Se trata de una declaración demasiado prudente: para Piglia, la vida es tan sólo una forma compleja de la lectura.

Cuando lo conocí, hace unos 13 años, Piglia me habló de Steve Ratliff, un norteamericano extravagante que conoció en su adolescencia. El hombre se presentaba como escritor de importancia: decía que había conocido a Conrad Aiken, estudiado con T.S. Eliot y publicado varios cuentos en el New Yorker. “Fue el primero que me habló de Scott Fitzgerald”, cuenta Piglia en alguna parte. En realidad, la cosa va más allá: Ratliff le prestó libros de Faulkner, de Ford Madox Ford, de Hemingway, y fue además lector de sus primeros cuentos. Más tarde murió de cirrosis, y su figura quedó consignada en un cuento de Prisión perpetua. “Ratliff es para mí la literatura norteamericana”, ha dicho Piglia. “¿Cómo convertir toda la literatura en un acontecimiento personal? Es un hecho vivido. Ratliff se construye por ese lado”. Piglia habla de aquel hombre como de un personaje de ficción. En eso lo convirtió; esa es su forma de hablar de su propia biografía.

Piglia ha dejado en sus ensayos y en sus entrevistas los rastros necesarios para quien quiera reconstruir su vida. La crítica, ha dicho, es una forma de autobiografía. En alguno de sus libros leemos que, mientras terminaba los relatos de La invasión, vivía la mitad del tiempo en Buenos Aires y la otra mitad en La Plata, donde estudiaba historia. En la pensión de La Plata encontró, disimuladas en un hueco de la habitación, las cartas de una mujer; tiempo después, en el hotel de Buenos Aires, encontró la respuesta de un hombre a las cartas de la mujer de La Plata. Pero el asunto no termina allí. A la vuelta del hotel de Buenos Aires estaba la Federación de Box; en la puerta del estadio, Piglia se encontraba con una mujer que había conocido a Macedonio Fernández y cuya única propiedad era un viejo grabador de cinta. Tras su muerte, Piglia recibió el grabador. En la cinta se escuchaba la voz de una mujer y luego una voz que podía ser la de Fernández.

Éste, por supuesto, es el origen de La ciudad ausente. ¿Y qué ha pasado con aquel diario comenzado en Mar del Plata? Hace unos años le pregunté si no lo publicaría nunca, si no hablaría más de su abuelo de Turín cuya mujer se había suicidado, de su padre masón o de su vida en La Jolla, el pueblo californiano donde vivió Raymond Chandler. Él me recordó lo que solía decir su padre: “Narrar es como jugar al póquer: el secreto consiste en parecer mentiroso cuando se está diciendo la verdad”. Y desde esa conversación he pensado que en realidad Piglia ha ido publicando su diario sin que nos demos cuenta, escondiéndolo entre las líneas de otros ensayos o de algún cuento. En Formas breves leemos: “La lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos”. ¿Dónde está esa memoria? Leo la nueva novela y pienso, equivocadamente, que tal vez en ella se encuentre la respuesta.

, El camino de Piglia, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-camino-de-piglia-articulo-673644, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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