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La adivina se quedó en silencio. Su dedo índice recorrió las casas, los signos. Se fijó en los astros, en los planetas. Pasó un minuto con la mirada fija en la carta astral. Dos, tres. Quizá más.

Y entonces, dijo: -Conocerás a alguien que irá muy bien contigo. Esa persona será tu pareja. Será mayor y sabrá de vinos. Un hombre bueno con el que serás feliz. A sus 49 años Henry ya había sido feliz.

Ya había conocido un hombre bueno que sabía de vinos. Uno por el había lo había dejado todo para irse a Australia persiguiendo un sueño. Uno que no pudo cumplirle ese “juntos para siempre” que se prometen los enamorados porque tres años antes, un aneurisma torácico y tres infartos le ganaron la batalla.

Para Henry era imposible pensar en un hombre mejor. Ninguno cocinaba tan rico, se vestía tan bien o sabía tantas cosas. Ninguno era tan seguro ni le hacía irse a la cama todas las noches sintiéndose tan afortunado. Mark había nacido en Australia y Henry en Colombia, pero el azar los cruzó en Estados unidos. Fue un amor valiente, un amor tranquilo. Un amor de ocho años y siete meses.

El 10 de julio del 2015 llovía en Melbourne. El servicio meteorológico pronosticaba mal tiempo por los siguientes tres días y Henry, encerrado en su casa, se inventaba formas para sobrevivir a las horas. Por sugerencia de un amigo suyo había abierto un perfil en Scruff, una red social de citas que le prometía “conocer más de ocho millones de hombres homosexuales en su vecindario y alrededor del mundo”. Pasaba fotos en su teléfono celular como quien hace zapping por canales de televisión, cuando en su pantalla apareció un hombre blanco, con canas y ojos verdes.

-Hola. ¿Cómo estás? – saludó Henry. -Hola. Mucho gusto. Mi nombre es David.

Terminadas las presentaciones de rigor acordaron encontrarse cuando bajara la lluvia. Sobre las siete de la noche Henry condujo por Melbourne siguiendo las indicaciones de David. Tenía la calle, pero no la casa. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, volvió a la charla de Scruff.

-Llegué.

-Busca la casa número 10.

“Era una casa enorme. Muy bonita y de muy buen gusto. Yo dije: ¡Dios mio! ¿Será que este tipo vive ahí o la estará cuidando?”, recuerda Henry entre risas. Sentado en la sala, en medio de gin-tonics para él y whiskies para David, Henry supo que su cita era un magistrado de la corte australiana, que tenía dos perros y que su papá había sido embajador. Qué había amado al mismo hombre por 36 años y había tenido que despedirse hace dos, cuando al igual que Mark, murió de un infarto.

-A los tres días nos volvimos a ver. Me invitó a cenar y sin pensarlo tanto le pregunte: ¿me puedo quedar en tu casa o tengo que manejar de regreso? – recuerda Henry-. “Después de que yo te de dos gin-tonics no te dejo manejar”, me respondió.

Las comidas se hicieron frecuentes y al poco tiempo, Henry preparaba el postre favorito de David, lo ayudaba a empacar su maleta antes de cada viaje y recibía la información de sus vuelos. David, por su parte, había cambiado el whisky por la ginebra de los gin-tonics de Henry, lo llamaba cuando no estaban juntos y compraba sus after-shaves. Las predicciones de la adivina se cumplieron. David es un hombre bueno que sabe de vinos. Va muy bien con Henry y lo hace feliz. Viven juntos hace varios meses y acordaron no tener más aplicaciones. No las necesitan, ninguno piensa seguir buscando.

-Que fuera un hombre mayor también se cumplió – dice Henry-. Y bien cumplido porque él me mintió. ¡No me lleva seis años sino veinte!

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