La primera vez que Ana López supo de Cartagena fue por su papá. Un día, mientras Ana jugaba en el comedor de su casa, Iván Darío López abrió la puerta y en medio de la luz suave de la tarde apareció con Verónica, su otra hija. Ambos recién llegaban a Medellín. Tenían los ojos revueltos por las lágrimas de la emoción de volver a casa. Cuando Ana saludó a su papá, él sacó de su chaqueta unas hojas dobladas por la mitad: unos dibujos de todo lo que habían hecho en la ciudad, las fachadas de las casas, los colores del atardecer muriendo en el mar. El mar. La tristeza de no haber viajado junto a su papá y su hermana se disipó cuando comenzó a ver los dibujos. “Fueron mejor que haber ido”. (Lea también: James Rhodes, el pianista que sobrevivió a una infancia de abusos gracias a la música)

“Hace diez años no venía a Cartagena. Se la metieron toda: mirá qué casas más coquetas. ¡Qué calor! No puedo comenzar a hablar sin fumarme un cigarrillito”. El centro histórico de la ciudad está abarrotado de vendedores. Por un lado nos ofrecen guarapo y por el otro mango y panelitas. Ana y yo tratamos de esquivar la masa de personas sin perder el hilo de la conversación. Recién salimos del hotel Santa Clara y ya le han puesto dos sombreros de flores para que los compre. Vamos caminando en contra de la brisa. Nos tiemblan las piernas y las palabras. Ella llegó al Hay Festival para presentar, con dos ilustradores más, el proyecto Trazos viajeros, una iniciativa del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, el colectivo artístico Entreviñetas y Fontur, para conocer y dibujar los 17 pueblos que son patrimonio del país. “Tremendo regalo estar acá por hacer lo que a uno le gusta. ¿Sí o qué?”. (Lea también: “Los niños deben ser arqueólogos de las preguntas”)

La conversación comienza con la historia de Cabizbaja, el nombre que eligió hace trece años para firmar los dibujos que hace. “Mirá que yo he dibujado desde que tengo memoria. Mi papá era caricaturista, publicista y pintor. Todo el tiempo lo veía con las manos en el papel. Pero yo pensaba que uno no podía vivir de dibujar. Sabés que eso es un mito, ¿cierto?”. Las primeras imágenes de Cabizbaja fueron retratos de una niña pequeña jugando con pedazos de lana, diciendo vulgaridades, haciendo señas obscenas y arrancándose los pelos. “Yo no quería crecer y esos fueron mis primeros dibujos: una niña viviendo en el cuerpo de una adulta. Me gusta la insolencia, que los personajes aparezcan haciendo cosas que se supone que los niños no harían”. ¿Cómo salió el nombre Cabizbaja?, le pregunto. Ana ríe. Todo el tiempo ríe. Y dice: “Ah, yo no sé. Pues mirá, yo vi que la gente que dibujaba en Medellín estaba comenzando a autopublicarse. A firmar con otro nombre. Yo quería hacer parte de eso. Una vez me senté a pensar cómo me podría llamar y encontré en un bloc los autorretratos que había hecho: todos estaban con la cabeza baja. Tristes, depresivos. Pensé que yo era eso: una persona cabizbaja”.

Cada tanto paramos para admirar alguna puerta colonial o esas plantas que se pegan a las fachadas de las casas como venas verdes. “Soy una persona depresiva y ansiosa. Dibujar es el mejor antidepresivo y ansiolítico, me hace sacar todo lo que siento y es un ritual muy personal. Mis trabajos más íntimos son los mejores que he hecho”. No hablamos de su niñez. Hablamos, eso sí, del deseo de ser una niña siempre. “Mi papá se murió cuando yo estaba en el último semestre de diseño gráfico en la Colegiatura, en Medellín. Creo que me obsesioné por reemplazarlo, por volverme la cabeza del hogar. Después de que él murió, sentí cierta responsabilidad con el dibujo, sentí que, además de un talento, él me había heredado horas de charlas y práctica. Eso yo no podía echarlo por un abismo”. Comenzó a trabajar como diseñadora gráfica para sostener a su familia. Se quedaba hasta medianoche en la oficina escapando de la tortuosa culpa que le reclamaba por no seguir dibujando. Pasaba horas enteras sentada frente al computador, esperando que el sueño la moliera a golpes y pudiera caer rendida en la cama sin tener que pensar en nada.

En 2013, cuando nació Pedro, su sobrino, Ana no pudo contenerse más y estalló. Estaba tan pendiente de ser la cabeza de su casa que se olvidó de lo que le gustaba, de lo que odiaba. De todo. Volverse a mirar al espejo le costó mucho; era como si tuviera que aprender un nuevo idioma para comunicarse con ella misma. Renunció. Volvió a dibujar. A buscar esa voz propia de la que hablan todos: los escritores y los poetas, los cantantes y los pintores. “Cuando comencé sentía que tenía una voz muy personal; ahora no. La publicidad me hizo mucho daño, me dejé llenar de estéticas de otros. A veces me pongo a mirar los trabajos de otros ilustradores y me siento muy mal. Me pregunto para qué sigo haciendo esto en un mundo donde hay tantos que lo hacen mejor que yo, más barato y más rápido”. Siguió haciéndolo, sin embargo, porque dibujar es su única manera de habitar el mundo. Todas las semanas sube a Facebook una de sus ilustraciones y la publicación estalla en likes.

Luego de una hora de caminar por el casco histórico de Cartagena, nos quedamos paradas frente a una casa con balcones rosados. Le cuento que mi mamá, una señora de 49 años que vive en un pueblo de Antioquia, me envió una de sus ilustraciones y me dijo que por fin había encontrado a su ilustradora favorita. Ana no me mira. Las gafas que lleva ocultan la dirección que toman sus ojos. Camina un poco más rápido que yo y vuelve la cabeza: “Por cosas como esas sigo haciendo lo que hago”.

, Ana López: “Dibujar es el mejor antidepresivo”, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/ana-lopez-dibujar-el-mejor-antidepresivo-articulo-676898, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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