Hoy algunos se sorprenden de que el mayor galardón literario del 2016 se le otorgara a un músico popular y no a un escritor de sangre y letra. No hay que sorprenderse, porque el influjo musical y lirico provenientes del folk, el blues y el jazz americano del siglo XX han permeado las fronteras de la literatura como puede verse en autores que van desde Scott Fitzgerald a Julio Cortázar pasando por la generación beat.

Más allá de las polémicas fútiles sobre lo específico de las formas del arte en tiempos en que se ha hecho bailar la arquitectura. Lejos de la búsqueda por la esencia de la belleza, de si está más cerca la pintura, la poesía o la música. Los límites entre la forma y el fondo se diluyen cuando la creación artística, científica o filosófica surge más allá del museo, el laboratorio o la academia y encara el vacío. 

Es un mérito de Bob Dylan, el haber acercado la escritura a las articulaciones de la voz humana, desde esta tradición musical, dándole sentido a la poesía y a la prosa dentro de la conciencia del ritmo que se desvía del caos y del ruido produciendo música y lenguaje. Letra y música que abren un espacio estético que tomó forma en el folk contestatario que había trazado el cantautor Woody Guthrie, para luego encontrar en el rock and roll heredero del blues de Robert Johnson, el fondo donde las imágenes oníricas y los paisajes urbanos encontraron coincidencia.

Luego apareció el personaje delgado vestido de negro detrás de los grandes lentes oscuros, bajándose de su pedestal folk, rechazando convertirse en profeta como Malcolm X o Martin Luther King, para entregarse al influjo eléctrico trazado por Jimi Hendrix y los Rolling Stones. La orfandad de su grey, que no paraba de gritarle traidor por hacer parte del collage decadente de la carátula del  Sgt Pepper’s de los Beatles. El desconcierto de los fotógrafos cuando eran golpeados por la luz del flash de la cámara de su objetivo. Uno de los tantos personajes que inventó Dylan a lo largo de su carrera y que puede ser más interesante que cualquier protagonista de novela moderna: el corto periodo entre los años 65 y 66 que dieron consistencia a su obra con los discos Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited y  Blonde on Blonde.

Subterrean Homesick Blues abre el primer disco de este periodo proyectando imágenes que ilustran la libertad de vivir en las calles mientras se advierte del control estatal por medio de metáforas: You don’t need a weatherman / To know which way the wind blows… Don’t follow leaders Watch the parkin’ meters. La música suena a destiempo deliberadamente durante este año de contrapunto entre lo onírico y lo panfletario. Dylan comienza a rasgar su guitarra, a tocar la armónica yendo siempre un paso delante de la percusión. La base rítmica parece perseguir a las imágenes inasibles fuera de la canción dándoles tonos surrealistas:  Darkness at the break of noon / Shadows even the silver spoon/ The handmade blade, the child’s balloon / Eclipses both the sun and moon /To understand you know too son…

La música no potencia el texto aquí, como algunos afirman, sino que hace lo que el marco con una pintura, acentuando sus contornos como en el caso de  Desolation Row: Praise be to Nero’s Neptune, the Titanic sails at dawn / Everybody’s shouting, “Which side are you on?!” / And Ezra Pound and T.S. Eliot fighting in the captain’s tower / While calypso singers laugh at them and fishermen hold flowers / Between the windows of the sea where lovely mermaids flow / And nobody has to think too much about Desolation Row.

Es una cumbre musical Visions of Johana en sus diferentes versiones en vivo y en estudio, donde prevalece el fantasma de la electricidad que aúlla en los huesos faciales de Johana y la emisora country suena suave, la Monalisa siente nostalgia de la carretera y joyas y anteojos cuelgan de la cabeza de la mula.

La discografía de Dylan soporta el comentario, la traducción y el repaso, incluso su periodo cristiano, que musicalmente estuvo acorde con el espíritu festivo de los años ochenta, también la introspección noventera que lo llevó a búsquedas infructuosas; y sus poses de crooner del nuevo milenio lo ratifican como icono al lado de Frank Sinatra y Tony Bennet.

A pesar del reconocimiento literario y musical, todavía sentimos extrañeza frente a la obra de Dylan. Se trata de un enigma, como el de la cantora del pueblo de los ratones de Kafka,  en  el que la experiencia estética se impone sobre las formas del arte, al recordarnos la dificultad con la que aprendemos aquello que creemos conocer a la perfección:

Quien no la ha oído, no conoce el poder del canto. No hay nadie a quien su canto no arrebate, prueba de su valor, ya que en general nuestra raza no aprecia la música. La quietud es nuestra música preferida; nuestra vida es dura, y aunque intentáramos olvidar las preocupaciones cotidianas, no podríamos nunca elevarnos a cosas tan alejadas de nuestra vida habitual como la música.     

, Bob Dylan y el poder del canto, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/bob-dylan-y-el-poder-del-canto-articulo-660427, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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