Juan Cristóbal Castro (Venezuela, 1971), director del departamento de Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana, hizo una de las indagaciones del lenguaje más interesantes de la literatura de América Latina: los idiomas imaginarios. Investigación que sin duda se constituye en fuente primaria para futuros investigadores.

Castro se adentra en las creaciones de lenguas inventadas en la literatura de nuestro continente y trata de hacerlo en sus propios contextos. Estos son idiomas que al leerlos se descubren y a la vez se construyen. Dicha investigación organiza estos idiomas en tres momentos históricos: principio del Siglo XX, con las obras de César Vallejo y sobre todo Jorge Luis Borges; la Guerra Fría en los sesenta y setenta, con el boom; y la crisis del Estado benefactor en tiempos neoliberales a finales del XX, con Eugenio Montejo y Ricardo Piglia.

El libro es un espléndido recorrido por las biografías de escritores tutelares, la historia de países y por distintos intersticios de la escritura y el arte. Castro describe lenguas como la de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (un referente central en esta investigación).

Sin embargo, este libro tiene un valor agregado, una pesquisa interesante: las relaciones del poder con los distintos tipos del lenguaje, tanto el popular como el oficial que emerge del Estado mismo. Asegura Castro que las lenguas vernáculas o populares que han sido marginadas por la imposición de un “decir bonito”, hoy en día están siendo usufructuadas por los poderes.

¿Por qué el título del libro, “Idiomas espectrales”?

Muchos de los idiomas inventados son y a la vez no son. Están ahí, en la obra, y a la vez son idiomas que no se hablan. El espectro es una figura que surge del pasado y entra en el presente. Muchos de estos idiomas retoman dialectos y usos negados por los idiomas nacionales y estandarizados o retoman viejos proyectos utópicos que nunca fueron valorados, pero que autores como Borges, Cortázar, Montejo y otros, incluyen en sus literaturas y los reivindican. También son espectrales porque reaparecen en narrativas que se dieron después de los años treinta del siglo pasado, reviviendo algunas de las viejas experimentaciones de las vanguardias.

¿Qué son esos idiomas y para qué sirven?

Umberto Eco los denomina lenguajes ficticios, inventados por un escritor, aunque es bueno decir que en el campo de los idiomas artificiales hay varias modalidades. Unas son lenguas que pretenden ser universales, creadas por filósofos o matemáticos con la intención de dar con un verdadero sistema racional y lógico; no en balde proliferaron con la Ilustración. Otras son producto de una particular combinatoria de lenguas ya usadas, como sucede con el esperanto, o incluso con cierto rescate del latín, que buscan satisfacer las necesidades ecuménicas de conseguir una lingua franca para el comercio y el intercambio internacional, y que se diseminó mucho en el siglo XIX, pero sigue siendo un tema de preocupación en algunos círculos. Y luego están los experimentos con el lenguaje que ha hecho cierta tradición de la literatura y la poesía moderna, sin desestimar por supuesto los usos particulares de formas de hablar de sujetos y comunidades marginales (locos, niños, jergas de delincuentes, argots de grupos extranjeros o sociedades secretas).

Ahora, en el caso de mi investigación, si uno estudia estos idiomas se dará cuenta de que el autor tuvo propósitos que van más allá del simple juego verbal o erudito.

También en ellos hay una posición frente a la estandarización de ciertos usos y la legitimación de algunas políticas de la lengua nacional. Por otro lado, si uno quiere explorar los orígenes de estos idiomas ficticios, creo que el mejor antecedente está en las novelas de aventura (siglos XVI y XVII). Ellas prosperaron bajo la modalidad de crónicas de viajeros en donde se narraba el encuentro con otras comunidades y tribus. Había una fascinación por las culturas distintas, y era inevitable la representación de su idioma. Así surgió toda una tendencia dentro de estos géneros en la que se describía el idioma de los mal llamados “bárbaros”. Luego, en los siglos XIX y XX, la ciencia ficción los aborda, ahora para mostrar la manera como hablan los extraterrestres. Borges juega con esos géneros y en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius hace una parodia de ellos.

¿Esos idiomas se construyen hoy?

No lo sé, pero hay obras que hoy se están escribiendo. Sigue la ciencia ficción creando idiomas de alienígenas y esto está apareciendo en el cine y en las series de televisión. La literatura sigue experimentando con distintas formas de verbalidad. Pienso en el poeta venezolano Luis Moreno Villamediana y otros que tienen una modalidad de escritura experimental. Pero la fascinación continúa en el arte contemporáneo, algunos artistas juegan con las nuevas tecnologías y con el propósito de crear idiomas. Pienso por ejemplo en algunos trabajos del artista Yusef Merhi, como Reloj poético o Perfect language.

Esta investigación se presta para mirar en detalle las relaciones de poder entre gobiernos y ciudadanos. ¿Qué hallazgos arrojó su trabajo en este sentido?

No sé si fue un hallazgo, pero sí entendí la complejidad de ciertas dinámicas. El poder se mueve de manera expedita en la dimensión del lenguaje. Hay que tener cuidado de no establecer dicotomías muy fuertes entre escritura y oralidad, o entre lenguaje estándar y las lenguas regionales (vernáculas y populares). Más bien hay que entender que el poder y el estado se mueven en constante mutación. Y en ese proceso, a la vez que dialogan con una lengua estandarizada bajo principios propios de una comunidad hispanoamericana que sigue los protocolos del “hablar bien”, también se apropian de ciertos usos del habla popular que consideran legítimos.

Así es que el poder establece mecanismos de persuasión y hegemonía. Por eso hay que entender a la literatura de otra manera, porque en muchas de sus apuestas más experimentales se evidencian los usos verbales que el Estado no incorpora. Dicho de otro modo, el Estado siempre establece protocolos para estandarizar e imponer ciertos “usos correctos” y ciertos “usos nacionales”, y en respuesta a ello, la literatura tiene la potestad de problematizar esos usos. Hay formas de resistencia en ella que no apreciamos, porque tenemos una visión autonomista de la misma, sin dejar de lado el hecho de que seguimos presos en la manía por dividir la literatura de la oralidad que no ve las variedades de “representación” y registro de cada una.

Recuerdo que durante los dos mandatos del presidente Álvaro Uribe se impuso una especie de “manual” desde el cual se debía establecer la comunicación con los ciudadanos. Esta es una forma consciente de estandarizar el lenguaje desde el Estado. ¿Existe una aplicación práctica de sus hallazgos?

No sé. Lo que quiero mostrar, entre otras cosas, es que el Estado se apropia tanto del uso correcto del idioma, como de un uso oral o regional. De hecho, si no se apropia de ciertos usos de la oralidad, de ciertas formas de dialecto popular, es imposible que logre legitimidad, por eso la existencia no solo de los manuales para uniformar el idioma, sino también de recursos para imitar la oralidad popular para adquirir esa legitimidad. El habla popular también está siendo usufructuada por el poder.

Lo mismo que ocurre con la fricción entre cultura popular y “cultura culta”. Lo que se ve en la plaza pública y en la calle es marginado por parte de lo “bien dicho”. ¿En su análisis cómo están nuestros países? ¿Tenemos lenguas restringidas en su totalidad?

Sí y no. Hay tres aspectos. El primero es que existe una comunidad del idioma hispanoamericano que tiene que ver con diccionarios, congresos de la lengua, con las filiaciones a la Madre Patria y el “hablar bien” del Siglo XIX para acá, y que deja de lado muchísimas expresiones vernáculas. El segundo es que también existe una institucionalidad nacional que incorpora, sin dejar de lado una práctica en el estilo de gobernar, tendencias vernáculas: las literaturas oficiales encarnan tanto un habla estándar, como un habla regional o nacional. Y el tercero, y es el que más me preocupa en estos momentos, es el auge de una nueva forma de estandarización que está pasando por una concepción “profesional” del idioma, un habla aséptica que sigue los rigores de una traducción literal del inglés para continuar con los protocolos propios de la profesionalización del trabajo y de cierto “political correct”.

Eso proviene de una suerte de ética empresarial y seudo multicultural que impregna todo, gracias a la cual las universidades, las iglesias y los deportes hablan ahora con jerga empresarial: “costos y beneficios”, “impacto”, “gestión”. Se impone así un protocolo de formas de hablar que inducen a seguir ciertas praxis profesionales que dejan de lado otras formas de socialización donde imperan formas de hablar diferentes, con otros dialectos. Es una suerte de habla neoliberal. Lo peor es que esa forma de hablar se está extendiendo en todos los ámbitos de la vida, arrinconando otras tendencias que poco a poco van acumulando el odio de la exclusión y pueden explotar en populismos radicales.

¿Por qué los países son máquinas lingüísticas?

Precisamente por lo que trato de decir. No hay que olvidar el protagonismo del Estado para conferirle poder a la lengua estándar, pero también el del gobierno de turno para nacionalizar unas prácticas verbales regionales o vernáculas por encima de otras. Dicho de otro modo, el poder tiene también una poética verbal que privilegia unos usos del idioma y cuyo efecto es el de producir una identificación de las comunidades y ciudadanos con la autoridad de su mandato. Sin esa operación, el Estado no sería tan efectivo en su comunicación con el pueblo.

¿Cómo son Colombia y Venezuela como máquinas lingüísticas?

Creo que hay que ver en detalle a cada país. La diversidad rompe con la tendencia a la estandarización, pero cada gobierno tiene sus políticas que se mueven entre el patrón estándar y los usos populares. Los casos de Colombia y Venezuela son curiosos.

Por un lado, Colombia tiene una tradición muy fuerte desde finales del Siglo XIX, con los grandes gramáticos, y se impone el buen uso del castellano. Es más, muchos gramáticos fueron presidentes. Eso es significativo. Fue un pacto que se consolida con la Regeneración del Siglo XIX. Uno lo aprecia hoy en la prensa y en los demás medios: hay una altísima corrección en el uso del idioma. Pero esa tradición se está vinculando hoy a un uso “profesional” que se mezcla con este “hablar bien”. Por otra parte, Venezuela, si bien no dejó de tener una tradición purista, su esfera de poder fue leve, pues el campo político estaba intervenido por el igualitarismo militar de finales del Siglo XIX, y después con el populismo democrático en el Siglo XX, y ello generó, por un lado, una mayor permeabilización de la lengua estándar por usos menos correctos, y por otro, la necesidad de la clase política de apropiarse de ciertos estilos vernáculos para ganar legitimidad, incluso uno lo ve también en las clases sociales altas que han desarrollado cierto ventriloquismo para hablar con sus empleados y cambiar de registro cuando hablan con los suyos. En estos momentos, sin embargo, el poder del Estado erigió una política verbal que rescata ciertos usos del sustrato más bajo de lo social: ciertos giros de los fondos criminales, que se mezclan a su vez con usos de la retórica republicana del Siglo XIX.

¿Por eso su uso reiterado de la palabra “patria” en su discurso?

Claro, la palabra “patria” tiene una fuerza republicana que se popularizó a finales del Siglo XIX, pero no hay que olvidar que fue usada por gobiernos autoritarios y militaristas, quienes fueron los que gobernaron Venezuela después de la independencia.

En Colombia y Venezuela se ve la dimensión potencialmente autoritaria que se da con el uso del lenguaje, uno reificando cierta habla de las élites oligárquicas de finales del siglo XIX, y el otro reificando el habla cuartelaria de la más baja casta militarista, ahora bajo formas populismo radical.

Chávez llegó al poder en Venezuela rompiendo las convenciones. “Sobre esta moribunda constitución…”, dijo en su discurso y eso fue el inicio de todo.

Exacto. Cuando dijo en su discurso la palabra “moribunda” ya dio el primer gesto de su política verbal y de todo lo que vendría después, usando el sustrato más bajo del habla popular, sobre todo el de los sujetos marginales que se mueven entre el resentimiento, el desengaño, la criminalidad y el autoritarismo; el “lumpen”, diría Marx. Luego, haciendo uso de esa jerga en forma de “choteo”, en todas sus alocuciones e intervenciones rompió con los lenguajes vinculados a las antiguas instituciones de Venezuela. Cualquier ejecución política se vio impregnada de estas prácticas verbales con propósitos corrosivos. Pero fue una emancipación de cierto uso del lenguaje popular (no todo), pero para fines de poder (y dominio), no para fines de reconocimiento de lo popular como elemento dinámico de la vida pública, que ocupa un espectro más plural y dinámico que ese sustrato más resentido que usó y usa el chavismo como habla de la “nación”.

, “El habla popular está siendo usufructuada por el poder”, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-habla-popular-esta-siendo-usufructuada-el-poder-articulo-663613, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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