¿Qué es la calle si no una mezcolanza sin fin de memorias y experiencias?

Puede ser el miedo, o la oscuridad, la suciedad y el peligro, el lugar del perdido o del encuentro, del ausente y del viejo abandonado, la esquina encerrada o la verja con rosas que se resisten al smog; el espacio inmenso y destechado del vendedor de dulces, o de minutos para llamar a celular, de cigarrillos sueltos que no se pueden vender sueltos pero se venden sueltos, de gaseosas y botellas plásticas de agua, de cargadores de teléfono para carro, de afiches, de galletas, de vicio, de tenis de contrabando, de discos pirata; el escenario de cantantes solitarios, de violinistas soñadores o de bailarines, de muchos bailarines.
Esa es nuestra calle, son nuestras calles, en nuestras ciudades de Latinoamérica, un caos que nos estremece, y que quisiéramos controlar más, pero que a fin de cuentas es lo que somos, desordenada, intempestiva, egoísta, intuitiva, desconfiada y ruidosa, pero también amorosa, fiestera, manifestante, exigente y con ganas, todavía solo ganas, de civilizarse.

La calle tiene sus formas de enseñar.

¿Qué tal si aprendemos a mirar más de cerca? ¿Más detenidamente?

Quienes abren los ojos lo ven.
Ven el arte pasando frente a sus ojos.
Mirando curiosos por la ventanilla del bus,
cuando caminan esquivando huecos.  
Y entonces, aparece. El arte.
Uno en el cual descubre belleza,
Pero donde también cabe la fealdad y ésta hace parte del paisaje urbano. 
Se manifiesta sin grandes anuncios, se moja o brilla con el sol, es breve y para quien tuvo la fortuna de verlo se convierte en un recuerdo. Es el arte de la experiencia.

Así, aparecen el grafiti, el rayón, la pintada que irrumpen en el muro, una mancha de color en medio del gris de la ciudad. Son caras, son ojos inmensos, son palabras, es un gemido colmado de emoción, son rostros dibujados mirándonos mirarlos, fascinados, choqueados, acostumbrados, aburridos. Las capas de pintura de aerosol se suman para hacer una cáscara que va revelando el paso del tiempo. Es una marca del territorio cuya lógica escapa a nuestros gustos amaestrados en donde todo coincide ordenadamente.

También irrumpe una voz, normalmente acompañada y con un pequeño bafle amplificador. Suena el rap con su voz de protesta, con su lamento cifrado, con su invocación a ese Dios que a veces rescata almas y las pone a prueba. Declaran amores, pero también nos cantan la tabla, nos revelan unas cuentas verdades sobre esa cara de la ciudad que no queremos ver, son minutos sonados de realidad, una cachetada al cuerpo indiferente. Imposible hacerse el indiferente con esos versos cantados con tanta gracia como tensión.

Luego, este arte se hace movimiento y lo vemos en un paso, en un caminar con cadencia, en un salto con ritmo, en un rincón donde, de repente, pasa la danza. La danza que lo rompe todo, el break. El bailarín encuentra su escenario, seduce a su público, exhibe sus movimientos y demuestra su fuerza. Batalla contra el otro o para el otro, ya no con armas, pero con sus piernas, brazos y torso. Le roba al mundo un instante de felicidad y éxtasis para entregárselo a quien se permite mirarlo. Le regala un momento.

La cultura hip hop

Se ha convertido en mi ética por la nobleza de su disciplina. A través de ella descubro el mundo cada día.

Íntimamente mía, me anima cada día con la energía y la generosidad que le son propias. Su poesía me tranquiliza. ¿Puedo decir que yo existiría sin la danza? ¿Sin la capacidad que me dio para expresarme? ¿Sin la confianza que he encontrado para superar los temores, para escapar de las rutas sin salida?

Sumergido gracias a ella en la belleza y en la complejidad del mundo, me hice ciudadano, ciudadano singular reinventando los códigos a lo largo de los encuentros, fiel a los valores de la cultura hip hop que transforma la energía negativa en fuerza positiva.

La cultura une más que cualquier discurso. Tengan valor, asuman riesgos, a pesar de los obstáculos y el odio a los que sin duda se enfrentarán, a la belleza del mundo que siempre estará a su lado, como la danza lo ha estado para mí. Con su fuerza singular que hace desaparecer las distinciones sociales, aquellas ligadas a nuestros orígenes, para dejar únicamente el movimiento de los cuerpos en su más simple humanidad, seres humanos devueltos a su expresión más simple, singular y común.

‘Impón tu suerte, aférrate a tu felicidad y ve hacia tu riesgo. Al mirarte, se acostumbrarán’ (René Char).
¡Inténtenlo, equivóquense y comiencen de nuevo, pero sobre todo bailen, no dejen jamás de bailar!”.
Mourad Merzouki
Día Internacional de la Danza, 29 de abril de 2014

¿Qué es la danza urbana si no un canto del cuerpo? Un grito y un lamento, también. La rabia expresada en saltos repetidos, en giros imposibles, admirables. Son golpes metafóricos, los que han recibido estos danzantes callejeros, los que han evitado, de los que han escapado. Es fuerza que se hace belleza y dominio del cuerpo. A falta de voz, apagada por el sistema, por la exclusión y la pobreza, nace ese aullido social en el que cada bailarín impone su manifiesto vital.

Eso es lo que busca mostrar Recital. Mourad Merzouki, el coreógrafo francés, de origen magrebí, logró con esta pieza icónica introducir la danza urbana en grandes teatros del mundo. Subió la calle al escenario. La volvió un espectáculo digno de ser observado y aplaudido. Y con una boleta pagada. 

Pero no hay tal como la domesticación de la calle, pues ese no es el objetivo. Es, mejor, la calle como posibilidad para entender otras lógicas. Y, así, ver cómo se cuela todo lo que tiene, y que nos ha alejado de ella por puro desconocimiento o miedo, en los espacios que consideramos seguros, el escenario del teatro, y nos permitimos apreciarla desde nuestros códigos de seguridad, esos que sentimos conocer. 

Merzouki sabe lo que la calle puede dar, lo que produce la desazón, la bomba social que implica la decepción. Por eso canalizó esa dinamita emocional con el cuerpo. Primero, haciendo algo de circo y acrobacias, luego, artes marciales, para terminar haciendo hip hop en las calles, y llevarlas luego a escena con todo un trabajo escenográfico, con luces, sonido y vestuario. Es la coreografía como excusa técnica, como método, orden y sentido de la repetición para darle marco y disciplina. Hizo entrar al hip hop en un terreno convencional del que rehuía por definición. Pero que le permitió encontrar un nuevo público, con un código común para todos: La música.

Pensemos que a la hora de hacer Recital, en 1998, había una tensión en el ambiente comparable con la que se vive hoy con los inmigrantes en Europa –ni qué decir en Francia. La expulsión de los sin papeles estaba a la orden del día como si fuera una recurrente predicción. Así, el coreógrafo construyó una historia que parece casi fundacional. Una prueba de saberes que se mide en un recital, muchas interpretaciones distintas de un instrumento para demostrar cuánto se sabe. Todo un símil de su propio arte de la danza. Y le incluyó un violín, como exponente del statu quo, de la tradición. Así se entra, por la puerta grande, con el instrumento que toca (también podría haber sido con un piano pero para el baile podía ser más aparatoso…). Crea entonces un juego de movimientos en donde una serie de personajes se ponen a prueba frente a un director de orquesta, un juez de su talento. El coreógrafo no deja de lado su disciplina, la danza urbana, ni su tradición, el mundo árabe. Allí están, ambos, en este diálogo de culturas. 

Y es una conversación. No una batalla como la que usualmente se libra en las calles para determinar quién tiene el mejor paso. La lógica cambia y se permite la trasgresión y el humor. Al no ser, ni buscar, ser una fiel copia del mundo “ilustrado”, entraron allí nuevas formas de acercarse al baile y la música.
“Para Recital –explica Merzouki– quise desarrollar una danza y un musical que fusionen con humor sonidos desde las antípodas, lugares opuestos, en un espacio que nos es extraño. Invertir las reglas del juego. Desestabilizar nuestra propia visión del hip hop. Tales son los elementos que constituyen la esencia mismas de esta creación”.

Y allí, entonces, vemos la posibilidad de la convivencia. Vemos cómo se logran puntos en común. Y se vence el prejuicio. Si funciona o no la obra, no es lo relevante. Lo importante es lo que despertó.

, El canto del cuerpo, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-canto-del-cuerpo-articulo-662784, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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