La historia del cine en la vida de Sergio Cabrera está ligada a la de su padre, un español dedicado a la dirección teatral que, como otros, dejó su país con el sinsabor de la derrota tras la Guerra Civil. Cabrera nació en Medellín, cuatro años antes de que Rojas Pinilla le encomendara a su papá, Fausto Cabrera, la creación del teleteatro, en 1954. “Pensaba, como todos los niños que quieren ser como el papá, que también iba a ser director de teatro y televisión”, dice Cabrera quien, junto con su hermana, lo acompañó durante años en sus jornadas de trabajo.

Las afinidades políticas de Fausto Cabrera que, de alguna manera, inspiraron las del personaje que interpreta en La estrategia del caracol, lo llevaron a trasladarse con su familia a Pekín. Dos años después de llegar a China, Sergio, que para entonces tenía 13 años, dominaba la lengua. Su padre, entre tanto, añadía a su larga lista de oficios en el país asiático el de doblar películas al español. “Llegó un momento en el que necesitaron mi voz para doblar una en la que el protagonista era un niño de mi edad. El proceso tomó dos o tres semanas y cuando no tenía escenas salía por los estudios de cine de Pekín. A los técnicos les hacía mucha gracia un niño occidental que hablaba chino y me llevaban a todas partes. Desde los 13 años, me enamoré del cine y decidí que quería ser director”.

Cabrera vivió en China cinco años más. A los 18, regresó a Colombia para unirse a las filas del Epl y, cuatro años más tarde, se retiró de la guerrilla y regresó a Asia, donde estudió filosofía. En su último largometraje, Cabrera adapta al cine Todos se van, la novela de Wendy Guerra. En ella muestra la vida dentro de la revolución cubana por medio del diario íntimo de una niña. Para Cabrera, la película fue una oportunidad para echar una mirada sobre su niñez y su militancia política. “Hice Todos se van porque vi en esa novela mi historia en cuerpo ajeno. Mi infancia tuvo lugar en un país en el que la disciplina y la ideología eran muy importantes. Sigo teniendo un pensamiento socialista; me parece que la receta es muy buena, pero nadie la ha sabido cocinar bien. La película habla sobre de los defectos del socialismo que he conocido y de cómo una gran idea se desvirtúa por la ambición, que no distingue entre izquierda y derecha”.

Sus intereses políticos lo llevaron a la Cámara de Representantes, a finales de los 90, cuando traía a sus espaldas el reconocimiento que le ganaron películas como La estrategia del caracol y Golpe de estadio. Esta última tiene como escenario un pequeño caserío donde la guerrilla y el ejército se dan una tregua de 24 horas para ver el partido en que Colombia derrotó a Argentina cinco goles por cero. “Esa película iba a ser la última. Por eso, de alguna forma, era mi testamento cinematográfico. También era una especie de manifiesto de lo que yo quería hacer en el Congreso”. En efecto, Cabrera quiso trasladar a la vida real ese laboratorio de paz que creó en la ficción cuando participó en las conversaciones de paz entre el Gobierno y el Eln, en Ginebra. La incursión de Cabrera en política terminó, como ese intento de diálogo, infructuosamente. Cuenta con una serenidad imperturbable el episodio en el que, tras el asesinato de su amigo Jaime Garzón, a quien alcanzó a ofrecerle el papel protagónico de Golpe de estadio, el Ministro del Interior le comunicó que no era posible seguir garantizando su seguridad. Se exilió durante 11 años en España y, de nuevo, su trabajo se acompaña con un eco preciso de los episodios de su vida. Su más reciente trabajo es un corto que donó a la Cruz Roja para apoyar a Casa Volver, un proyecto que busca que las personas desplazadas por el conflicto recuperen sus vidas después de ser obligadas a abandonar sus tierras. “Es un drama con lo que me siento identificado. Cuando me fui, no pensaba volver porque uno se acostumbra a vivir, o a malvivir, en el sitio al que llega. Apoyar a Casa Volver me pareció muy oportuno porque ellos buscan que la gente recupere el sueño de regresar y esos retornos recuperan el tejido social que, en este país, está en harapos”. El corto está basado en hechos que pasaron en Nueva Venecia, Magdalena, donde los habitantes del pueblo recibieron el ultimátum de los paramilitares para abandonar sus casas. “ ‘Calixto’ es la historia de una pareja. Ella está a punto de dar a luz y se quedan para no tener su hijo en una carretera. Es un relato conmovedor en el que la tensión no deja de crecer”. Para Cabrera, usar el cine como vehículo de mensajes que despierten la conciencia de la audiencia es fundamental: “Los artistas no están encargados de cambiar la sociedad, sino que, como los topógrafos, hacen un mapa que dice dónde están los huecos y las montañas. Nosotros no podemos dar soluciones, pero sí podemos plantear las discusiones que nos lleven a ellas”.

Cabrera, que declara seguir la máxima gramciana, según la cual hay que ser pesimista en el pensamiento y optimistas en la acción, ve el país con esperanza porque considera que los grandes conflictos generan grandes historias. Se ríe con algo de amargura cuando recuerda a Orson Wells cuando dice que los Borgia, a punta de asesinatos, crearon el Renacimiento, mientras los suizos, tras siglos de amor filial, sólo inventaron el reloj de cuco. “Las películas colombianas de los últimos años son muy dramáticas porque la realidad es así. Eso habla bien de la honestidad de los realizadores colombianos. El cine tiene su propia ecología en la que debe existir desde el porno hasta el cine político. En medio de todo eso, debe haber la posibilidad de hacer lo que de verdad queremos expresar”.

, Cine comprometido con la vida, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/cine-comprometido-vida-articulo-664368, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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