Jose Raul Lopez Daza – protección ambiental

James Joyce tenía miedo a los perros. Una tarde de verano de 1920, mientras conversaba con Sylvia Beach, una librera norteamericana que acababa de conocer en París, escuchó unos ladridos. “¿Se acerca? ¿Es fiero?”, preguntó, con el rostro desencajado. La señorita Beach se asomó a la ventana para valorar el riesgo: “Ladra con fuerza, pero, en mi opinión, no es peligroso”. Joyce se dejó caer en un sillón y, con su voz de tenor, le contó a la señorita Beach que aún conservaba una cicatriz de la mordedura de un perro que lo atacó cuando tenía cinco años. También le contó que Ezra Pound —el poeta de la generación perdida— lo convenció de mudarse a París. Para la señorita Beach, Joyce era el más grande escritor de su época. Lo escuchaba con fascinación, sintiéndose afortunada de haber acompañado a su amiga Adrienne Monnier a la fiesta que el poeta André Spire ofrecía en su casa. Ambos recordarían aquel encuentro casual por el resto de sus vidas.

Joyce se convirtió en el miembro más célebre de Shakespeare and Company, la librería de la señorita Beach que también frecuentaban escritores como Scott Fitzgerald, Robert McAlmon y Ernest Hemingway. Antes de atravesar la puerta, con su sombrero de fieltro negro echado hacia atrás y la vara de fresno que usaba a modo de bastón, Joyce se aseguraba de que el perrito blanco de la librera no estuviera a la vista. Tres cosas lo atormentaban: encontrar una casa para instalarse con su esposa y sus dos hijos —vivían temporalmente en casa de los Pound—, su situación económica —había invertido todos sus ahorros en la mudanza a París— y terminar de escribir Ulises, la novela a la que había dedicado siete años de su vida. El camino que debía recorrer Ulises antes de convertirse en la obra magna del escritor irlandés no estaba exento de baches. La revista inglesa The Egoist y la estadounidense Little Review lograron publicar algunos capítulos, pero, en ambos países, la novela fue censurada por “obscena”.

Al día siguiente de la fiesta en casa de Spire, Joyce visitó la librería de su nueva amiga norteamericana. Hablaron del mal de sus ojos: Joyce tenía un glaucoma. “Glaucoma —repitió despacio la librera—. Es la primera vez que oigo hablar de una enfermedad con un nombre tan bonito”. También estuvieron hablando sobre la prohibición de Ulises en los países de habla inglesa. “Mi libro ya no saldrá jamás”, le dijo un derrotado Joyce a la señorita Beach. Sylvia Beach no tenía dinero, y no tenía idea de cómo editar un libro. Apenas llevaba un año dirigiendo su propia librería. “¿Dejarías que Shakespeare and Company tuviera el honor de publicar tu libro?”, le preguntó a Joyce. El escritor no ocultó su entusiasmo. Para empezar, sugirió que imprimieran sólo una docena de ejemplares. “De ninguna manera —sentenció la señorita Beach—. Imprimiremos mil”. Unos días después, en las paredes de la librería se leía una nota: “Anunciamos que el Ulises de James Joyce va a publicarse en versión íntegra por Shakespeare and Company, París, durante el otoño de 1921”.

En diciembre de 1921 no se había impreso un solo ejemplar de Ulises. Siguiendo instrucciones de la señorita Beach, la imprenta le concedía a Joyce todas las pruebas de impresión que pedía. Frases en los márgenes, suplementos, correcciones, párrafos escritos con letra ilegible.

Nueve mecanógrafas intentaron transcribir el episodio del libro llamado Circe. Las nueve desertaron. Una de ellas amenazó a Joyce con lanzarse por una ventana; otra salió corriendo de su casa sin siquiera reclamar el pago por las páginas que había mecanografiado. Las exigencias y el afán perfeccionista de Joyce, que además quería que el color de la cubierta del libro tuviera el mismo tono azul de la bandera griega, los enloquecía a todos. Los suscriptores de Shakespeare and Company empezaban a inquietarse. El propietario de la imprenta, Maurice Darantiere, le sugirió a la librera que advirtiera a su cliente de que aquello no acabaría bien. Pero la señorita Beach se negó: “Ulises tenía que ser en todo tal como Joyce quisiera”. A la compleja situación se añadió un problema aún más grave: los ojos enfermos de Joyce. Como consecuencia del glaucoma y de un desafortunado ataque de iritis, el escritor tuvo que someterse a una segunda operación. Todos los días, la señorita Beach visitaba la clínica en la que Joyce se recuperaba de la intervención. Leía para él y contestaba sus cartas. En una ocasión presenció cómo le practicaban una sangría. La escena no era agradable. Joyce se quedaba muy quieto mientras un puñado de sanguijuelas chupaban la sangre de alrededor de sus ojos.

La situación económica de Joyce empeoró considerablemente durante su convalecencia. El dinero no alcanzaba y la quiebra de la librería era una amenaza constante. Joyce le dedicaba 17 horas diarias a Ulises y empezaba a tener problemas para mantener a su familia. Hasta que apareció en escena otra mujer fundamental en su vida: la feminista Harriet Weaver. La editora británica hizo un envío de dinero desde Inglaterra que salvó a Joyce y a la señorita Beach de la quiebra.

La mañana del 2 de febrero de 1922 alguien llamó a la puerta de James Joyce. Era la mujer que por admiración a él se había convertido en la editora más fiera que había conocido. Aquel día Joyce celebraba su 40 cumpleaños. Con el corazón acelerado, la señorita Beach le sonrió y puso en sus manos un libro de cubierta azul. Un azul idéntico al de la bandera griega.

* Una versión abreviada de esta nota fue publicada el pasado 10 de octubre en la sección Opinión de El Espectador.

, Cuando Sylvia encontró a James, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/cuando-sylvia-encontro-james-articulo-660705, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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