Triste, muy triste la muerte de Dicken Castro. Da dolor por el hecho de no poder contar más con una mente brillante en los dominios de la arquitectura y el diseño gráfico, principalmente. Da tristeza por la pérdida de un catedrático abierto y generoso. Un ser humano de un comportamiento ejemplar en la sociedad.

Da también mucha tristeza porque con la muerte de Dicken Castro se cierra, sin duda, el capítulo más brillante de la arquitectura colombiana. Capítulo que con acierto llamó el arquitecto Eduardo Samper Martínez “La época de oro” (1). Gabriel Serrano, Rogelio Salmona, Fernando Martínez Sanabria, Guillermo Bermúdez Umaña, Arturo Robledo y ahora Dicken Castro, son algunos de los nombres que marcaron la historia de nuestra arquitectura en el siglo XX. Quedan dos o tres de esta brillante generación que, por fortuna, siguen trabajando en arquitectura y que no voy a nombrar para quedarme con la idea de que siempre estarán con nosotros

Como profesional del ramo lo digo, no con poca frustración, que la mística por el oficio y la pasión por la excelencia que tuvo esa generación, no se volverá a ver en este terruño.

Dicken, de un temperamento tranquilo y sin pretensiones, lo que se puede ver fácilmente en su obra arquitectónica, de diseño gráfico y en sus acuarelas. Gran hombre, gran arquitecto, agradable acuarelista, genial diseñador y, sobre todo, gran observador, talento al que sin duda le debe gran parte de su éxito. Si me pidieran que describiera a Dicken Castro en una sola frase, esa sería la que escogería: gran observador.

¿Por qué lo digo? La verdad, no lo digo yo, también lo ha dicho él no sólo con palabras, sino también con su trabajo. Empecemos por la arquitectura. Dice Dicken: “Por ejemplo, el ladrillo viene de recuerdos infantiles, como el de la impresión que me causaba ir a misa a la catedral de Villa Nueva en Medellín” (2). Es entonces, a partir de esa visión infantil de una enorme catedral construida en ladrillo a la vista, tanto en el exterior como en el interior, que el futuro arquitecto se convierte en el encargado, junto con otros de sus contemporáneos, de mostrarnos a los colombianos el valor estético y la versatilidad que este material tiene, a la vez que hacer de él un elemento constructivo que iguala la arquitectura popular con las casas y los edificios de las más altas jerarquías administrativas y sociales; y no hablemos de las religiosas, pues siendo esta la misión de la religión —la unidad, la igualdad y la confraternidad de los seres humanos—, escoger para la catedral de Villa Nueva en Medellín el ladrillo como elemento constructivo principal fue un acierto arquitectónico, como también de su labor evangelizadora. Hacer ver a sus feligreses que la casa de Dios es la casa de todos. Por eso, no sorprende cuando en una entrevista le preguntan a Dicken Castro: ¿De qué obra arquitectónica le hubiera gustado ser autor? Responde sin vacilar: “De la catedral de Villa Nueva en Medellín” (3).

Tampoco es de extrañar que su obra preferida —después de haber diseñado miles de metros cuadrados maravillosos—, sea el refugio de 16 m² (4 m x 4 m) que para sus hijos construyó en Suba. La sencillez, la versatilidad y la localización de este “refugio de sueños” hicieron que la convirtiera en su catedral de Villa Nueva.

Capítulo aparte en su arquitectura merece también el habernos mostrado a los colombianos —producto de sus viajes por el antigua Caldas—, el valor, además de estético, sobre todo constructivo y estructural de la guadua, nuestro bambú, en la solución de vivienda que los mismos habitantes escogieron y trabajaron para resolver su falta de casa. En una región en la que la topografía se convierte en un desafío técnico a la hora de construir y los costos en una limitante infranqueable para una gran parte de los pobladores, sin ir muy lejos, con lo que tenían a la vista y a la mano, resolvieron de manera eficaz sus necesidades de vivienda.

Estas construcciones, tanto como lo fue la catedral de Villa Nueva en su momento, llamaron la atención de este joven(4) arquitecto, con formación de antropólogo, e hicieron que muchos de nuestros colegas y diseñadores “descubrieran” este valioso material constructivo, al punto que hoy tenemos premio nacional de arquitectura a estructuras construidas enteramente en guadua (5).

Después de cientos de llamativos logotipos e imágenes diseñadas por Dicken Castro, resumo su trabajo como diseñador gráfico en la moneda de mil pesos que circuló a partir de 1996, en la que reproduce una bella pieza de la orfebrería sinú.

Una vez más, Dicken Castro, con majestuosa sencillez, se inspira en lo mejor de la historia del arte en Colombia para convertirlo en un objeto cotidiano de valor y con la posibilidad de pasar por las manos de todos nuestros compatriotas, obligándonos con ello a pensar y conocer la vida y obra de nuestros antepasados americanos.

Termino este homenaje a uno de los arquitectos que más admiro, con una representativa imagen inspirada en la iconografía popular antioqueña, festiva y llena de colorido, emblemática del transporte público rural de nuestras montañas, con la que una vez más Dicken Castro nos abre los ojos para mirar hacia lo nuestro y sentirnos orgullosos de estos valores.

Me atrevo a afirmar que si un artista de la calidad de Dicken Castro no nos hubiera mostrado la importancia de esta estética, la ceramista huilense Cecilia Vargas y sus cientos de imitadores no hubieran reproducido estos bellos buses llamados de escalera, para que adornaran salones de miles de visitantes extranjeros en sus casas alrededor del mundo. También estoy convencido de que las ya famosas “chivas” rumberas no existirían, de no haber sido porque Dicken Castro nos mostró el valor de su estética e importancia en la vida cotidiana de nuestros campesinos.

Queda pues, “cerrado por entierro”, como diría Georges Brassens(6) en su bella canción, El testamento, poema, según lo dijo García Márquez en un artículo de prensa(7), adelantándosele 35 años a la Academia Sueca en su determinación de que en la letra de muchas canciones, además de música, había poesía y de la buena. O, como contara en una anécdota Álvaro Mutis en el Diario de Lecumberri, hablando de la etiqueta que con su nombre le colgaba al dedo pulgar del pie del cuerpo desnudo de un preso en esa cárcel: “Libre por defunción”, el período más productivo en calidad de la historia de la arquitectura colombiana.

Referencias bibliográficas:1 Arquitectura Moderna en Colombia. Diego Samper Ediciones 20002 Revista Mundo # 08 página 253 Revista Mundo # 08 página4 Se interesó en la guadua desde los años 40 La guadua, Dicken Castro página 75 Biblioteca Casa del Pueblo en Guanacas departamento del Cauca bienal de arquitectura 2004 del arq. Simon Hosie Samper6 “Fermé pour caus’ d’enterrement.”7 Georges Bressens El Espectador Noviembre 11 de 1981.

, Dicken Castro, el gran observador, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/dicken-castro-el-gran-observador-articulo-667548, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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