Al campesino Pedro Briceño lo conocen por comercializar papas nativas en los restaurantes gourmet de Bogotá. Le vende las 30 variedades que cultiva a 3.000 metros de altura en el páramo de Rabanal, en Boyacá, a lugares como Tábula, El Ciervo y el Oso y 60 Nativas, del cual es socio. Según cuenta, se ha convertido en “investigador campesino” y arrancó esta producción como un hobby desde 2008.

Cultiva variedades comunes de papa como única, criolla, R12 y superior, pero su negocio alterno son las nativas. Comenta que empezó a hacer el trabajo de papa nativa porque recupera una historia. “La gente prefería comer papa importada, entonces la papa nativa era de pobre y en este momento es el orgullo del país. Está bueno el negocio, porque el consumidor cada vez es más consciente y busca papas con colores internos que son antioxidantes y buenos para la salud”, dice.

En cambio, al campesino Alfonso Rodríguez, cultivador de cebolla orgánica en el páramo de Santurbán (Santander), el negocio no se le ha dado tan fácil. “No se puede vivir de la cebolla orgánica, aunque sea considerada la más sana de Santurbán. He estado endeudándome y ahora sólo me da pérdidas”, dice. Su producción es de una tonelada al mes y los únicos lugares donde se la compran son dos supermercados, de la región al mismo precio que la corriente.

A 3.300 metros de altura, Rodríguez cultiva cebolla puerro y orgánica, algunas semillas de ajo morado y está ensayando la maca peruana, que según cuenta sólo se da en la zona andina y es muy bien cotizada internacionalmente porque es un “superalimento que la misma NASA utiliza para darles a los astronautas en el espacio”, comenta.

Briceño y Rodríguez son algunos de los campesinos de páramo que se adaptaron a poner a prueba sistemas amigables con el medioambiente. Hoy no pueden subsistir a punta de papa nativa y cebolla orgánica, pues se enfrentan a múltiples dificultades como mercados cerrados que no valoran sus productos y pocos incentivos institucionales para robustecer sus negocios, como dicen. Así que tienen que echar mano, irremediablemente, de las formas tradicionales de trabajar el páramo, que son las que están condenadas a desaparecer.

Por eso, como ellos, muchos campesinos están en el limbo con la sentencia emitida por la Corte Constitucional este año que prohíbe cualquier actividad minera dentro de los páramos. A pesar de que esta fue una decisión que buscaba garantizar un medioambiente sano y ponerles un tatequieto a las multinacionales minero-energéticas que explotaban recursos dentro de este ecosistema, las actividades agropecuarias que se desarrollaban allí quedaron en una gran zona gris porque tendrían que atravesar por un proceso de transicionalidad y reconversión productiva.

Como explicó Carolina Avella, investigadora del Instituto Humboldt, “las actividades agrícolas y pecuarias terminaron viéndose afectadas cuando la sentencia buscaba frenar la minería”, aseguró. Para Avella, “desde la normatividad nos estamos imaginando un páramo sin actividades agropecuarias. Eso tiene un impacto sobre las comunidades que están allí”, remató.

Así que la delimitación implicó una prohibición de actividades productivas en los páramos que atraviesa los medios de vida de muchas comunidades. Sin embargo, esa prohibición no se da de un tajo, sino que debe pasar por un proceso de transicionalidad que incluye una reconversión de las actividades agropecuarias. “Aún hoy no queda claro cómo se va a asumir esa transición y se presentan vacíos que no dejan un panorama tan claro de las realidades dentro de los complejos de páramo”, sostuvo Avella.

Una posibilidad que les permitiría a las comunidades paramunas vivir allí son los encadenamientos de mercados y los negocios verdes. Estas alternativas están siendo promovidas por el proyecto Páramos: Biodiversidad y Recursos Hídricos en los Andes del Norte, financiado por la Unión Europea y coordinado por el Instituto Humboldt.

Como aseguró José Antonio Gómez, asesor de la corporación Biocomercio Sostenible, que actualmente trabaja en cinco grandes complejos de páramo en todo el país, como Los Nevados (Caldas, Risaralda, Quindío y Tolima), Las Hermosas (Tolima y Valle del Cauca), Santurbán (Norte de Santander y Santander), Chiles-Cumbal (Nariño) y Rabanal (Boyacá-Cundinamarca), “en los páramos se ven desde modelos de intervención intensiva hasta iniciativas comunitarias y familiares como la ganadería, la papa y la cebolla. No puede decirse de la noche a la mañana que se saquen esos modelos de producción, sino ver modelos de reconversión”.

Gómez contó que en estos territorios ya vienen existiendo estas formas de vida y que las posibilidades son varias para transitar de producciones tradicionales que se llevan haciendo históricamente a unas más sostenibles dentro del páramo. Por ejemplo, con la papa y con la cebolla se pueden emplear tecnologías que permitan disminuir los insumos químicos; con la leche, hacer sistemas silvopastoriles y optimizar los alimentos con la creación de quesos y yogures orgánicos; el turismo de aventura y salud es una buena opción junto con la gastronomía de altura; y los ingredientes naturales para la medicina y la cosmética, que tienen un potencial nacional e internacional inmenso.

No obstante, estos encadenamientos tienen varios retos, pero quizá el más importante es “fortalecer la capacidad institucional para que haya innovación tecnológica y desarrollar una estrategia de márquetin del territorio que les dé valor a estos productos muy poco conocidos”, dijo Gómez. Puso el ejemplo de los ingredientes naturales como extractos vegetales, aceites esenciales o colorantes naturales, que en los últimos cinco años crecieron en la industria colombiana 12 % y que se podrían aprovechar con las plantas silvestres del páramo.

Según Mauricio Mira, jefe de negocios verdes del Minambiente, están trabajando algunos incentivos para promover la transición a sistemas sostenibles: “trabajamos con grandes superficies para que estos campesinos puedan comercializar sus productos, tenemos sellos y certificaciones para que los productores hagan su producto diferenciado y hacemos capacitaciones para que la producción normal se transforme en una más sostenible y competitiva”.

Para Mira, producir de forma limpia y sin fertilizantes o químicos dentro del páramo implica un tema de ahorros. “La realidad es que ellos no van a cambiar de una posición de producción corriente a una sostenible si no se muestran los números y no ven que ganarán más plata y tendrán menos costos. Por eso, las capacitaciones son vitales para que se den cuenta de los beneficios económicos de hacer la transición a los negocios orgánicos”, dijo.

De ahí que la necesidad esté en, como lo dice Carolina Avella, investigadora del Humboldt, “innovar en cómo pensamos la conservación (desde la formulación de la política), innovar en cómo hacemos la conservación (desde las iniciativas locales de uso sostenible) y de cómo participamos en la conservación (a través del consumo responsable)”, concluyó.

En últimas, se trata de proteger por partes iguales al medioambiente y al campesino porque, como lo dijo sabiamente Pedro Briceño desde Boyacá, “debemos entender que el campesino es también guardabosques, o si no, estamos perdidos ”.

, ¿Cómo abrirles paso a los negocios verdes en el páramo?, http://www.elespectador.com/noticias/medio-ambiente/abrirles-paso-los-negocios-verdes-el-paramo-articulo-663627, http://www.elespectador.com/noticias/medio-ambiente/feed, ELESPECTADOR.COM – Medio Ambiente,


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Jose Raul Lopez Daza