Así retrata su cabello rubio, como si hubiese pasado por las manos de Midas, el rey que todo lo que tocaba se volvía oro. “Crespas hebras, sin ley desenlazadas, / que un tiempo tuvo entre las manos Midas”.

Lisi es erotismo, como en el soneto en el que los ojos quieren besar o hacerse labios para sentir. “Si mis párpados, Lisi, labios fueran / besos fueran los rayos visuales…”. En este poema, como en ningún otro, brilla la consumación imaginaria del amor: “… y desnudos de cuerpo los favores / gozaran mis potencias y sentidos…”. Lisi es contraste: pasión y desdén, frío y calor, ardor y helaje: “… y en encendido invierno l’alma mía, / ardo en la nieve y yélome abrasado”.

Uno de los motivos de la poesía amorosa de Quevedo es la victoria del amor sobre la muerte. Amor constante más allá de la muerte, considerado por muchos el más bello soneto de la lengua española, es el ejemplo clásico.

Allí muere el cuerpo en los dos primeros versos: “Cerrar podrá mis ojos la postrera / sombra que me llevare el blanco día…”. Y allí, en la agonía del poema, gana el amor: “polvo serán, más polvo enamorado”. El amor sobrevive a la muerte. El soneto, con su magia barroca, brilla en la fuerza de sus sonidos y sus palabras. Para el cuerpo que muere están ceniza, polvo, ojos, venas y médula. Y para la pasión que perdura están llama, fuego, ardor y enamorado.

Quevedo, el hombre de los lentes redondos y el cabello ensortijado, era cercano a la monarquía y conocedor como ninguno de los clásicos. Ese saber le dio el ingenio para mofarse de la reina y ganarse una apuesta que para muchos era imposible: decirle coja. Se le acercó con un clavel y una rosa y le dijo: “Entre el clavel y la rosa, su majestad escoja”.

Él, Góngora y Lope de Vega fueron hacedores del Siglo de Oro español, y en esa coincidencia mágica usaron sus versos todos contra todos. Por bebedores y andariegos, Góngora les compuso un sablazo. “Hoy hacen amistad nueva / más por Baco que por Febo / don Francisco de QueBebo / don Félix Lope de Beba”.

Quevedo, el más fino heredero de Petrarca, murió en 1645, pero dejó su obra como huella imborrable de la España del Barroco y sus poemas de amor como testimonio de una angustia existencial hecha soneto.

, El ardor amoroso de Quevedo, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-ardor-amoroso-de-quevedo-articulo-667396, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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