“De repente, murió: que es cuando un hombre llega entero, pronto de sus propias profundidades. Se pasó para el lado claro. La gente muere para probar que vivió”. Esta cita, del autor brasileño João Guimarães Rosa, me recuerda lo sorpresivo de toda partida y que en todo naufragio siempre hay algo que nos sobrevive. Y quién diría que los libros son los que mejor atraviesan las mareas de la muerte, los que traen, de repente, un viejo recuerdo de un joven que llora bajo la noche más sombría.

Por eso de las partidas de este 2016, que se nos hacen demasiadas –aunque siempre sean demasiadas–, quiero recordar a los escritores que no murieron, sino que más bien se hicieron inmortales.

Ahora mismo escucho alguna canción oscura de Leonard Cohen. Fue la música la que lo llevó a la fama y le pagó sus cuentas, pero fueron la poesía y hasta la novela donde todo empezó. Y donde terminó. Su hijo declaró que Cohen estuvo “escribiendo hasta sus últimos momentos con su característico sentido del humor”. Su primera novela, El juego favorito, es un relato autobiográfico sobre un joven que descubre su identidad a través de la escritura. Descubrimientos como que “la privación es la madre de la poesía”, o “una cicatriz es lo que sucede cuando la palabra se hace carne”. Podría escribir ad infinitum sobre su poesía, pero escogeré arbitrariamente un fragmento de A mil besos de profundidad: “Mira, soy solo otro hombre de nieve, de pie en la lluvia y en la aguanieve, quien te amó con este amor congelado, su cuerpo de segunda mano, con todo lo que es y lo que fue – a mil besos de profundidad”.

Y gracias a la poesía también quedarán enteros, prontos de sus propias profundidades, el peruano Rodolfo Hinostroza y el español Adolfo Cueto. El primero, además, dejó un legado en los géneros de periodismo, novela, cuento, teatro y cultura gastronómica. A Hinostroza pienso que habría que hacerle el mínimo homenaje de leer el poema Los huesos de mi padre y esperar que el día de su muerte no se hayan confundido sus propios huesos “en la Fosa Común / con los de un vagabundo / de esos que abundan en las calles de Lima, / y mueren sin un grito”. Adolfo Cueto murió a los 47 años, la edad más corta entre todos los que se mencionan en este recuento. Por eso quiero recordar uno de sus poemas más breves y a la vez más bellos: “Sólo / hay / una / muda / luna / como una oruga en mi interior”.

A Harper Lee la fama no le cayó en gracia. Rechazó entrevistas, se negó a aceptar varios premios y –no me queda claro si por decisión o porque sí– dejó de publicar durante medio siglo. Todo empezó en los años 60 con Matar un ruiseñor, su mítica historia sobre la injusticia racial en un pequeño pueblo de Alabama, basada en sus propios familiares y vecinos. Luego empezó a escribir un par de novelas más, pero las dejó inacabadas. De hecho, su segunda y última novela, Ve y pon un centinela, es el manuscrito original de Matar un ruiseñor y fue escrito a comienzos de los 50. Este permaneció perdido, tal vez oculto, hasta el año pasado, cuando fue publicado como una secuela y no como el “borrador” que sobrevivió.

Umberto Eco fue uno de los intelectuales más prolíficos de esta época. Un escritor sin afán, podría decirse. Publicó su primera novela, El nombre de la rosa, un poco antes de cumplir 50 años. Este libro no solo lleva el peso de la fama –millones de ejemplares vendidos, decenas de traducciones–, sino que es un ejemplar único para estudiar la intertextualidad y las conexiones entre lo literario y la historia, la filosofía y la semiología. Es una novela “matrioska” –una historia dentro de otra, dentro de otra– que contiene relatos policiacos, sobre la Edad Media, los libros, el amor, la prohibición y más. Basta abrir una página al azar para encontrarse con pequeños tratados como este: “Creo que, como los baños, la risa es una buena medicina para curar los humores y otras afecciones del cuerpo, sobre todo la melancolía”.

Entre los que conté, fueron tres premios Nobel que perecieron en 2016: Dario Fo (Italia), Imre Kertész (Hungría) y Elie Wiesel (Rumania).

Dario Fo se ganó el Nobel por su trabajo dramatúrgico. Tal vez una de las referencias que mejor hablan de su obra es la del mismo Vaticano cuando denunció que Misterio bufo era “el show más blasfemo en la historia de la televisión”, debido al humor basado en la política y en la religión de Italia. Su trabajo más conocido es Muerte accidental de un anarquista, una sátira sobre la corrupción política y de cómo “el escándalo es un antídoto contra el peor de los venenos, la concienciación de la gente”. Fo parecía escribir hace 30 años sobre el futuro.

Cuando al comienzo de esta nota hablaba sobre un viejo recuerdo de un joven que llora bajo la noche más sombría, pensaba a la vez en Kertész y en Wiesel. Ambos, sobrevivientes del Holocausto. Ambos, encerrados en un campo de concentración a los 16 años, en medio de la confusión de las diferentes lenguas (como Sin destino, de Kertész) y de la culpa por sobrevivir cuando millones más morían (como La noche, de Wiesel): “Nunca he de olvidar el silencio nocturno que me privó, por toda la eternidad, del deseo de vivir”.

Pero, volviendo a Guimarães Rosa, otro inmortal, “¿qué es el pormenor de ausencia? Las personas no mueren. Quedan encantadas”.

, El año en que se hicieron inmortales, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-ano-se-hicieron-inmortales-articulo-672603, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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