ser de otro sexo, y él va aceptando ese cambio sin oposición. Ella bebe hasta perder el control y él provoca la intoxicación alcohólica. Ella es la primera víctima de una pareja atascada en la cotidianidad. Ella atrae a otra mujer para ofrendarla a su marido y seducirla también. Sus celos van contaminando la relación que ella ha decidido deshacer. Actitudes tan anómalas como el hecho de que el esposo acepte a la recienvenida y acepte acostarse con ella y acepte el acorralamiento de la esposa, al mismo tiempo que asimila las exigencias y reclamos y ocurrencias de su pareja sin ejercer ningún tipo de censura ni oposición, van llevando a un juego de inversión de roles que lleva a mezclas y reacciones inesperadas.

La relación de los dos esposos frente a la nueva mujer es un enigma de la sexualidad del prototipo del macho y de las damas en las parejas dramáticas equilibradas de Hemingway. La más joven habrá de convertirse en amante de ambos para luego ocupar el lugar de una de las partes. Toda la novela es un examen de la institución matrimonial y los fundamentos de su rito, refrendación social y fragilidad. ¿Hemingway introduce un tercero para cambiar las coordenadas de la descomposición marital? La aparición de un tercero en esta pareja “realizada” cataliza los problemas internos como un punto de fuga. El tercero no es la causa de la descomposición, sino su chivo expiatorio. La descompensación de la vida conyugal, su tremenda monotonía, es el origen de esta salida devastadora. Al imponer un tercero complejiza el conflicto antepuesto de los personajes principales.

La síntesis del rol femenino es que Catherine renunciará al lugar de consorte, de mujer accesorio, de bella y única esposa. Catherine se desfigura. Busca una amante. Prueba a la amante. Cede a la amante. Desaparece. David no se opone. Sólo se empeña en hacer que su vocación sea irrenunciable. Él tiene una vocación. Catherine sólo tiene un esposo. La joven amante, cuyos motivos, deseos y aspiraciones permanecen siempre escondidos, porque su biografía está oculta, porque su nivel de decisión es limitado, o bien por su edad, o bien por su oportunismo, o bien por su ingenuidad (que no significa ignorancia), es otro enigma de la novela, o una ironía de la banalidad del adulterio. El único gesto elocuente de ese personaje secundario es que acepta ser el reemplazo de la esposa desaparecida y finaliza el relato alzada con el rol protagónico, pero ya no habrá espacio para desarrollar su personalidad.

Los ritos de la pasión sexual enmascaran el amor: enmascaramos la procreación, que es el llamado al nacimiento de otros seres. La pasión es efímera. Si la pasión sexual no es acompañada por otras pasiones individuales que compensen el vacío de la vida en pareja, sin otras pasiones que enriquezcan la vida a secas, el intelecto, la espiritualidad, el trabajo anhelado, las indagaciones propias que movilizan la vida de cada miembro de una pareja, el universo amoroso, todo, se derrumba, porque la pasión es efímera: es una etapa de erotismo y cortejo. Todo lo que hacemos de incoherente y banal y ofensivo e hiriente en la vida marital es una forma de enmascarar la muerte de la pasión amorosa y los enfrentamientos del ego. Siempre es subsanable este hastío que deriva en las guerras conyugales, con la interrupción y el salto a una nueva fase de enamoramiento con otro objeto de deseo.

Amar es pensar, dijo Pessoa. Amar es matar lo que se ama, dijo Miller. Amar es dar sentido a la existencia, dice el maestro sufí. Amar es compartir un tramo del camino, dice el oráculo. Amar es estar con otro y ser yo, porque si el otro es tu, vive por ti, para ti, se destruye. El amor sujeto con grillos de obligaciones acaba en los lazos del odio. ¿Y qué es el odio? La memoria del dolor. Hacer arte con el amor es nada comparado con hacer hazañas con el dolor. El deseo y la muerte son dos trampas: por perseguir el deseo eres capaz de soportar y vivir en escenas humillantes. Por eludir la inminencia natural de la muerte o su rastro, el envejecimiento, dejas ir lo que nutre la vida, los riesgos: los viajes, los sueños, el tiempo. Lo importante es mantenerse independiente aunque estés en pareja. Lo consigues imponiendo el respeto por tus decisiones, educándote (crecer intelectualmente) y teniendo tu propia fuente de ingresos. Todos parecen aceptar tácitamente este acuerdo: estar enamorado es hablar de dos donde antes se hablaba de uno solo. Y este: el enamoramiento debe seguir su curso hasta palidecer. La única forma de curarse del amor enfermizo es desapasionarse, a través de la separación de cuerpos, o a través de la suplantación de la ilusión averiada por una nueva ilusión intacta. La única forma de hacer que un amor perdure es en igualdad de términos, igualdad de trabajo, de pensamiento, de responsabilidades, de derecho a irse. El sacrificio amoroso no existe. Es el ego que trata de satisfacerse y se sublima mientras padece la tortura de la entrega. Siempre hay algo oculto de ti que cuidas cuidando del otro. El deseo y la muerte son dos trampas: por perseguir el deseo eres capaz de arruinar tu vida. Es más difícil alimentar el amor al poder que alcanzar el poder por el amor. Suplantar un amor con otro, otra trampa: repetir hábitos es repetir el pasado, para conservarlo. Hasta que aprendas, repetirás el mismo destino.

, En el paraíso perdido de Hemingway, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-paraiso-perdido-de-hemingway-articulo-666607, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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