El 2016 fue emocionante para los rockeros. Sin duda, el premio nobel de literatura para un cantautor, Bob Dylan; el lanzamiento del primer álbum de los Rolling Stones en once años y de Metallica en ocho -sumados a sus conciertos en Bogotá-, entre otras cosas, harán de estos meses un tema de conversación por largo rato.

Los Stones llegaron con Blue & Lonesome. Puro blues. El primer álbum de la banda desde 1964 dedicado por completo a hacer covers, que no en vano grabaron apenas en tres días: Jagger, Richards, Wood y Watts tocaron el blues importado que, en Inglaterra, los unió hace más de medio siglo; una música familiar, pero que les suena y se les ve como nueva, incluso trayendo a una estrella del momento, Kristen Stewart, al videoclip de Ride ‘Em Down.

El álbum lo grabaron en los British Grove Studios, en Londres, un espacio relativamente joven por el que en los últimos años también han pasado artistas como David Gilmour y Eric Clapton, quien de hecho en este disco colaboró con los Stones en Everybody Knows About My Good Thing -original de Little Johnny Taylor- y en I Can’t Quit You Baby, de Otis Rush, la misma que interpretó Led Zeppelin para su debut en 1969.

Otro de los lanzamientos publicitados fue el del undécimo trabajo de estudio de los Red Hot Chili Peppers (RHCP), The Getaway, del que no es difícil concluir que recoge mucho de los más de 30 años de trayectoria de la agrupación, algo del funk que los caracterizó sobre todo en los ochenta y principios de los noventa, logrado con Flea en el bajo, ahora en canciones como Go Robot. Trae también algunas baladas, un elemento que llegó al mayor de los éxitos con Under the Bridge, del álbum Blood Sugar Sex Magic (1991) y que siguió siendo explorado en otros como By The Way (2002), Stadium Arcadium (2006) y sus b-sides (o “lados B”). Todos con John Frusciante en la guitarra. The Getaway -el segundo álbum con el guitarrista Josh Klinghoffer- trae armonías suaves en canciones como The Longest Wave y The Hunter. Sick love (que se podría traducir como Amor enfermo), por su parte, tiene a Elton John en el piano y un video colorido y grotesco, dirigido e ilustrado por la artista Beth Jeans.

Para la crítica -a la que The Getaway no termina de convencer, sobre todo por sus letras- uno de los elementos de mayor peso en ese lanzamiento fue el cambio de productor, quizás algo que para muchos pasó inadvertido, pero que puede explicar algo de la complejidad del disco. Por primera vez desde Mother’s Milk, de 1989, los Peppers grabaron sin Rick Rubin, y en cambio se trajeron al dúo de Danger Mouse (Brian Burton), en la producción, y, en la mezcla, Nigel Godrich, el llamado “sexto miembro” de Radiohead. Godrich es un nuevo punto de encuentro entre esta última banda y los RHCP, luego de que, junto con Flea y Thom Yorke, formó la banda Atoms for Peace.

Godrich fue el productor de otro de los éxitos del año: A Moon Shaped Pool, de Radiohead, probablemente el grupo activo de rock más importante que aún no se ha presentado en concierto en Colombia. La ansiedad de verlos en algún escenario nacional quizá haya aumentado luego de que la banda de Thom Yorke estrenó hace siete meses este álbum, una reaparición de sonidos suaves y emocionalmente quebrados, que hacen difícil no compararlos con el trabajo oscuro pero profundo del Kid A, de hace 16 años.

Eso tiene una explicación. Varias de las canciones, como Burn the Witch y True Love Waits, habían sido candidatas para producciones como Ok Computer y el mismo Kid A, entre otros, y han aparecido esporádicamente en presentaciones y trabajos de la banda. Sin embargo, “en donde Kid A y Amnesiac fueron definidos por el vernáculo de la música electrónica, este álbum está definido por los arreglos orquestales”, escribió Will Hermes en la revista Rolling Stone. En todo caso, A Moon Shaped Pool se devuelve al Radiohead sombrío, que habla de corazones rotos y cuerpos frágiles, fríos y angustiados hasta los huesos.

Oscuros y eternos

Dos de los mejores trabajos del 2016 fueron también epitafios. David Bowie y Leonard Cohen lanzaron sus últimos álbumes, Blackstar (Estrella negra) y You Want It Darker (Lo quieres más oscuro), respectivamente. El primero fue reconocido como una obra difícil de ubicar en el catálogo de Bowie: lúgubre, fúnebre, pero con la impronta apacible del saxofón. Todo eso de forma evidente en el sencillo Lazarus y una canción tan heterogénea como la que le dio nombre al álbum.

El cantautor canadiense, por su parte, dejó a los 82 años un trabajo que sin controversia ha sido descrito como limpio, sobrio, sencillo y espléndido. Cohen no tardó en cumplir la promesa de que pronto se reencontraría con su musa, Marianne Ihlen, inmortalizada en So Long, Marianne, cuyo cuerpo de 81 años se lo llevó la leucemia este año también. Para muchos, la de Cohen fue una despedida que sonó plácida, rumbo al infinito para el que parecía que se estuvo preparando toda la vida. “Hineni, hineni / I’m ready, my Lord” (Aquí estoy, aquí estoy / Estoy listo, mi Señor).

Mientras que la muerte de Bowie, a los 69 años, llegó de sorpresa hace casi un año, la de Cohen, ocurrida en noviembre, no fue difícil de prever desde que afirmó para el New Yorker estar listo para irse del mundo, en vísperas del lanzamiento del disco que grabó en su casa, con su hijo, al no poder moverse con facilidad por su estado de salud. Bowie y Cohen tuvieron en común varias cosas, entre las que están ser grandes artistas que dejaron un pasado inabarcable, que se fueron no sin antes insistir en su virtud creativa y marcar el principio y el fin de un 2016 de no olvidar.

, El año que le devolvió la emoción al rock, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-ano-le-devolvio-emocion-al-rock-articulo-672355, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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