Voz, lucha, carácter, carne, hueso y músculo, personaje y realidad, ficción, fuerza, razón, sensatez y también sentimientos, provocación, desafío, látigo, sarcasmo, bondad, honestidad, entrega, disciplina y una mujer detrás, siempre una mujer, Meryl Streep. Ayer su nombre fue repetido en todos los idiomas y por todos los rincones del mundo porque de nuevo, una vez más, fue nominada como mejor actriz para los premios Óscar por su papel en Florence Foster Jenkins. Quince días atrás había sido pronunciada también en todos los idiomas, porque 93 miembros de la delegación de prensa extranjera de Hollywood la habían premiado por su trayectoria profesional en los Globos de Oro.

Esa vez dijo: “Todos aquí pertenecemos a los segmentos más vilipendiados de Estados Unidos en este momento, piénsenlo: Hollywood, los extranjeros y la prensa”, y aclaró luego que esos grupos, precisamente esos grupos, eran algunos a los que el señor Donald Trump, de quien se había disfrazado en el 2015, había criticado durante su campaña hacia la Presidencia de los Estados Unidos. “Necesitamos que la prensa con principios le pida cuentas al poder”, añadió segundos más tarde, para agregar que “Cuando los poderosos usan su posición para matonear a otros, todos perdemos”. Al final, concluyó con una lapidaria sentencia: “El irrespeto invita al irrespeto, la violencia incita la violencia”.

Pasados unos cuantos minutos, el entonces presidente electo de los Estados Unidos le respondió a través de su cuenta de Twitter: “Meryl Streep, una de las actrices más sobrevaloradas de Hollywood, no me conoce, pero me atacó anoche en los Globos de Oro. Ella es una lacaya de Hillary (Clinton), quien perdió a lo grande”. En otro mensaje, se defendió de los comentarios de Streep sobre su supuesta humillación a un periodista discapacitado: “Por enésima vez, nunca me burlé de un periodista con discapacidad (nunca lo haría), sino que lo mostré ‘arrastrándose’ cuando cambió totalmente una historia de 16 años de antigüedad con el fin de hacerme quedar mal. Más de los medios deshonestos”.

En los Globos de Oro, Meryl Streep fue la voz de los que no tenían voz, la voz de los que pocas veces han tenido voz. Habló de los periodistas, de los inmigrantes, y nombró a algunos de los actores inmigrantes que habían nominado esa noche: Sarah Paulson, Sarah Jessica Parker, Amy Adams, Natalie Portman, Ruth Negga, Viola Davis, Dev Patel y Ryan Reynolds. Habló de las mujeres, como tantas otras veces, y de los hombres. “Los hombres deberían darse cuenta de que algo está mal cuando sus voces predominan. Deberían de sentirlo. Quienes trabajan en los estudios y agencias, deben mirar a su alrededor y ver si en la mesa hay mujeres; si no las hay, algo está mal. Las mujeres tenemos gustos diferentes, valoramos las cosas de forma diferente”.

Sus luchas se iniciaron mucho antes de comenzar a aparecer en las pantallas de cine. A mediados de los 70, cuando quiso hacer parte del elenco de King Kong, el director italiano Dino di Laurentiis le dijo que era muy fea para hacer parte del filme. Ella, en italiano, le respondió: “Siento no ser bonita para trabajar en ¿King Kong?”. En 1979 obtuvo el primero de sus tres Óscar, por su interpretación de una mujer que lucha por la custodia de su hijo en Kramer vs, Kramer. Cuando leyó el guión original, protestó. Dijo que las mujeres divorciadas no estaban bien representadas ahí. Peleó. Discutió. Al final, logró que Robert Benton, el director, la dejara escribir algunos de sus diálogos. Entonces empezó a hacer parte de decenas de fundaciones que abogaban por los derechos de las minorías.

Trabajó por los refugiados, por los niños, por las mujeres, por los enfermos, e incluso discutió con los industriales del cine para que igualaran los salarios de actores y actrices. Dos años atrás, les envió una carta a cada uno de los 535 congresistas de los Estados Unidos, escrita de su puño y letra, con el libro Equals means equal, de la defensora de los derechos de la mujer Jessica Neuwirth. Buscaba revivir la Enmienda por la Igualdad de Derechos (planteada en 1923 y en discusión desde mediados de 1970) que, de ratificarse en la Constitución norteamericana, garantizaría el pago del mismo salario a hombres y mujeres como derecho fundamental. Sólo cinco senadores le respondieron.

Sus luchas, como dijeron alguna vez en Hollywood, han sido de todos los días y contra todo aquel que humille, explote o pisotee. Sus luchas, por ello, fueron tomadas y retomadas por quienes supieron de ellas y terminaron contagiándose. El domingo pasado, Scarlett Johansson se subió a una tarima para protestar contra Trump, el día de la protesta de las mujeres y las manifestaciones. “Tenemos que levantarnos por nuestros derechos básicos como seres humanos y siempre movernos adelante. No renuncien a su poder”, dijo, entre otros asuntos. Madonna también habló. Habló, cerró los puños, alzó la voz y fue censurada por las grandes cadenas de televisión. “Bienvenidos a la revolución del amor. A la rebelión. A nuestra negativa, como mujeres, a aceptar esta nueva era de tiranía. No solo nosotras estamos en peligro, sino todas las personas marginadas (…) Sí, estoy enfadada. Sí, estoy indignada. Sí, he pensado horriblemente mucho en hacer explotar la Casa Blanca. Pero sé que eso no cambiará nada. No podemos caer en la desesperación. Como el poeta W.H. Auden escribió una vez en víspera de la II Guerra Mundial: ‘debemos amarnos los unos a los otros o morir’. Yo escojo el amor. ¿Estáis conmigo? Decid esto conmigo: escogemos el amor”.

Sus voces eran las voces de Meryl Streep, de una u otra forma. Se hacían y se hicieron camino al andar, como decía Antonio Machado. Sonaron, explotaron, abrieron grietas. Estremecieron.

, “El irrespeto invita al irrespeto": Meryl Streep, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-irrespeto-invita-al-irrespeto-meryl-streep-articulo-676404, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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