En el período comprendido entre 1916 y 1934, que coincidió precisamente con una importante etapa del desarrollo de la fonografía popular colombiana, se pueden evidenciar algunos acontecimientos importantes, especialmente para la música en Bogotá, donde estaban ubicadas las oficinas de redacción e impresión de Cromos.

La capital de la República vivía en esos años una etapa de florecimiento en las artes escénicas, manuales y musicales. Periódicamente la visitaban compañías de teatro y ópera, se realizaban constantemente reuniones amenizadas por conjuntos de cuerdas, y en los cafés y parques, luego de la salida de misa, se reunían los bogotanos a tertuliar acompañados de un tinto o de un aguardiente.

El teatro Colón se ofrecía como el santuario donde se presentaban artistas de renombre, lo mismo que en otros escenarios menos majestuosos pero también llenos de encanto. En cuanto a la música popular, los escenarios se hacían más cercanos: cafés, piqueteaderos, plazas y calles públicas, en donde se veían trovadores o músicos un poco más diestros que interpretaban constantemente bambucos, pasillos, danzas, gavotas y bolero (español), pues los aires costeños y del Pacífico estaban proscritos a sus regiones de origen y no gozaban aún del favor del público patrio, como se viviría años más tarde con las rumbas criollas, el vallenato, los porros, cumbias y otros ritmos alegres.

En ese ambiente popular, en los años citados, estaban en pleno apogeo artistas como Pedro Morales Pino, Diógenes Chaves Pinzón, Alejandro Wills, Alberto Escobar, Arturo Patiño, Jorge Rubiano, Guillermo Quevedo Z., Anastasio Bolívar, Pablo J. Valderrama, Emilio Murillo, Fulgencio García, Alberto Urdaneta, Emirto de Lima, Alberto Castilla, Gonzalo Fernández, Jerónimo Velasco, Jorge Áñez y Luis A. Calvo, entre otros, quienes sostenían con sus composiciones y actuaciones el repertorio de nuevas piezas del cancionero patrio, muchas de las cuales eran interpretadas sin cesar por estudiantinas y conjuntos de moda. Las partituras de sus canciones eran enviadas a las casas grabadoras norteamericanas y europeas. Allí vestían esas piezas con orquestas y voces de fuste, para regresar luego convertidas en discos de 78 rpm para el comercio local, donde eran consumidas rápidamente por el exigente público colombiano.

En Bogotá se establecieron algunas agencias de las empresas discográficas más importantes del mundo: Víctor, Columbia, Polydor, Odeón, Durium, Brunswick, entre otras.

Los discos Columbia eran distribuidos por A. Vieira F., en el Bazar Bolívar, antiguas Galerías; los Polydor por la casa de Cayzedo & Sáenz; los Durium por la Casa King; Brunswick tenía un famoso salón que registraba piezas de compositores criollos, partituras que se enviaban a Estados Unidos y regresaban en grabaciones al país, precisamente bajo el rótulo de “Registrado por el Salón Brunswick de Bogotá”, gracias al entusiasmo y dirección del señor Luis Correa; Odeón tenía su propia casa, cuyos agentes exclusivos eran los señores E. Páez Sayer y Cía., y Víctor fue el sello que mejor desarrolló la publicidad para sus discos y aparatos de reproducción de sonido, pues anunciaba con coloridos carteles y amplias vitrinas los últimos lanzamientos de la casa matriz en Estados Unidos, a donde iban los mejores artistas del mundo. Por ejemplo, en el suplemento informativo The Voice of the Victor, edición española, de 1930, se anunciaban los productos del almacén Víctor que dirigía don Manuel J. Gaitán: “Los amantes de la música que hoy en día concurren los lunes y los miércoles por la noche a la Plaza de Bolívar —escribió el cronista de la referida revista—, son más afortunados en sus conocimientos musicales. Esa muchedumbre ya no cree en milagros ni en cosas de otro mundo, pero saben lo que son los productos de la Víctor (…) La multitud, quieta y ordenada y compuesta de personas de todas las clases sociales, escucha con verdadera devoción cada una de las selecciones que componen el concierto. El reloj da las ocho treinta… entonces casi inmediatamente rasga la quietud de la noche un fragmento de Aída o la voz robusta de Juan Pulido cantando una canción de amor o un tango melodioso y tristón (…)”. Como esta audición, los agentes de las empresas Columbia y Brunswick realizaban reuniones en lugares emblemáticos de entonces, como el teatro Municipal, el teatro Faenza y el salón Olympia, para mostrar sus aparatos como el Viva Total y el Panatrope, pasando las primicias discográficas de cada uno de ellos.

Cromos, que veía pasar la vida nacional, no fue ajena al crecimiento de la canción criolla, y es así como en sus páginas, a la par de anotar la visita de compañías de teatro y música clásica, reseñaba, aunque brevemente, acontecimientos y artistas nacionales del canto popular.

Algunos hechos registrados en esas primeras ediciones bellamente ilustradas fueron los conciertos brindados por el dúo de Alejandro Wills y Alberto Escobar, famosos cantores pioneros en la grabación de discos fonográficos que recorrieron casi todo el continente americano con la canción colombiana acompañada de tiple y guitarra. Uno de los conciertos que gozaron de recordación gracias a la revista fue el que brindaron en homenaje a Pedro Morales Pino el 2 de mayo de 1921, y en 1929 también hicieron parte de sus páginas como invitados a la Exposición Iberoamericana de Sevilla, España.

De igual forma, en los primeros años del decenio de 1920 la revista publicó algunas partituras de composiciones criollas, como el pasillo de Emirto de Lima Dulce y serena, y la danza para piano Maizola, de Jerónimo Velasco, que dedicó a su colega Emilio Murillo como recuerdo de sus oficios de pionero en la producción de cerveza del país. Se anunciaban, además, las orquestas de moda y las primeras radiodifusoras bogotanas, con su programación diaria y las contrataciones periódicas de orquestas y conjuntos, como Efraín Orozco y sus Alegres Muchachos, la Estudiantina Morales Pino, Juan Abarca y su piano, Cuarteto de Cámara (Leopoldo Carreño, Gregorio Silva, Anastasio Bolívar y Alejandro Tobar) y la jazz band de Anastasio Bolívar en La Voz de Bogotá, La Voz de la Víctor y la HCK. Ya el tango comenzaba a ser parte del repertorio de las agrupaciones colombianas.

Destacó Cromos en enero de 1930 la labor del maestro Eduardo Vigil y Robles, director de la llamada Orquesta Internacional de la Víctor. En esa empresa, el mexicano desarrolló una encomiable labor en favor de la música latinoamericana, pues se encargó de que la música tradicional de cada uno de los países no perdiera su esencia, “manteniendo puro y auténtico en ritmo y expresión el cantar de cada pueblo”, respetando la partitura original y estableciendo instrumentaciones particulares dentro del mismo formato de orquesta, dependiendo de las necesidades de la pieza a grabar.

Cuatro años después, el 2 de junio de 1934, la revista dedicó un importante espacio al músico Jerónimo Velasco, quien para esa época había tenido el honor de ser incluido en la revista francesa Musique et Concours, con elogios sobre su obra como compositor y director de bandas militares.

Desde 1922 y hasta comienzos de los años 30 se celebró en Bogotá con gran entusiasmo la Fiesta del Estudiante, en cuyo seno se acunaron reinados, comparsas, marchas, murgas y bailes. Cromos, cómo no, desplegó por sus páginas el éxito de estos certámenes. Eduardo Castillo, en la edición correspondiente al 5 de agosto de 1933, escribió: “No se trata, en efecto, de un desborde de júbilo de los muchachos de las aulas, decididos a lanzarse a las calles en tropel ruidoso y a echar una cana al aire. La fiesta que va a celebrarse, engloba durante tres o cuatro días, en una comunión de regocijo, a las gentes de los más diversos estados y condiciones, transitoriamente igualados por la máscara y el disfraz carnavalescos. Pocos son los bogotanos que escapan al contagio de la juvenil alegría que llena de confetis y serpentinas avenidas y calles”.

En cada certamen se elegía a la reina de los estudiantes, quien, además de la belleza, era el símbolo del alegre carnaval. Algunas de esas reinas fueron doña María Vega Jaramillo (1922), doña Elvira Zea Hernández (1923), doña Helena Ospina Vásquez (1924), doña Emilia Nieto Ramos (1925), doña Emilia Álvarez Gutiérrez (1926), doña Nora Noguera Dávila (1927), doña Beatriz Ucrós Guzmán (1928), doña María Teresa Roldán Fernández (1929), doña Ana Sáenz Londoño (1930-1931), doña Margot Manotas (1932) y doña Mariana I (Mariana Kohn Olaya), en 1933. El evento tuvo incluso su propio himno, compuesto por Augusto Moncada y Alberto Urdaneta F. y grabado en Estados Unidos por Juan Pulido con Margarita Cueto para discos Víctor y con Pilar Arcos para discos Brunswick, en 1928. Sus dos primeras estrofas dicen así:

Se aproxima el carnaval

y al son de un aire marcial

hace su entrada triunfal

la mascarada real.

Ya comienza a desfilar

la bandada juvenil

que no cesa de alabar

a la reina estudiantil.

Finalmente, cabe recordar que Bogotá vivía, como lo hemos venido anotando, una bella época, hoy lejana pero llena de lugares, personajes y acontecimientos que marcaron el derrotero de la historia tradicional. La capital pasaba de ser un pueblo grande a convertirse, gracias a la industrialización y el comercio, en una ciudad de trascendencia en el sur del continente. Esos cambios también iban formando una identidad, y esa identidad era marcada por los personajes que a diario recorrían las calles, en cualquiera de sus oficios, humildes o de más ostentación, como también por las empresas y los lugares que frecuentaban los colombianos en sus visitas a la capital.

Cafés, tertulias, diarios, músicos, políticos, periodistas y acontecimientos eran el platillo de moda para hacer canciones de raigambre popular. Algunas de las que evocan cafés, negocios, publicidad y lugares son La Gata Golosa, Café Windsor, El América, Gun Club, Chantecler, El Bodegón, Club Obrero, Club Unión, Cruz roja, El Club de los Trece, El Víctor, Viva Tonal, Panatrope, Los cinco y seis y Fumando Pielroja. Algunas otras rendía honores a periódicos, cines y revistas, como Mundo al día, Cromos y Cine Colombia, y algunas otras a personajes tradicionales, como el doctor Mirabel, Tío Kiosco, Castilla, Chato Romero, El Chato Morales, General Alfredo Vásquez Cobo, Méndez de Nueva York a Bogotá, Alfonso López, Olaya Herrera, entre muchos más que colmaron nuestra fonografía.

Cromos, el pasillo que dio vida a este artículo, composición del sin igual, alto y corpulento músico Emilio Murillo, fue grabado en Nueva York el 15 de enero de 1931 para el sello Víctor, por la Estudiantina Áñez, dirigida a la sazón por Jorge Áñez. Dos de los colaboradores de la revista en esos años fueron Alberto Sánchez y Arturo Manrique, a quienes también el ingenio popular les concedió el honor del disco. El primero, a quien llamaban doctor Mirabel, fue objeto de un pasillo del mismo Murillo, grabado por el conjunto de Áñez en junio de 1930; mientras que Manrique, a quien llamaban tío Kiosco, recibió honores por parte de los compositores Arturo Alzate Giraldo y Cebeleón Romero. Cada uno de ellos le dedicó una pieza, la de Alzate en ritmo de pasillo e interpretada por la Orquesta Colombiana de la casa Columbia, que dirigió el maestro José María Lacalle, y la de Romero grabada por los Hermanos Hernández, aguadeños que se hacían acompañar de bandola, tiple y guitarra, en ritmo de bambuco.

Eran años lindos, llenos de colorido y tradición, ya olvidados casi por completo, pero que aún tienen su eco en lo que somos como nación. Feliz cumpleaños, revista Cromos, decana de las revistas colombianas.

, “Cromos” y la música popular colombiana, 1916-1934, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/cromos-y-musica-popular-colombiana-1916-1934-articulo-660703, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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