Saroyan hace aquí una moderna versión de un drama conyugal acabado en tragedia colectiva: una mujer deprimida acepta un falso adulterio por un marido elevado a juez moral, quien luego de desenmascarar “la traición” destruye su hogar por celos enfermizos. El conflicto parece doble, pero es unidimensional. Es solo el del hombre. El destino de cada personaje en esta novela es trágico porque todos mueren a causa del conflicto. Releo algunas partes y me siento frente al relato de una víctima que fue el verdugo de los demás para después victimizarse en el ridículo. El libro de Saroyan es una parcialidad completa, un relato que reproduce prejuicios morales (el machismo semítico heredado en el pueblo armenio) de una concepción de pareja y familia absolutamente patriarcal. Podemos escribir observando al otro, sintiendo que somos objetivos, pero todo es parcial; escribimos sobre el otro a riesgo de dejar de observarnos a nosotros mismos.

Este libro aborda sobre todo la visión del hombre en un drama que debería incluir dos miradas, la del hombre y la mujer. El foco de los sentimientos, de las contrariedades, es la subjetividad masculina. El personaje que sufre un cuadro de celotipia enfermiza ignora que la infelicidad (la falsa infidelidad de la que acusa a su mujer) se dio a raíz de su propia actitud ante la vida conyugal. Es un marido asentado en la satisfacción material de la existencia. La vida matrimonial se ha estancado. El deseo ha pasado a ser una presencia esporádica, casi secundaria, un pretexto para los celos, que los celos parecen enaltecer o reavivar. A veces el adulterio es simplemente un pretexto para escapar de una rutinaria vida marital hecha añicos. La mujer acepta la acusación y morirá a causa de esa aceptación en un legrado irresponsable. Su muerte es una liberación, ante el confinamiento doméstico en que vivía. La aceptación del adulterio por parte de la esposa desmigaja todo el repertorio de valores que ordena la vida del marido: el amor paternal, la noción patriarcal de descendencia, la fidelidad, la lealtad, todo el pretexto que ha servido para construir un hogar con una mujer que era un semoviente del mobiliario del hogar, una familia nuclear que se deshace ante el gesto de deslealtad de la mujer. Sin embargo, es una falsa traición que provoca el despertar de los celos enloquecedores y desencadenan la tragedia.

El desenlace (que desvela el misterio inscrito en título) es casi de un humor negro shakesperiano: ella aceptará practicarse el aborto del hijo que es producto de su infidelidad, pero morirá tras la operación a causa de una sobredosis de somníferos ingeridos antes de someterse al legrado. En la reacción a la noticia, el marido disparará sobre su hermano, quien le aconsejó y facilitó la práctica del aborto. El hermano malherido morirá durante el entierro de la cuñada. El así viudo y fratricida abandonará a sus hijos por temor a asesinarlos también, tras culparse de sacrificar a su esposa.

Ahora volvamos al primer acto: ¿por qué miente la mujer? No están tan escondidas las razones de su decisión. El lector descubre con esa aceptación de la mujer que todo lo que rodea a la pareja, todo lo que da estabilidad material y soporte al simulacro de la familia feliz,  es un regalo envenenado: la mansión, la vida en retiro, idílica, los hijos que han representado la prosperidad, el ambiente doméstico que es el regalo envenado donde se engendra todo el rencor que les lleva a hacerse daño de forma cariñosa. Lo que es signo de amor desde una óptica externa, se convierte aquí en signo de confinamiento para la mujer. La hipótesis es que esa esposa debía sentirse feliz porque su marido la había llevado a vivir a los extramuros de la civilización. La había llevado a una isla donde estaba decretado no ser otra cosa más que feliz criando a sus hijos y cuidando a su marido. Para ella no había derecho a la subjetividad. El extrañamiento de esa parte del drama invisibilizado por el cuadro de celotipia que sigue Saroyan por todo el relato de forma magistral proviene de que nunca conocemos los motivos de la mujer en la novela. Su autonomía, sus proyectos, sus ilusiones, todas sus fantasías y deseos han sido aplastados ante la consagración marital que encarna para el personaje el mundo tradicional femenino: la cocina, los pañales, la cama. La mujer renuncia a ser ella misma para consagrarse a ser madre, esposa, consorte. Un nuevo hijo, legítimo o ilegítimo, es un nuevo error en una suma de errores. El pequeño error que nunca se corrige y va creciendo y la lleva al callejón sin salida de la depresión suicida.

Ahora vamos a los motivos del filicida que son cosa de risa: ¿Por qué ríe el marido, cuando descubre que sacrificó a su esposa en vano, mató a su hermano por celos y dejará huérfanos a sus dos hijos aun pequeños tras el accidente donde morirá también? Porque el sutil mecanismo de la cadena de equivocaciones queda en evidencia también para él: hubiera podido ser feliz con una mujer madre de un hijo que no era suyo, pero prefirió dar dolor. Las sucesivas ideas que tuvo sobre el amor eran equívocos garrafales. La virilidad, la dignidad, el prestigio, la fidelidad, el matrimonio, toda la axiología derivada de un orden social del amor impuesto, o de maneras que debe seguir la pareja convencional, instancias que deben adoptar el amor para que sea realizable, aceptado socialmente, refrendado por el código matrimonial, fueron valores sobreestimados que condujeron a mortificaciones, más que a la felicidad.

La gente se casa para intentar proteger los falsos valores de la vida conyugal, la exclusividad sexual, la línea de descendencia, los bienes, que juntos aspiran a ser la suma de la felicidad, el súmmum del contrato social. Pero ignora que siempre dañamos al ser amado creyendo que le hacíamos un favor.

El libro de Saroyan trata sobre el umbral del dolor del macho herido. Cada quien debe averiguar cuál es su demonio y cuál es el umbral del dolor que tolera. El matrimonio, tal como ha ayudado a difundirlo la sacrosanta religión judeocristiana, y ahora los ritos jurídicos, no es el objetivo último del enamoramiento, mucho menos de la vida, y aún menos la fuente de la felicidad. Esta novela aborda la destrucción del ideal amoroso, la vida marital, ante la puesta a prueba de una axiología moral y tutelar: la fidelidad traicionada, el adulterio adulterado.

El sistema de la monogamia titulada fue un artilugio para garantizar la parentela, pero hoy resulta una trampa sicológica y económica. Ninguna independencia, ninguna libertad, ni financiera, ni de amistad garantiza la perduración del amor. El rol de ama de casa es la gran trampa para la mujer, y los celos derivados de la monogamia judeocristiana enloquecen al hombre. La verdadera independencia, en todo, es económica. Hay que compartir la creación antes de compartir la procreación.

Hay muchas vías para las novelas de amor. Por ejemplo la ridiculez. La cursilería es una floritura que aspira a ser poética, tergiversando un poco a Monsiváis, pero solo consigue sonrojar por su banalidad. Las novelas de amor sublimado, donde todo es objeto del deseo conquistado, donde todos los propósitos de los amantes se concretan en un idilio, donde la vida amorosa es solo una cara: la que precede al matrimonio, la etapa del enamoramiento, la que se reduce al cortejo, es una novela empobrecedora, que sublima los ritos sociales, reafirma los roles de pareja que tantas trampas ocultan y elude los compromisos que reducen cualquier amor a un contrato legal. Es la categoría de la “novela romántica”, que miente sobre la vida sentimental. Este tipo de novela, hay que aceptarlo, es la que más se vende en el mundo, porque a todos nos gustan que nos mientan, que nos engañen con una cara de la moneda bidimensional de la felicidad, porque a la larga todos queremos amar y ser amados sin pensar mucho en las consecuencias. Novelistas romanticoides: la vida amorosa es sublimación, decisiones y consecuencias.

Es cosa de reírse, William Saroyan.

, Contra la novela romántica, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/contra-novela-romantica-articulo-675151, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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