El 2016 estuvo cargado de datos alarmantes sobre la pérdida de biodiversidad. En los últimos treinta años, la población mundial de jirafas cayó 40 %, el gran censo de elefantes concluyó que el número de sus individuos está disminuyendo a una tasa del 8 % anual y cuatro de los seis grandes simios del mundo están a sólo un paso de la extinción.

Con el tiempo nos hemos acostumbrado a entender las dinámicas del mundo natural así, en cifras. Su tendencia, diversidad y poblaciones son trasladadas a datos —o megadatos— que de alguna manera simplifican un escenario que, en esencia, es complejo. Esta información, además, permite a los científicos estudiar cuáles son los cambios ecosistémicos que sufre el mundo.

El problema es que recolectar esos datos no es tarea fácil. No importa si se está hablando de organismos microscópicos o grandes mamíferos, seguirle el paso a cualquier individuo requiere de tiempo, tecnología y, sobre todo, personas. Ahora, si a este esfuerzo se suma el de monitorear poblaciones de especies que pueden estar alrededor de los 30.000 o 100.000 especímenes, parecería que todos los científicos del mundo no son suficientes para hacer el trabajo.

Es por esto que, para equilibrar la balanza, ha venido creciendo la ciencia ciudadana (CS, por sus siglas en inglés), voluntariamente o de la mano de profesionales. Se trata de un tipo de investigación científica en la cual los ciudadanos locales se encargan de recolectar y monitorear los datos. Y aunque en principio parecería que la CS tiene poco impacto, la recolección de datos que hacen los aficionados ha servido para conocer una gran parte de la biodiversidad mundial.

Según advierte un estudio publicado en la revista Biological Conservation, más del 50 % de los datos que se encuentran en la Infraestructura Mundial de Información en Biodiversidad (GBIF, por sus siglas en inglés) han sido aportados por programas donde más del 50 % de la información fue recolectada por la ciudadanía. Este porcentaje no puede ser subestimado, en particular sabiendo que la GBIF es la mayor base de datos de especies en el mundo.

“Nuestros resultados sugieren que la CS ya hace contribuciones sustanciales a la vigilancia internacional de la biodiversidad a gran escala”, son las palabras con las que los 12 investigadores de varios países del mundo describieron sus resultados.

Su conclusión está basada en un trabajo exhaustivo. En principio identificaron proyectos y plataformas que recolectan datos sobre biodiversidad que entran en dos categorías: la de CS o la de monitoreo basado en la comunidad (CBM, por sus siglas en inglés). Los primeros, explica el estudio, se entienden como proyectos científicos que recurren a una ciudadanía voluntaria, y los segundos son programas donde los ciudadanos no sólo recolectan data, sino que diseñan los programas, la interpretación de datos y el manejo de estos con sus propios recursos.

Para tener una información más certera sobre el aporte que hasta ahora ha logrado la CS en el monitoreo de la biodiversidad, los investigadores enfocaron su estudio en los cientos de millones de registros de más de 800 instituciones que acumula el portal GBIF. Después, entre ese mar de datos, rastrearon los archivos que incluían una alta contribución de CS, teniendo en cuenta la taxonomía que monitoreaban y el país de origen de la fuente hasta el 1º de marzo de 2016.

En total encontraron 420 programas de CS, pero debido a que el 27 % de estos eran portales que agrupaban distintas iniciativas de CS, el número se elevó a 3.603 casos. El 88 % de estos programas, a la fecha analizada, se encontraban activos y el 64 % son iniciativas que parten de la sociedad civil. El 82 % estaban enfocados en estudiar ecosistemas terrestres, 33 % agua dulce y 30 % aguas marinas.

Para los 40 casos de CBM que encontraron, 45 % correspondían a análisis terrestres, 40 % a aguas dulces y otro 20 % a ecosistemas marinos.
Uno de los factores que más se preocupó por entender el estudio fue saber cuál de las variables esenciales de biodiversidad (VEB) abordaba cada CS. Estas variables son entendidas como la mínima cantidad de medidas que se necesitan para capturar la mayor dimensión de cambios en la biodiversidad. O, en otras palabras: lo que permite saber en qué hemos perdido o ganado, conocer si ha existido algún progreso hacia las metas políticas que tocan la biodiversidad.

Aunque estas variables incluyen varias subcategorías dentro de la composición genética, población de especies, amenazas, composición de la comunidad, función del ecosistema y estructura del ecosistema, el 80 % de CS y el 68 % de los CBM están enfocados en la distribución de especies. Otros elementos, como la distancia natal de dispersión y la clase de composición genética, han sido ignorados por la totalidad de programas.

En cuanto a las taxonomías más rastreadas por los ciudadanos, el estudio concluye que el liderato se lo llevan los animales, con un 70 %, seguido de hongos (47 %) y plantas (16 %). Las aves, por su parte, son las más cotizadas, pues entre los animales representan el 87 % de lo que cautiva a los aficionados (ver infografía).

Así, de nuevo en cifras, el estudio demuestra el rol determinante que ha cumplido la CS a la hora de entender la biodiversidad del mundo. Y, de alguna manera, hace un llamado de alerta para que a las comunidades y a los locales se les dé el poder de monitorear sus ambientes, pues, muchas veces allá, donde no está el ojo experto, es donde las cosas suceden.

, El poder de la ciencia ciudadana para estudiar la biodiversidad, http://www.elespectador.com/noticias/medio-ambiente/el-poder-de-ciencia-ciudadana-estudiar-biodiversidad-articulo-673917, http://www.elespectador.com/noticias/medio-ambiente/feed, ELESPECTADOR.COM – Medio Ambiente,


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Jose Raul Lopez Daza