Los intelectuales reaccionarios (esa gente que todavía extraña los pergaminos, pero no se acuerda de los juglares) se indignaron al saber que el Premio Nobel de Literatura había terminado en manos de un músico de folk. Los vanguardistas aceptaron felices el hecho, como dice la canción : los tiempos son una cambiadera. Los que saben cómo es la cosa, que no son vanguardistas ni reaccionarios, sabían que si de cantautores se trataba, ese premio era para Leonard Cohen.

Y entre los que saben está el mismo Bob Dylan. Cuando en el 2012 el Club Pen anunció que su recién creado premio a las letras de canciones iba para el improbable dúo de Leonard Cohen y Chuck Berry, Dylan, que como Cohen había trabajado sus primeros álbumes con el productor John Henry Hammond, estuvo entre los primeros en felicitarlo. Uno puede perdonarle la torpeza de la fórmula que utilizó  (llamó a Cohen “el kafka del blues” cuando está tan lejos de las dos cosas), a cambio del reconocimiento absoluto sobre los escenarios: Dylan era un fan declarado del recién fallecido músico canadiense, y a partir de 1988 ha interpretado con frecuencia  ‘Hallelujah’, una de esas melodías que, según escribió alguna vez para la revista The New Yorker  eran “una prueba de genialidad”.

“Leonard está por encima de todo”, insistió en declaraciones a la misma revista hace poco más de un mes.

Puede que buscara reivindicarse de un célebre encuentro entre los dos grandes en el que el estadounidense se jactó de  de haber escrito ‘I and I’  en media hora. “A mí ‘Hallelujah’  me tomó dos años”, contestó Cohen. Y mentía, en realidad le tomó cinco. Las letras de canciones como ‘Bird On A Wire’ y ‘Democracy’ necesitaron décadas de trabajo antes de ser grabadas y en sus últimas giras, Cohen continuaba retrabajándolas.

El Pen Award no fue el único galardón literario que recibió Cohen  En el 2001, el comité del Premio Príncipe de Asturias  le otorgó el máximo galardón en la categoría de Letras. Para el periodista cultural Iker Seisdedos, del diario El País, los miembros del jurado reconocieron así “el valor de la poesía cantada, esas novelas de seis minutos y pico, la prosa mecida por inconfundibles melodías folk”.

“Es un premio no sólo a la carrera de Cohen sino a una relación de toda la vida con la poesía española”,  me dijo en ese momento Javier Mas, el guitarrista zaragozano que lo acompañó durante su gira de regreso a los escenarios que comenzó en el 2008 y sólo se detuvo cuatro años después por culpa de los problemas de salud sobre los que Cohen siempre prefirió una pudorosa discreción. “Si llamó a su hija ‘Lorca’ fue porque siempre decía que ‘Poeta en Nueva York’ le había cambiado la vida”.

El nombre de su hija fue sólo uno de los homenajes al poeta español fusilado por los franquistas. Cohen también compuso una canción, ‘Take This Waltz ‘ a partir del ‘Pequeño Vals Vienés’ y en su versión los versos originales ganan en belleza gracias a la doble transposición, al idioma inglés y al lenguaje musical. Cohen declararía de la misma manera su admiración por Constantino Cavafis cuando a partir de ‘El Dios abandona a Antonio’, escribió el poema,  que luego se volvió canción ‘Alexandra  Leaving’ (‘Alexandra que se va’). En el texto, Alexandría, la ciudad que el cónsul romano  está a punto de perder se convierte en Alexandra, la mujer que se prepara a abandonar al narrador.

Pero la riqueza de sus versos (la lista terminaría por incluir todas sus canciones excepto ‘Tacoma Trailer’) hace olvidar con frecuencia que, antes de grabar su tardío primer álbum, Cohen ya era el  autor de dos de las más importantes novelas canadienses del siglo XX.

Un escritor en Montreal

Cohen publicó sus primeros poemas en 1954 y apenas dos años después la editorial McGill inauguraba su colección de poesía con Let’s compare Mythologies (‘Comparemos mitologías’). Un segundo volumen, The Spice Box of Earth  apareció en el 63. Al final de ese mismo año,  The Favourite Game   (‘El juego preferido’), la novela que Cohen escribió gracias a una beca de dos mil dólares del Consejo Municipal de Montreal y tuvo que publicar en Nueva York ante el rechazo de los editores canadienses, se convertía al mismo tiempo en un fracaso comercial y en un libro de culto entre los intelectuales underground angloparlantes de la capital de Quebec. 

Las exploraciones estilísticas y temáticas de esa primera novela irían aún más lejos con Beautiful Losers (‘Los Hermosos Vencidos’), en la que Cohen disecaba con maestría de poeta el triángulo amoroso entre Edith, una mujer indígena depresiva, su esposo, un profesor universitario obsesionado hasta el fetichismo con Santa Catalina Tekakwitha, y F., un misterioso amigo-amante de la pareja. Las escenas sexualmente explicitas entre los tres protagonistas, la estructura fragmentada y los narradores no fiables, reflejaban  en cierta manera lo que fue la vida de Cohen durante los meses en los que en la isla griega de Hidra se llenó la cabeza de anfetaminas como método creativo.

El libro fue un nuevo fracaso comercial, vendiendo apenas algunos centenares de copias, antes de que al año siguiente una reseña del influyente crítico William Pacey, en la que la nombraba “la más interesante de las novelas canadienses”, llamara la atención de los lectores norteamericanos. En el otoño del 67, y a pesar de ser un libro intrincado y exigente, Los Hermosos Vencidos se había convertido  en una de las Biblias de los hippies en los dos lados del Atlántico y el  diario Boston Globe veía en Cohen un potencial nuevo James Joyce. Ya para entonces el canadiense se había decidido a grabar una versión cantada de su poema ‘Suzanne Takes You Down’,  que Judy Collins había interpretado con éxito el año anterior. Cohen publicaría seis libros de poemas más, pero ninguna otra novela en el resto de su vida.

Cada vez que Leonard Cohen cantaba ese verso de Tower On Song en el que decía “No fue mi culpa nacer con el don de la voz dorada” el público se reía. Era un guiño de complicidad, de quien entiende que  como todo lo que escribió en la vida, había puesto su línea en el borde preciso entre lo sublime y la ironía, evitando así la engorrosa solemnidad. A la risa de la audiencia, Cohen respondía con una sonrisa, que nunca dejó de ser natural aunque cada vez le costará más trabajo.   Parafraseando sus declaraciones, podría decirse que Cohen tomó una guitarra como proyecto de reconversión profesional cuando comprendió que como poeta y novelista iba a morirse de hambre.

Si nunca lo hubiera hecho aún habría podido escribir que nació con el don de la pluma dorada. No sería menos cierto y también en ese caso el mundo, incluso Bob Dylan, estarían llorando su desaparición.

, Cohen también tocaba guitarra, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/cohen-tambien-tocaba-guitarra-articulo-666205, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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