Está sentado sobre el borde de su cama, en el cuarto del segundo piso de su casa. Desde ahí divisa una torcaza cenicienta, casi vieja, que salta del durazno al prado del jardín interno, picotea unas boronas de comida, vuelve a las ramas florecidas y otea al ventanal desde donde la mira el hombre que quisiera tener la cabeza sobre aquel armario en cuya segunda gaveta, debajo de su ropa muy bien planchada, reposa, escondida, la llave de la puerta del cuarto que ha cerrado con seguro la noche anterior, como le recomendó su sobrino al despedirse.

Ya es la media mañana y desea salir a regar las matas del jardín, a cortar el pasto para echárselo de abono al durazno, pero no encuentra las llaves de su cuarto. Su cabeza, encima del armario, no le quiere decir que ellas están ahí, abajo, en el segundo cajón, bajo el pantalón caqui que lleva tres meses sin ponerse. Se acerca con lentitud a la mesita que recibe por el oriente la luz del día, en un intento de reiniciar su lectura postergada. (Hace una semana lo llevaron a los sótanos de El Castillo, una librería prehistórica del centro de la pequeña ciudad, y a su gusto le compraron una novela corta, El tonelero de Nuremberg, de E. Th. A. Hoffmann, con carátula blanco y negro, y, enmarcado, bajo fondo amarillo, el rostro del autor que suelta sus ojos por entre una ventana. El hombre siente, muy en sus adentros, la mirada lejana de quien inventó al tonelero y, sin embargo, la cabeza sobre el armario no le dice, ni siquiera le insinúa, que el libro, abierto en la página 13, desde hace nueve días, lo espera al fondo del cajón central de su mesita de noche, bajo una revista de cubiertas brillantes que le puso encima para que nadie lo tocara.

Entonces, gira la cara hacia la ventana y da vuelta hacia la cama; en sus desgastados gestos el limbo habla de otros sueños; la puerta cancelada se aleja de él, lo mismo el asiento de su pequeño escritorio, mientras camina los pasos que lo desplazan dos metros más del armario que guarda las llaves de la puerta y dos metros con diez centímetros de la mesita que le cuida su libro. No se lleva las manos a la cabeza, donde –arqueadas sobre sus cabellos, que comienzan a virar su color original– duermen sus gafas bifocales; y sus glúteos cansados, ahora, de regreso, vuelven a posarse sobre el borde mullido de la cama, desde donde dispara sus ojos sobre las ramas del durazno que se mecen con la brisa fresca de la mañana. La torcaza se ha ido. Los recuerdos del hombre duermen bajo las patas de la mesa del comedor, bajo las de su cama, bajo las de su mesita de noche y su silla de lectura.

No hay dudas, detrás suyo, está el olvido.

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Jose Raul Lopez Daza – protección ambiental