I

Decimos África y pensamos en el desierto, en leones, en cuerpos bailando al son de tambores, en pieles negras, en el Nilo y las pirámides, en ébola. Es decir, pensamos en una totalidad que nos llega por fragmentos. Pensamos en un continente salvaje, sin particularidades étnicas, con un territorio inexplorado donde están las selvas plagadas de fieras y pestes sin cura y las llanuras sedientas del cuerno del hambre. Por lo menos a mí me pasa. Los suministros de estas fantasías, en mi caso, provienen de dos fuentes narrativas: el cine y la literatura. La imagen de África, es resultado de los relatos de África. Dicen África y pienso en “Cobra Verde” de Herzog (que es una adaptación de “El virrey de ouida”, del escritor Bruce Chatwin), donde vemos a Klaus Kinski con su mirada terrorífica comerciando con carne humana para meter a un pueblo en un barco negrero y venderlos luego como esclavos aquí, en la plaza de Villa de Leiva. Pienso en los libros que he leído, en el África descafeinada de los safaris de Hemingway, en los leones y antílopes del señor Macomber, y la esposa nativa que adquirió el escritor en su novela póstuma “Al romper el Alba”, o en la formidable etnografía de Karen Blixen mientras se va arruinando en su finca cafetera en las laderas del Kilimanjaro. Estas, claro, son las fuentes de mi idea de África, las fuentes de mi exotismo. Todos los que no hemos vivido ahí tenemos una versión de África construida a partir de relatos. Una herencia que dejó la colonización europea extendida por el mundo. Es la aventura colonial lo que prevalece en los relatos hechos por gente que no había nacido en África y que caracterizamos sobre todo por la imposición del paisaje como escenario: ese que empieza por el África mediterránea, la franja del desierto tropical y las selvas y llanuras subtropicales. Pero es en las novelas de los que sí son nacidos en África, de los que son hijos de las culturas enfrentadas por siglos, donde se consigue despejar en el siglo XX las coordenadas del exotismo que provenían de las narraciones del viajero de paso. Camus, Achebe, Coetzee y Gordimer son escritores que pertenecen a otro tipo de representación. En sus obras está la revelación de lo invisible. Las prácticas y luchas sociales que conquistaron una nueva dimensión del continente, al menos para la literatura.

II

“Capricho de la naturaleza” (1987) es un libro que discurre por toda África a través del vaso comunicante de las rebeliones del siglo XX. Los escenarios elegidos de forma deliberada por Gordimer son los focos donde se concentraron los frentes de liberación de los países africanos. Sudáfrica, Libia, Ghana, Namibia, Angola, Bots-wana, Tanzania. Es decir: estamos ante una obra situada sobre el paisaje total de la descolonización africana de Europa.

El libro construye la biografía de Hillela, contrapuesta e inscrita dentro de la Historia general continental. Es, por su puesto, una ficción, pero situada en un tiempo histórico localizable. A los 16 años, Hillela es obligada a renunciar a su educación en un colegio judío por haber sido vista pasear con un amigo negro por la calle de Salisbury. Para evitar el escándalo, o para evitar que Hillela repita la historia de su madre (quien renunció al sectarismo ortodoxo judío, otra forma de segregación, para adoptar una aventura de bailarina de cabarets con su amante portugués), o tal vez porque duda de su paternidad, el padre de Hillela la envía a vivir en Johannesburgo.

La tía Olga, ama de casa, rica, para usar el calificativo del rencor familiar, quien habita usualmente en el paraíso de la segregación de Ciudad del Cabo, declina de lejos el cuidado y delega la responsabilidad de esta crianza en su hermana Pauline.

La maestra Pauline y su esposo Joe, abogado de oficio, se encargan de completar la educación de Hillela. Los dos imparten a su sobrina el mismo laboratorio de mundo liberal con que educan a sus dos hijos: un mundo doméstico donde no existen distinciones de piel, donde el horror en que vive la demás gente les afecta, donde las leyes arbitrarias al uso se comentan y se participa de forma activa en ayudar al caído en desgracia dentro del régimen. Ellos dejan claro, desde el comienzo, que son habitantes de una casa donde no se comparte el orden del mundo colonial (que por entonces conquistan los boeres, o afrikaners, una cultura blanca de origen holandés, emancipada del imperio inglés para la época), quienes imponen en Sudáfrica el régimen de segregación conocido como Apartheid contra una mayoría negra esclavizada.

La tía Pauline prepara a los tres jóvenes que tiene a su cuidado para oponerse al racismo. Ella ayuda a los que deben irse al exilio. Ella trata de enfrentar a sus hijos y sobrina con el mundo en que viven, un mundo donde los colegios están segregados, donde los matrimonios interraciales están prohibidos, donde las calles están segregadas; ella les muestra que hay una ciudad que se ofrece a los negros para trabajar pero que se les niega para habitar; ella les enseña que no se puede vivir en Sudáfrica sin acatar sus reglar arbitrarias, que hay playas para blancos, como esa donde vive su hermana la rica, y campos infestados en las afueras donde vive la mayoría de la población negra, y que a tal iniquidad hay que oponerse.

Cita:
“Un día Carole volvió a su casa llorando porque en la cantina del colegio, donde la comida de las niñas era servida por camareros negros, una de las alumnas le había dicho a un negro: “no me apoyes el brazo maloliente sobre la cara”.
Pauline le hizo repetir la observación a Carole.
No me apoyes el brazo maloliente sobre la cara.
Pauline miró con fijeza a su marido para enfatizar cada sílaba de las palabras de su hija.
-Para eso pagamos una fortuna. Lo tenemos merecido. Saquémosla de ese lugar ya y anotémosla en una escuela estatal. Saquémoslas de inmediato.
-¿Adónde? No hay adonde ir para refugiarse de lo que sucede aquí-.
[Capricho de la naturaleza, cap. No apoyes el brazo maloliente sobre la cara, Pg. 28]

El reflejo de esa población del país que se indigna contra el régimen nacionalista, se va filtrando en las discusiones de la vida doméstica. Oponerse o subordinarse, es la disyuntiva. Las vidas domésticas de todos en ese clan están atravesadas por tensiones locales, rasgos tribales, costumbres y choques entre culturas. Pero la vida pública no ocurre en el universo pluricultural con que sueña la tía Pauline, sino en el repertorio de reglas absurdas y prejuicios y leyes de una hegemonía dominante. Por ello la tía Pauline y el marido Joe discuten y proponen oponerse al orden del mundo, desde el ejemplo doméstico. Su sobrina Hillela parece indiferente a esta instrucción. Para ella el racismo es apenas una jerarquía reflejada en el lenguaje. En ese país donde viven, conviven dos lenguas coloniales, aquella derivada del holandés, africaans, que hablan los descendientes de colonos neerlandeses, las lenguas de pueblos nativos bantúes y zulúes y el inglés de los blancos africanos que hablan los descendientes de inversionistas imperiales británicos, como ellos. Hillela habla inglés. Sus tíos hablan inglés. Sus primos hablan inglés. Acuden a un colegio inglés. Sin embargo, se subordinan todos a la supremacía de un idioma minoritario erigido como idioma nacional, y deben regir y delimitar la vida bajo una ley que controla la minoría golpista y que corroe el idioma, las costumbres, el trabajo, la justicia.

Cita:
“-¡Exactamente! No hay posibilidades de sacar un pasaje y escapar de lo que es este país. ¿Para qué pagar entonces? El racismo es libre. Enviémoslas a una escuela del gobierno, que lo enfrenten tal cual está escrito en tu imperio de la ley, canonizado por la iglesia. Un cafre es un cafre, Dios salve a Sudáfrica Blanca. Cualquier cosa, cualquier cosa menos la mugre de los prejuicios…
Era la primera vez que la niña veía el esplendor pleno de esta tía.”

La tía no se da cuenta de que la primera rebelión será para Hillela muy distinta al despertar político, o a la corrección lingüística, o la resistencia civil. La primera rebelión de Hillela es de orden sexual. El despertar sexual arroja sobre Hillela la primera exclusión. Su primo se enamora de ella. La madre descubre la relación en flagrancia y decide clasificar el despertar instintivo como violación del tabú y expulsar a Hillela del clan familiar. No era una falta; era amor. No era su hija; era su sobrina. No era su hijo; ante todo era un hombre. Para la tía Pauline es un gesto de deslealtad que convertirá a Hillela en una proscrita y en una impostora por el resto de su vida. Para Hillela, esa expulsión es la oportunidad de emprender la independencia de su vida.

III

Estamos ya en 1961, nos informa el narrador-biógrafo. Sudáfrica se distancia de la Federación Africana que busca la descolonización total de los europeos. La élite bóer, segregadora, estaba en el poder desde el 38, cuando vencieron al rey zulú Dingane, que había liberado al país permutando una gran parte del territorio por ganado, a los ingleses. Los Bóers defienden su poder con represión. Recrudecen las leyes de segregación. En las ciudades solo pueden vivir los blancos. Están prohibidas las reuniones públicas. Mandela, va a la prisión perpetua. Desde la cárcel, Mandela llama a la cooperación internacional y al bloqueo económico como presión. Hillela tiene 17 y, desde que abandonó la casa de su tía, ha trabajado como bailarina de cabaret, como mesera de restaurante, como peluquera y vendedora de enciclopedias. Cuando estallan las bombas en la Comisión de recolonización [pg. 121], es decir cuando la resistencia civil se radicaliza, nos informa el narrador-biógrafo, Hillela se ha convertido en la asistente de un siquiatra casado con quien entablará una relación sentimental. Hillela no aceptó irse de casa para pasar a la lucha civil. Aprovechó el giro para quitarse de encima los grillos de la educación, y sobre todo, para divertirse y seguir los impulsos de su cuerpo. Esta relación inadvertida no prospera, pero será una prueba de la madurez sentimental: para ella el sexo es otra faceta más de la vida, y no impone ni la procreación o el contrato social. La influencia en que te crías sin saberlo atrae a la vida de Hillela a un periodista opositor, Andrew Rey, mientras trabaja ella en una agencia publicitaria. Es el primero con quien comparte los secretos y comparte la vida. En los diálogos que sostienen, y la amenaza constante de censura y persecución que se ciernen contra él, Hillela empieza a reconocer las formas de control, la distribución arbitraria del territorio, las resistencias civiles tanto pasivas como las radicales que son una respuesta a esa política de exclusión que se vive en Sudáfrica.

Cita:
“Los editoriales están llenos de hermosas frases acerca de la lucha por la libertad de prensa, pero cuando les llevo mi artículo libre sobre el congreso del sindicato de mineros, el valiente editor pone el lápiz rojo sobre el hecho de que los negros son el sesenta y cinco por ciento de la fuerza laboral. Como no estaban presentes, no pueden ser miembros. Y ¿por qué me destroza mi escrito el hijo de puta? Porque los consorcios con su media docena de compañías propietarias de las minas son dueños de todo aquí, incluso del diario, y no quieren que les metamos ideas en la cabeza a los negros. Está muy bien eso de “deplorar” las bombas, “horrorizarse por el asesinato de blancos en sus casas rodantes”[] pero no hay que horrorizarse ni deplorar el hecho de que lo único que pueden decidir los negros es si quieren trabajar para los blancos acatando sus condiciones, o morirse de hambre”.
[Un recreo para una carta de amor, pg. 130]

Tras el allanamiento de la habitación que comparten, el periodista Andrew Rey (a quien la prensa del régimen censura los reportajes, las denuncias y las investigaciones), propone a Hillela marcharse junto a él del país.

La masa continental inmensa de África tiene entonces territorios de excepción donde se dan cita todos los líderes que se oponen a regímenes coloniales ingleses, franceses, portugueses. Islas de selva difíciles de dominar o cabezas de playa donde se crean las alianzas, donde se cruzan las tendencias políticas para lanzar un frente Panafricano. Hillela acepta marcharse con Andrew Rey a la playa del tamarisco, y de ahí deriva su segundo destierro. Esa elección habrá de dividir su vida, su identidad, y este libro.

Su biografía se conectará a la realidad desde dos principios desde ahora: el cuerpo y la política; o mejor: las sensaciones y exigencias del cuerpo y la trashumancia por países en guerra. Tras el abandono inexplicable de Rey, que no tarda en llegar; con los comentarios que ventean en esa playa donde se dan cita los revolucionarios, Hillela descubrirá que la novela impublicable del periodista, que sus notas de protesta censuradas, que sus reuniones clandestinas, eran la coartada de un espía al servicio del régimen nacionalista Sudafricano.

Al mismo tiempo que vemos el transcurrir de la vida y amores de Hillela, constatamos que los rumbos de sus decisiones la aproximan cada vez más a las luchas que el resto de pueblos africanos enfrentan para dar las guerras de descolonización de las antiguas potencias. Parece intuir Gordimer que las diásporas, las vidas de los exilados, se determinan por los poderes hegemónicos. Sin embargo, esas vidas aun no son la historia. Están al margen de la historia. Como la vida de Hillela. Su inconformidad es apenas el caldo de cultivo de los movimientos sociales.

Gordimer solía repetir en entrevistas que no hacía una literatura política. Quería enfatizar que los movimientos sociales, la defensa por los derechos civiles que ella había adoptado desde muy joven, al presenciar una matanza, no era el tema de sus libros, sino el contexto que afectaba la vida de sus personajes y el escenario en que se debatían. Esta novela, tal vez la más relacionada con acontecimientos políticos documentados del siglo que le tocó vivir, es un ejemplo de esa diferencia sutil que ella señalaba entre el afán de un realismo de denuncia, es decir un realismo en busca de una verdad, que sirva de prueba a una ideología, frente al realismo como contexto histórico, espejo de una realidad personal, ética, subjetiva. Es, a través de esas experiencias subjetivas, la biografía de Hillela, las vidas y percances de sus primos, de su familia, de sus amantes, como se revela un orden social entre clases, una segregación física en espacios geográficos, la supremacía de unas minorías blancas dominantes y los contrastes entre países reservados solo a ciertos habitantes. Es con la suma de sus amores y derrotas y fugas que ella llega a encontrarse frente a frente con la historia del panafricanismo. La biografía de Hillela es una historia personal que se junta con la historia política colectiva. En ese sentido se constituye como una biografía política.

Cita, Entrevista en Paris Review, 1980:
“La verdadera influencia que la política ejerce sobre mi escritura, es la influencia que la política ejerce sobre la gente. Sus vidas, y yo creo que también sus personalidades, cambian debido a las circunstancias políticas extremas que se viven en Sudáfrica. Escribo sobre personas, y son personas que están modeladas y cambiadas por la política.”

IV

Quien la llevó a esa playa de revolucionarios era un impostor. Tras el desengaño, Hillela queda en la indigencia. Vaga por la playa del tamarisco (Tamarisk Beach). Reconocida como exiliada, consigue hospedarse en casa de un negro revolucionario panafricano. Quien la hospeda, busca apropiarse de su cuerpo, le advierten. Su cuerpo parece así una metáfora de la época, un botín para la exfoliación. Pero los rumores eran erróneos. Udi Stuck será su primer benefactor. Udi le dará un techo y una biblioteca, la llevará de viaje al cementerio sagrado. Le contará la historia del rey de Zazíbar, dueño alguna vez de toda la costa oriental del continente, desde el Golfo Pérsico hasta Mozambique. Ella dice que debió haber sido maravillosa esa costa llena de palacios. Él dice que sí, lo fue, un encanto, para algunos, pero no para los negros, porque el rey de Zazíbar se dedicaba al tráfico de esclavos. Udi le recuerda que después de los árabes vinieron los alemanes, después los británicos, y así hasta entonces, cuando los árabes siguen siendo los ricos y los pobres siguen siendo los negros. Ella dice que conservaría esa zona del cementerio de Bagamoyo si fuera alguien influyente en el gobierno de turno. Udi le recuerda que los únicos monumentos que se conservan en África son los que conmemoran a los que conquistaron a los africanos. Esa noche van a un hotel. Solo hay una habitación para dos. Ella pondrá a prueba las advertencias que le hicieron: se desviste y lo observa “como una odalisca”, es el símil del narrador-biógrafo, con su cuerpo sin ángulos. Udi no desprecia su cuerpo de líneas curvas. La admira, pero prefiere contarle una historia en el lecho, como en las mil y una noches. Le cuenta que su esposa murió en un accidente. Su cuerpo lo culpa por ello, y le impide estar con otras mujeres. Ella responde a la infidencia con otra infidencia. Se acostaba con su primo. Esa noche los dos cambian el deseo por la narración del deseo.

Udi consigue para ella un trabajo como institutriz en la embajada de Francia. En esa residencia donde el don de la diplomacia se practicaba en los chistes, Hillela aprendió a hablar en público, a reservar sus ideas, a moderar las palabras. Los cuerpos de los diplomáticos se fijan en su cuerpo de carne. Le ofrecen cargos en el extranjero, o la continuación de sus estudios interrumpidos. Para sus amigos de la playa revolucionaria, ella ha abandonado a los refugiados políticos para seguir la pulsión de su sangre blanca. La acusan de ser la amante del embajador, pero la acusación real es el haber abandonado su pasado.

Cita. Dice Hillela, en una carta de esa época:
“¿Quién es inocente, después de tres siglos, entre más de doce generaciones de personas que han pagado por el trabajo con una bolsa de alimento por mes, que han castigado, aprisionado, desterrado, matado de hambre, asesinado? ][
No tener una causa es carecer de país. Estar, nada más. Eso lo he aprendido. No tener una causa es carecer de una razón para existir. Los demás son quienes decretan.”
[La valija diplomática, 189]

El racismo que conoce Hillela hasta que sale de Sudáfrica al exilio, es el bóer: una cultura dentro del imperio inglés, que enarbola la represión brutal como política de estado para conservar su hegemonía en una sociedad donde son minoría. Lo que buscaba el mundo bóer no era rechazar al imperio inglés, sino reemplazarlo. Situar como predominante una cultura propia, la de los pioneros, en un mundo negro mayoritario.

La segregación, la xenofobia, el racismo, la discriminación: todos son vocablos que pertenecen al mismo campo semántico pero no son lo mismo en la práctica. El racismo. ¿Qué es?, ¿cómo se impone, cómo se interioriza, cómo se rastrea?, ¿cómo se descubre que una sociedad es racista? El racismo puede leerse en este libro en el uso de la lengua, en el sistema de clases, en las leyes, en la distribución del paisaje, en la historia de los amores legítimos y los prohibidos; desde los personajes, desde la época, desde diversos niveles que incluyen las categorías clase, género, raza. Gordimer no se propone una descripción literal de la realidad sino el reflejo de la realidad sobre una vida. Intercala acontecimientos políticos que bien sirven como datos de prensa para situar en seguida lo que estaba haciendo el personaje al mismo tiempo que este hecho ocurría como un recurso repetitivo. Así logra situar una vida dentro de la efeméride del contexto social.

Una vez fuera del país, es la suma de recuerdos de la infancia y juventud vivida en ese régimen lo que le sirve a Hillela de reflejo para situarse ante los procesos que se dan en esas islas de distención y entender las luchas de los demás pueblos reflejadas en las ideas de sus amigos. La herencia del colonialismo en África, de la ideología radical, no es solo el Apartheid. El Apartheid es la expresión máxima, institucionalizada, de la segregación. Pero no es el único tumor del colonialismo que los africanos desaprueban. La colonización extractiva de Portugal en Angola, o de los Belgas en el Congo, o la de los franceses en Argelia, o la de los Holandeses y daneses en Ghana, la colonización islámica que sucedió a los italianos en Libia, la de los ingleses en lo que fueron colonias alemanas arrebatadas tras la derrota y el tratado de Versalles; la suma de esos colonialismos divisores de África son los que verán surgir una reacción en cadena que provocará la descolonización.

, “Capricho de la naturaleza”, de Nadine Gordimer, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/capricho-de-naturaleza-de-nadine-gordimer-articulo-675925, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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