Esta puede ser la descripción de una muestra teatral de la antigua Grecia o el retrato de la última intervención en la plaza de Bojayá. La calle ha servido desde siempre como espacio natural donde espectador y artista se unen en su estado más primitivo, y sin duda seguirá siéndolo.

El pasar de los años y la inminente necesidad de tecnificación trajeron al mundo del teatro salas cerradas, costosos montajes de luces, un lugar exclusivo diseñado para la escena y un detrás de esta. El espacio público como escenario fue quedando relegado y el público se fue volviendo más exclusivo. El silencio se volvió característica primordial, el buen vestir, un requisito, y el acceso, dificultoso. Todo este teatro actual que vemos como “lo normal” surgió de lo que hoy se denominan “espacios no convencionales”.

Estos espacios, que son tan clásicos como el teatro mismo, han venido tomando fuerza en los últimos tiempos, y en nuestra ciudad especialmente con la actual coyuntura del país. Numerosas compañías de diferente carácter artístico se han tomado plazas, iglesias, centros comunales, cárceles y básicamente cualquier centro con personas a su alrededor. Esto con muchos fines, entre los que se encuentran la difusión de las artes y la no privatización de ellas, crear espacios de esparcimiento donde toda la ciudad sea partícipe y, por supuesto, dar uso al arte como vehículo hacia la reparación.

Pero ¿qué retos conlleva sacar de las salas el teatro y hacer de la calle el lugar de proyección? En primera instancia, tanto público como artistas salen de su zona de confort y precisan estar más abiertos a la espontaneidad del asunto. En términos actorales, el cuerpo del actor se convierte en el principal transmisor por medio de sus estructuras físicas. En cuanto a lo técnico, la movilidad es fundamental, y respecto al público, la interacción muda y la presentación de una obra se convierten en un juego con él, donde la imaginación toma el protagonismo.

Son diversas las corrientes que han explorado la calle, como el teatro fórum del Teatro del Oprimido, pero es de gran importancia no relegarlo simplemente a técnicas teatrales específicas. Son múltiples las compañías con las que cuenta Bogotá, que hacen grande la programación teatral, pero que muchas veces no salen de las salas e impiden una circulación del arte o la creación de nuevos públicos.

Como artistas y espectadores, debemos estar dispuestos a sacar en ocasiones el teatro de las salas, compartirlo en lugares inimaginados y así crecer conjuntamente como público y como compañías teatrales. Sólo así, cuando se empiece a apreciar el teatro tanto en las salas como en la calle, podremos hablar de nuestra ciudad como una ciudad teatral.

 

, El teatro fuera de los teatros, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-teatro-fuera-de-los-teatros-articulo-666075, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});

Jose Raul Lopez Daza – protección ambiental