La primera vez que Ana González vio una aguja, la tenía su abuela, Silvia Molina, entre sus manos. Estaba cosiendo un vestido y Ana, mientras tanto —tendida sobre un sofá, con las medias curtidas por su clase de ballet—, observaba cómo el hilo danzaba grácil entre los dedos de su abuela. Durante mucho tiempo se pasó mirando los movimientos de doña Silvia: cómo tomaba el café, qué ropa usaba, su feminidad, sus colores y texturas. Por otro lado, estaba su madre, una mujer que estudió en la universidad cuando ninguna mujer podía estudiar en la universidad, una feminista furibunda, con entrañas y saliva. Esa combinación se instaló en el comportamiento de Ana González: esas dos formas de ser mujer. (Lea también: Programación con el Cartagena XI Festival Internacional de Música)

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El taller de Ana González está atrapado en un edificio de Chapinero, en Bogotá. Es un cubo gris con las paredes vestidas de pinturas y fotografías suyas. Hace un día brumoso, las plantas que intentan crecer afuera del sitio están cubiertas de agua. Ella está apoyada sobre la mesa del centro, a su lado está Liberi, la imagen de esta edición del Cartagena Festival Internacional de Música. Un lienzo oscuro en el que se logra distinguir a una niña con vestido blanco bailando. “Julia Salvi, la directora del Festival, me dijo que quería conocer mi obra y cuando la vio sintió que todo lo que yo estaba haciendo tenía que ver con el proceso social y político que está viviendo el país. Mi producción tiene que ver con el desplazamiento: llevo 12 años trabajando con desplazados de toda Colombia y a ella le impactó ese lenguaje. En mi taller, Julia vio a Liberi, un cuadro de una niña desplazada que está bailando, y decidió que esa era la imagen que quería usar”. Tiene un overol y pantuflas de colores. Fresca y jovial, fuerte; sin embargo, tiene la cara de una persona a la que la vida no le pasó por encima.

Todo el lugar está hecho por ella: los cojines, los cuadros, los objetos encima de las mesas: fósiles en cerámica de orquídeas y pájaros. No hay mucho color: blanco, gris y dorado en pequeña zonas. Ella, en cambio, es trigueña. Parece un gato que se mueve con malicia por el espacio. “¿Qué es Liberi?, le pregunto”. “Liberi es una reivindicación con la vida. La protagonista es Yiseth, una niña desplazada del Chocó que llegó a Bogotá con su madre y sus dos hermanos. Duró mucho tiempo encerrada porque su mamá salía a buscar trabajo y ella, acostumbrada a la selva y el agua de Quibdó, se quedaba con sus hermanos. Yiseth es muy alegre a pesar de la dureza de tener a su papá en la cárcel y no tener mucho tiempo con su mamá porque ella es empleada del servicio acá en Bogotá. Se me ocurrió hacer un video de ella bailando, para evocar esos recuerdos que tenía de los años en los que estaba en el Chocó y usando esos vestidos que se ponen las niñas de pueblo los domingos o las fechas especiales. Alrededor de ese video hice series fotográficas y pinturas: de la historia de ella y de ese vestido que la acompañó cuando fue desterrada. La imagen quiere rescatar esos lindos recuerdos que se tienen a pesar de la tragedia”.

Se queda callada. Después regresa a otro tema, un abismo pasado: su vida anterior, la Ana sofisticada.

Durante varios años, González vivió en Francia. Al principio hizo su maestría en París y luego comenzó a trabajar en el equipo de producción de fotógrafos como Mario Testino y en editoriales de revistas y libros franceses como Elle, Photo, ParisMatch, Elle Decor. Ese mundo la acorraló en lo que le decían que era la perfección, y la sitió en la opulencia y la belleza inhumana. Regresó a Colombia porque no aguantaba el calor infernal y el invierno monstruoso. Cuando llegó a Bogotá trabajó como editora creativa de Semana. Y se convirtió en una bestia del trabajo: todo el tiempo, todo el día. Sin embargo, en ella se gestaba una idea que cada vez abría un agujero más profundo. Quería ser artista. Quería dejar de hacer cosas que no le gustaban. Quería renunciar a la vida que conocía.

“Cuando estaba trabajando perdí un bebé. Eso me dio la vuelta. ¿Cómo así? Yo perdí un bebé por estar trabajando como una mula en algo que ni siquiera es lo mío. Ahí fue cuando dije: “¡No más!”. Cuando arranqué mi primer taller estaba, de nuevo, embarazada y fue un tiempo muy creativo. Todo lo que me ha pasado me ha servido para entender mi obra: ver a artistas que tienen éxito de inmediato me ha ayudado a comprender que mi obra es lenta. Reflexiva”.

Ana González intentó lidiar con un mundo de oficina y escritorio. No pudo. Cambió los edificios por las selvas del Amazonas y los mares del Chocó. Y supo, entonces, que la herencia de su abuela, el glamour y el tejer, se iba desintegrando para dejar solamente la obra: las manos y el hilo. Mientras que la parte de su mamá, la rebeldía y siempre ser fiel a sí misma: sobrevivió. La mantiene en pie.

, Ana González: una reivindicación con la vida, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/ana-gonzalez-una-reivindicacion-vida-articulo-673476, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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