Desde que tengo memoria, nunca antes una palabra había generado tanta controversia como la que en los últimos meses ha provocado el vocablo “género” en Colombia. Como fenómeno lingüístico, es fascinante; como realidad social, alarmante. La conclusión a la que he podido llegar respecto de la polémica es que se introdujo en el vocabulario nacional un término a la fuerza, con poca pedagogía y la ingenuidad de creer que, cuando hablamos de género, todos nos referimos a lo mismo. Yo no soy experta en estudios de género, que los hay y extraordinarios, pero cualquiera que como yo ha sido educado en las humanidades y las ciencias sociales habrá tenido que estudiar no una sino muchas veces a los teóricos del género. En estas pocas líneas, quisiera aportar a esa pedagogía que nos quedó faltando, con el único propósito de animar a los verdaderos expertos a que ayuden a despejar este lío nacional.

El género viene de mi territorio, que es el de la lengua. Originalmente, una categoría gramatical; seguramente, por su utilidad y amplitud, los estudios literarios en nuestra lengua y en otras se robaron el concepto para agrupar las cualidades de una obra (el inglés, sin embargo, ha mantenido una diferencia entre “gender” y “genre”). De ahí que hablemos de géneros literarios y nos sea tan útil poder diferenciar lo épico de lo lírico en la tradición clásica o, en siglos más recientes, el cuento de la novela del soneto. El género, visto así, es una palabra poco problemática, aunque los estudiosos de la literatura hagamos lo posible por problematizarla.

El género asociado al sexo también tiene su historia. Parece que el primero en diferenciar explícitamente el sexo biológico del género como rol social y cultural fue el psicólogo neozelandés John Money, en los años cincuenta. Sin embargo, la idea ya venía formándose desde la antropología y la filosofía, teniendo quizás su mejor exponente de la primera mitad del siglo XX en la filósofa francesa a Simone de Beauvoir. En su famoso libro El segundo sexo, ya Beauvoir había escrito: “No se nace mujer sino que se llega a serlo”. Hacía alusión a los constructos sociales y culturales con que cada sociedad imagina su idea de la feminidad. Pero lo cierto es que el auge de la idea del género, como algo diferente del sexo, se alcanzó realmente en los años 60 y 70 con el boom de la llamada segunda ola del feminismo. En el análisis feminista de entonces y de ahora (pues hasta el momento es una idea que no ha perdido vigencia), el género se entendió como la construcción cultural del sexo en una sociedad determinada, permitiendo así visibilizar desbalances de poder, estereotipos, jerarquías y roles diferenciados según el sexo.

Ahora bien, las disciplinas dialogan y la investigación que se adelanta en un campo contribuye a la comprensión de fenómenos estudiados en otros campos. Las teorías feministas, que son muchas y muy variadas, polinizaron los estudios de múltiples ciencias del conocimiento. De ahí que, desde hace décadas, se hable de un “enfoque de género”. En principio, este enfoque poco o nada tiene que ver con la orientación sexual de una persona o su identidad de género, créase o no en la veracidad de tal identidad. Un enfoque de género es, ante todo, una categoría de análisis; es decir, no es otra cosa que una manera de examinar un fenómeno (un evento, una situación, un libro, una película, un gesto, etc.), que tiene en cuenta las diferencias sociales y culturales asignadas a hombres y mujeres en razón de su sexo. Analizar, por ejemplo, las opciones de carrera de los estudiantes de una comunidad determinada, teniendo en cuenta las diferentes expectativas que se tienen sobre niños y niñas en esa comunidad, los roles que esos niños y niñas ejercen, las ideas de éxito profesional que tienen sus padres frente a los niños en comparación a las que presentan frente a las niñas, es un estudio con perspectiva de género.

Que millones de colombianos estén condenando a muerte la palabra “género” es francamente desalentador. Intentar persuadir a los demás sobre si el sexo y el género son lo mismo o no me parece una pérdida de tiempo. Especialmente si se piensa que la investigación al respecto es tan amplia y tan disímil que, para cuando los colombianos hayan hecho la tarea de leer todo lo que hay para leer, ya no habría quién se acuerde del tema ni del plebiscito ni del nobel. Me parece mejor idea rescatar, de esta maraña de percepciones, ideas preconcebidas, ansiedades colectivas y miedos personales, el pobre enfoque de género que está pagando una pena ajena. Yo, por ejemplo, desde hace ya años, vivo con un enfoque de género porque soy sensible a las problemáticas de las mujeres, me importa la educación de las niñas y aspiro a vivir en un mundo donde ser mujer no sea una desventaja. Tengo un enfoque de género porque ser mujer y no tenerlo me parece una oportunidad desaprovechada.

, El género: una palabra caída en desgracia, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-genero-una-palabra-caida-desgracia-articulo-664222, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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