Una tarde bogotana que aún estremece mi memoria nos recibieron Sonia Guerrero, viuda del maestro Armando Villegas, y Daniel, hijo menor del artista, en la sala de su casa para conversar sobre la vida y la obra del artista, sobre el legado y la importancia de ese gran maestro de la plástica hispanoamericana que fue Armando Villegas.

Recordado sobre todo por los que serían llamados “Guerreros de Villegas”, un recorrido por su vida y su obra nos muestra que fue eso y mucho más: muralista exquisito, grabador sin par, pintor excepcional, colorista magnífico, experimentador incansable, escultor de tallas monumentales y precursor del arte abstracto en el país.

Haber tenido la ocasión y el privilegio de visitar ese espacio magnífico, aún lleno de vida, en el que pasó días tan largos y tan felices, haber estado allí en ese mismo lugar y en las mismas horas en las que el artista daba forma a su búsqueda y a su intuición, permite refrendar la idea que ya teníamos de él: su labor, como la de todo artista, no tenía fin. Y permite también barrer el prejuicio, tan difundido en nuestro medio, de que lo único que hizo fueron unos cuantos guerreros. Si todavía puede parecernos legítimo considerar sus guerreros como culmen de su expresión y como síntesis de su búsqueda artística y personal, no por ello puede desestimarse su labor incesante y sincera ni desconocerse su magisterio inmenso y su tránsito honesto por todas las vanguardias del siglo pasado.

Maestro del color y de la forma, impecable en la técnica, sincero en su búsqueda, constante en su experimentación y en su aprendizaje, la obra del maestro Armando Villegas sigue viva, y la fundación que velará por su legado no será sino el instrumento más idóneo para dar a conocer esa obra que asombra y entusiasma.

¿Cuál es el fin de la fundación que ustedes están liderando?

Sonia Guerrero: En realidad, la idea de la fundación siempre fue de Armando. Se mantuvo viva en él desde los años ochenta, cuando una empresa pública le había ofrecido apoyo para crear un museo y centro cultural que llevaría su nombre en la localidad de Usaquén, iniciativa que por cambios políticos no se llevó a cabo. Desde ese entonces existía la idea de constituir un organismo dedicado a preservar y difundir su legado artístico, una institución para la gestión cultural que estuviera comprometida con apoyar el desarrollo de programas educativos y culturales, y que buscara diversos espacios para la gestión de las artes y el crecimiento cultural de la sociedad.

¿Cuál fue la motivación para crear la Fundación Armando Villegas?

S.G.: A él le preocupaba mucho la posteridad. Decía: “¿Qué va a pasar? Tanta obra que he hecho, tanto trabajo, no puede desaparecer, tiene que permanecer, y no solamente mi obra, sino también la obra de otros artistas, porque ese es el legado que cada generación le deja a la humanidad”.

Daniel Villegas: Hay que considerar que a él le inquietaba mucho la carencia de espacios para el arte y la cultura, por eso solía decir: “El arte es para todos. La única revolución que necesita el planeta es de carácter cultural”.

En la actualidad, ¿qué tareas ocupan a la fundación?

D.V.: Son bastantes las variables que considera un proyecto de esta naturaleza, que apenas está en sus inicios. Actualmente, como único organismo autorizado, trabajamos de la mano de una destacada multinacional en la investigación y el desarrollo de un nuevo sistema de seguridad para la certificación de autenticidad de las obras que permita hacer frente a la fuerte problemática de la falsificación. Asimismo estamos en la organización y búsqueda de apoyo para realizar una gran y muy merecida retrospectiva.

Del legado de Armando Villegas, a juicio suyo, ¿cuál es su obra más importante?

S.G.: Es difícil decirlo, porque de verdad hay tantas obras que son como un ícono de cada etapa de la vida de Armando y de las corrientes dentro de las cuales se movió que es difícil decir que una es la más importante de todas. Porque, por ejemplo, de la época abstracta hay un mural maravilloso en Medellín que hizo para el Banco Ganadero. Es un mural que data de sus comienzos, casi. También este gran mural que dejó acá, en la casa, que no es un mural pintado en la pared, sino en tableros, es muy importante: una pieza que él llamó La Conquista. Es un relato del encuentro entre los españoles y los americanos. Es una muestra de lo que, según su perspectiva, configuraba el proceso de la Conquista. Esa es una obra bellísima y muy, muy importante.

¿Cuál es el papel que desempeñó el maestro Villegas en la plástica nacional y latinoamericana?

S.G.: Además de sus conocimientos y de su maestría para elaborar sus trabajos, a mí me parece muy importante la labor didáctica que realizó. Armando tiene muchos seguidores, mucha gente que se apoyó en sus conocimientos, muchas personas que fueron sus alumnos, porque a él le gustaba la docencia y desde sus comienzos en Colombia se desempeñó como docente, primero en la Universidad de los Andes y en la Javeriana, y después en la Universidad Nacional, donde fue director de la Escuela de Bellas Artes. Volvió a la Javeriana y aquí, en el taller mismo, le enseñaba a la gente por el divino placer de enseñar, por decirle así. Porque le gustaba transmitir lo que sabía. Con respecto al papel de Armando dentro de la plástica latinoamericana, su gran importancia, a mi juicio, es la autenticidad y sus grandes conocimientos del arte prehispánico, de la cultura inca y preinca en general, de todo lo que es la cultura precolombina. Fue un gran conocedor de esa parte de la historia. Lo marcó mucho y lo plasma en muchas de sus obras, además de su faceta objetual de carácter intimista.

En las esculturas que dejó vemos un uso indiscriminado, por decirlo de alguna manera, de los materiales más disímiles y hasta más heterodoxos para la época. ¿Cómo era la escogencia de esos materiales y cómo concebía la obra después de haber hecho la escogencia? O quizás al revés, ¿concebía primero la escultura y salía a buscar los materiales?

S.G.: No, Armando era una persona a la que motivaban las cosas que veía, pero él no salía a buscar absolutamente nada ni tenía en la mente, por ejemplo: voy a hacer una escultura de tal cosa. Desarrollaba una escultura a partir de los elementos que encontraba o que le regalaban, o simplemente de los que veía, aun dentro de la misma casa. Cogía algo que a lo mejor ese día veía con unos ojos diferentes, entonces le era útil cualquier elemento de la casa y lo transformaba.

D.V.: A propósito de esto, hay una frase que usaba mucho: “Ven los ojos, mira el alma”. Para él, ese tipo de cosas llenaban la obra: hacer de la nada algo.

S.G.: Era muy cuidadoso en la preparación de sus obras, elaboraba una pasta con la que cubría sus lienzos o soportes, luego generaba manchas de color a las cuales iba dando de manera intencional formas y texturas valiéndose de diferentes utensilios, hasta de sus propias huellas. Luego de la lectura que le iba dando a estas manchas surgían los elementos y diversos personajes insólitos ocultos en sus fondos. Era muy interesante ver la metamorfosis que sufría una obra prácticamente terminada luego de su preparación mientras se iba convirtiendo en una completamente distinta. Y digo una obra terminada porque tras la preparación ya existía una, a tal punto que algunas de ellas las dio por culminadas en ese paso.

D.V.: Hablaba de una especie de arqueología, pues procedía por medio de la sustracción. Es decir, iba sustrayendo mediante un raspado de esta preparación, iba sacando del fondo colores, matices y, obviamente, las formas.

El color juega un papel fundamental dentro de la pintura de Armando Villegas. ¿Ustedes están de acuerdo?

S.G.: Sí, el color definitivamente. Armando era un maestro del color.

D.V.: De alguna manera el tema del color era un poco su obsesión, jugaba un papel determinante en todas sus creaciones. De hecho, creó un elemento didáctico, que se llama selector cromático, para la enseñanza del color, una especie de regla para seleccionar bien los colores y la armonía del color dentro de una composición.

A juicio suyo, ¿cuál fue la exposición más importante que hizo el maestro Villegas?

S.G.: La exposición de Corea en el año noventa fue importantísima porque fue llevar una cosmogonía occidental a un medio totalmente opuesto. Creíamos que no iban a entenderlo y resulta que les fascinó la obra de Armando. En el 91 viajó a Japón a hacer una exposición, esa es una exposición muy importante, y dos en Nueva York, una de obra figurativa y luego otra de collages –que es una etapa maravillosa– en el 88. Destacaría también las ferias de Basilea en 1984 y Arco Madrid en 1992.

En la obra del artista se conjugan de manera muy interesante dos influencias claramente perceptibles o notables: el canon occidental, por supuesto, y el arte precolombino. ¿Cuál de ellas sería preponderante o primordial en la obra del maestro Villegas?

S.G.: Yo pensaría que es la parte precolombina, porque está representada tanto en la obra abstracta como en la obra figurativa de Armando. Es una raíz definitivamente muy importante, una constante que orienta toda su obra.

Usted nos habla de un tránsito de lo abstracto a lo figurativo. Lo abstracto siempre jugó un papel muy importante dentro de su universo pictórico y artístico en general, luego volvió a lo figurativo. ¿Podría establecerse algún tipo de cronología, algún tipo de periodización de la obra del maestro Villegas?

S.G.: Existe una cronología, pero nunca hay rompimiento. Si analizas la obra figurativa de Armando, ésta tiene el trasfondo de su obra abstracta. Yo diría –a mi modo de ver, porque no soy crítica de arte ni mucho menos–, que él hilvana toda su obra abstracta y la continúa dentro de la figuración, y cuando retorna a la abstracción no es porque deje la figuración de lado. Trabajó simultáneamente diversas expresiones, porque decía que un artista no se podía encasillar. No se trataba de un eclecticismo por parte suya, sino de una necesidad de expresarse de una manera o de otra, según el momento. No es un proceso de rompimientos ni de etapas, es una continuidad la que hay en todo el trabajo de un artista; los conocimientos que va adquiriendo dentro de cada etapa enriquecen o enriquecieron la que seguía.

D.V.: Era un investigador constante del arte y sus vanguardias. Siempre hablaba de la versatilidad creadora que debía caracterizar al artista.

En la pared superior del estudio del maestro, al fondo, está ese mural del que hablábamos hace un rato. Es impresionante: ocupa toda la pared. ¿Cómo se concibió esa obra y de qué año data?

S.G. Ese gran cuadro o mural lo hizo Armando en el año 97. Había hecho una obra pequeña con este tema realizada en un trapo pegado sobre un cartón; solía recoger en la universidad los trapos viejos con los que los estudiantes limpiaban sus pinceles para utilizarlos en sus obras. Era un reciclador. Los recogía, los adhería a una tabla o cartón y a partir de esas manchas de pintura y aceite como base daba vida a muchas de sus creaciones. Lo hizo a lo largo de toda su trayectoria, de ahí que a veces se hable de “los trapitos de Villegas”. Así nace este mural. Está conformado por cinco módulos de igual dimensión. Fue pintando dos fragmentos juntos que cabían muy bien en el garaje donde lo realizó, luego quitó uno y lo empató con otro para continuar y así lo terminó en cuestión de unos cuatro o cinco meses. Así nació una de sus obras más impactantes. Realmente es monumental.

D.V.: Hay una característica en eso y es que él siempre decía –precisamente por sus estudios en muralismo– que muchas de sus obras estaban concebidas para dimensiones monumentales, de ahí que haya tomado esta obra pequeñita del año 1982 y hubiera decidido proyectarla a tal escala. De hecho, algunas de las obras que dejó son proyectos para murales que en su momento no encontraron un espacio para realizarse. Lo mismo ocurre con sus objetos. Pensaba que esta parte objetual podría llegar a convertirse en esculturas de gran dimensión.

La obra del maestro Villegas fue una búsqueda incesante. Uno lo ve navegando por todos los movimientos artísticos que hubo (y que no había, porque él fue precursor de muchos de ellos en el siglo XX). ¿Será que en algún momento, con alguna de sus obras, se sintió completamente satisfecho y dijo: “Por fin encontré el secreto que estaba buscando”?

S.G.: Yo creo que Armando nunca encontró lo que quería hacer. Siempre estaba buscando y no se conformaba, creía firmemente que siempre había más por encontrar.

D.V.: De hecho, a veces, pasado mucho tiempo, retomaba una obra ya terminada, la complementaba o transformaba.

S.G.: Sí, y transformó muchas cosas. Sostenía que es muy difícil decir que un cuadro está terminado, porque de pronto con el paso del tiempo lo volvía a ver y ya tenía otra sensación, le producía la necesidad de hacerle algún cambio, introducir algo dentro del cuadro, no porque le pareciera que el planteamiento inicial no valía, sino porque de pronto mirándolo le encontraba la posibilidad de modificarlo, de ahí su búsqueda constante.

Cuando uno se acerca a la obra del maestro Villegas, no puede negar que todas sus piezas son de una gran factura y que técnicamente están bien logradas y muy bien concebidas, es decir, son unas obras muy hermosas, pero ¿era la belleza una preocupación del artista o tenía alguna idea de belleza?

S.G.: El sentido estético es muy importante en un artista, pero no puedo concebir que la belleza tenga unos cánones oficiales que sean imposibles de sobrepasar. De ser así, no podría entenderse un cuadro de Picasso. Es mi modo de apreciarlo, es como lo veo: la estética es un sentimiento. Porque aun dentro de cosas que nos podrían parecer feas existe un sentido estético que se manifiesta mediante el color, la armonía, la composición, la fuerza expresiva que en su conjunto trasciende lo meramente “bonito”. Como idea de belleza, siempre recuerdo que Armando decía: “Quien ama lo bello, ama el bien”.

En el estudio hay expuestas unas obras maravillosas de una factura impresionante, incontestable y diríamos insuperable. ¿Estas obras las colgó él allí o simplemente se fueron acomodando con el paso de los días?

S.G.: Había piezas que él siempre quería ver, que eran como íconos dentro de lo que hacía. Posiblemente se identificaba con algún momento, con alguna emoción muy especial, entonces quería ver esos cuadros y de pronto iba a sitios donde se encontraba con algo suyo que lo emocionaba tremendamente y le gustaba. Por ejemplo, en las casas de amigos y otros lugares donde se encontraba con algunas de sus obras, les pasaba la mano y las tocaba, las acariciaba contemplando con mucho amor lo que había hecho. Era una persona de una pasión por lo que hacía impresionante. De las cosas que recordaré siempre de Armando es el amor por su trabajo. Era increíble cómo trabajaba las cosas chiquiticas, le fascinaban, y los palitos y las tonterías que se encontraba eran para él pequeños tesoros, el amor que les ponía era importante, era la base de su creatividad.

Y hubo una pausa, de conmoción y de gratitud, por esa tarde memorable que nos habían regalado los familiares del maestro Villegas a Laura y a mí. Aún retumbaban en el recinto las palabras sobre el artista y las consideraciones sobre el arte. Hubo un segundo de silencio y nos levantamos porque nos habían invitado a pasar al estudio del maestro a ver algunas de sus obras y el mural que lo corona. Sonia, conmovida aún por haber hablado sobre el artista y el esposo al que amó tanto, guardando, tras más de dos años de su muerte, luto riguroso, concluyó: —A veces me preguntan por qué sigo guardando luto después de tanto tiempo, por qué aún visto de negro. No sólo por honrar la memoria de Armando, sino porque con su muerte se fue de mi vida el arcoíris, se me fueron la paleta y los colores.

Eso dijo al final de la entrevista en esa tarde gris y fría que cubría Bogotá, eso dijo en aquel momento, cuando ya era casi noche y la oscuridad seguí ganándole terreno a la tarde. Recuerdo bien que eso dijo y lo dijo bien.

, Armando Villegas: la estética es un sentimiento, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/armando-villegas-estetica-un-sentimiento-articulo-672915, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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