Recordó haber escrito que “la tradición literaria tiene la estructura de un sueño en el que se reciben los recuerdos de un poeta muerto”. Así que, ahora, abandonado por su esposa, desde la ausencia que le escindía el corazón, intenta ver con más claridad. Decide visitar el edificio de seis plantas de la calle México y explorar la zona de incunables donde su maestro miope se deleitaba. El joven escritor no pudo dejar de sorprenderse ante el ejemplar veneciano de la Divina Comedia de 1477 ni las primeras ediciones de Don Quijote de la Mancha y de Martín Fierro, pero nada sobre las memorias de Jorge Luis Borges. Lo más cercano que encontró fue Funes el memorioso —por aquello de la memoria— y un espacio en blanco entre los incunables con un papel que decía: “Ejemplar propiedad de María Kodama”.

Piglia, que alguna vez lo había descrito Borges, cuando le dio clases como alumno único en la escuela de Las ruinas circulares, como “un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de un soñador”, salió de su soledad en busca de la viuda a sabiendas de que con el tiempo las viudas ceden a los encantos de la juventud.

“Ella revivirá en mí sus años mozos y los pasados con Jorge Luis y yo reviviré con su voz los escritos del maestro”, se dijo sintiéndose en la piel del “otro”, y se fue decidido a seducir a la viuda de calle Corrientes.

La viuda Kodama se sabía la más buscada, la más deseada, y no propiamente por su belleza. La imagen del joven cetrino le recordó a su antiguo amor y maestro. Su piel sucumbió. Ella pensó en aquella frase del muchacho cuando había dicho que “recordar con una memoria extraña es una variante del tema del doble pero es también una metáfora perfecta de la experiencia literaria”. Los dos la experimentaron: ella con un placer nunca antes sentido… “el amor es ciego”, pensó, y él, con el codiciado volumen que veía desde el borde de la cama cómo encajaba en el vacío de la biblioteca.

Mientras la viuda dormía, el joven Piglia escarbó el libro página por página, la primera y única novela escrita por el poeta. Un texto alejado de las formas orales, sin espontaneidad y ritmo. Su estructura de calidoscopio y doble fondo no se sostenía sobre nada. No había trama que se uniera en algún punto. El único efecto de paradoja y complot que había era la existencia de la novela, el libro mismo.

—¿Prometes quemarlo?

—Lo prometo —le dijo María al profesor mientras él salía de casa para ir otro día más hasta la calle México a cumplir con su trabajo

El alumno vio con claridad y lucidez lo que no debía decir y menos escribir, lo que no debía contar. Se vistió y se fue abandonando aquella obra empolvada en el silencio.

El ataúd de Borges, junto con el de Arlt, pende aún sobre Buenos Aires. Ambos siguen vivos a la espera de Piglia, que quizás, algún día, los acompañará.

, El último cuento de Piglia, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-ultimo-cuento-de-piglia-articulo-673726, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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