Hacia el final de Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto, un libro sorpresivamente contundente publicado por Angosta Editores, editorial creada por Héctor Abad Faciolince, la narradora le hace una confesión a su madre: “sabes bien que eres el único tema que tengo para escribir, para hablar”. También, con total sinceridad, le está hablando al lector, confesando los miedos de una escritora que se atrevió a desafiar el abrumador peso de su pasado y las expectativas de alguien de su edad. Con 18 años, Manuela Espinal Solano, la autora, escribió una novela corta (71 páginas) que transmite la ansiedad que trae consigo el talento cuando se vuelve una condena, el dolor que produce la realidad cuando se choca con los sueños artísticos y lo difícil que es emanciparse de la sombra de los padres.

Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto cuenta tres historias a partir de la mirada de la narradora. La central es la de la madre, que buscando su sueño de ser una cantante exitosa (una de las preguntas que se hace la novela, y que necesariamente queda sin responder, es cómo definir el éxito) se lleva a sus hijas de Medellín en dos ocasiones: primero para El Salvador y luego para Bogotá. La segunda, un poco más difusa por no ser el centro de atención, es la de la familia de la narradora y la madre, que está ligada a la música y a intentar (y fracasar, o triunfar a medias) vivir de ella. La tercera, que está escondida a lo largo del texto y a veces fluye en poderosos pero medidos reclamos o lamentos, es la de la hija que, pese a haber nacido con una capacidad envidiable para el canto, no quiere seguir el camino que todos en su familia, especialmente la madre, quieren que persiga.

Lo fascinante de la novela es que cuenta todo eso sin rimbombancia en los recursos. El lenguaje es sencillo y las descripciones son precisas. Espinal es capaz de armar un rompecabezas complejo a partir de unas pocas piezas. Como nunca traiciona la mirada de la narradora, sólo tenemos sus percepciones, las cuales, además, rara vez van más allá de contar los hechos estrictamente necesarios. Pero la economía en los adjetivos no evita que la madre, con todas sus decepciones y ansiedades y triunfos y esperanzas cortadas, quede dibujada lo suficiente para que quien lea entienda la magnitud de lo que ocurre.

Cuando Espinal decide entrar en la narración y darse la licencia de interpretar, lo hace con una agudeza que comprueba lo prometedora que es su voz. “Cantar es un acto que pertenece al pasado. Hablar también. Lo que digo queda en el pasado, ni siquiera yo lo recuerdo. Mis palabras son olvidadas, mis pensamientos, mis canciones. Lo que canté ayer ya no existe. La diferencia está en el público, en los testigos, ellos son los que dificultan el olvido. Si hay alguien que escucha lo que tienes para decir, tal vez lo recuerde; si hay dos, es más probable. Y allí está la explicación: buscan fama porque le temen al olvido. Yo no”, escribe la narradora, evidenciando que su mirada es madura, que entiende más de lo que su prosa quiere mostrar. Me hizo falta escucharla más a lo largo del texto.

Pero esa ausencia está justificada porque la novela es la experimentación de una artista colonizando una forma de crear distinta a la que su herencia le ha dictado. El mismo título, Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto, tomado de una parte del texto, es otra confesión de Espinal encontrando los límites de la escritura (y de su dominio sobre ella) en comparación con la música. Debajo del estilo narrativo, distante de juicios y reflexiones, hay un grito de independencia, un acto de rebeldía, un corazón que no ha dejado de sentir el dolor de su familia, pero que se prepara para cambiar de rumbo, para probar nuevas formas de contarse. El talento es condena porque todos le dicen cómo debe vivir su vida para triunfar en la música, pero, a la vez, convertido en literatura, se vuelve en herramienta emancipatoria: un arte para cortar las cadenas de otro arte.

Por eso, al final es cuando más cobra contundencia la novela, porque se ve cómo utiliza el pasado como fuerza para romper con el mismo y tener la oportunidad de hacer algo distinto. Lo más llamativo de todo es el potencial que demuestra Espinal. Espero con ansias ver lo que hace con su voz en el futuro.

, El talento como condena y emancipación, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-talento-condena-y-emancipacion-articulo-672818, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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