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La foto de una mujer negra con las manos en la cabeza sobre un fondo blanco. Eso fue todo lo que necesitó Tatiana para enamorarse de Mariluz. La encontró en Facebook, entre los amigos de un amigo suyo y sin pensarlo tanto, la agregó a sus contactos. Nunca ha sido de amores fáciles. Ha amado a mujeres que no la han amado, a mujeres que se van del país, a mujeres que jamás se han enamorado de otras mujeres.

Está vez tampoco tenía por qué serlo. Mariluz había salido de la nada, no sabía quién era, no sabía qué hacía, no sabía si iba a corresponderle. No sabía ni siquiera si iba a aceptar su solicitud de amistad.

-Se demoró tres días. Yo me iba muriendo de impaciencia – recuerda Tatiana-. Lo primero que hice fue enviarle un mensaje por inbox y como me respondió, la invité a un café. “Yo no tomo café”, me dijo. 

Era el año 2011 y Tatiana hacía sus últimos semestres de medicina en la Universidad Javeriana, jugaba fútbol, era activista por los derechos LGBTI y parte de un colectivo de mujeres afro descendientes. Sabía muy bien como impresionar. A Mariluz parecía no importarle. Se mantenía distante en las conversaciones y nada la sorprendía, pero aún así, hablaban todas noches.

-El café es una convención social. Te tomas un vaso de agua. Un jugo. No se, cualquier cosa-. Tatiana sabía cómo impresionar, pero no cómo darse por vencida.

Una semana más tarde bajaba corriendo las escaleras de la Universidad Javeriana. Llevaba la boca seca y un tambor quitambre golpeándole el pecho. Temblaba. En la entrada, la esperaba una mujer negra, de tacones y falda café. “Me duele la cabeza”, le dijo luego de saludarla con un abrazo. Siguiendo su instinto de médico, Tatiana preguntó por los síntomas y descubrió que Mariluz se había tomado cinco pastillas distintas intentando quitarse el dolor. “Te dañaste farmacológicamente la cefalea”, diagnosticó. “¡No puede ser! ¡Cuéntame más”, chilló Mariluz. “No es tan grave. Te tomaste tantas cosas que ya nada te va a servir”. Tatiana sabía muy bien cómo impresionar y por fin lo había logrado.

A ese primer “café” le siguieron otros. Una invitación a bailar. El roce de una mano. El cumpleaños de una amiga. El primer beso. Una noche cocinando y un domingo viendo películas. A los tres meses ya vivían juntas y, unos cuantos más tarde, Mariluz viajó a Estados Unidos para hacer una maestría en Los Ángeles.

-Lo más difícil era dormir sin ella -, cuenta Tatiana.

Una vez más, internet fue su celestina. Se veían por Skype, hablaban por Google Voice y se dejaban mensajes en Viber. Seguían estando juntas, solo que cada una en la pantalla de la otra. Iban a conversatorios de mujeres afro feministas, se acompañaban en las reuniones de amigas y, en las noches, con el iPad sobre la almohada y los audífonos puestos, conversaban entre bostezos hasta quedarse dormidas. Al lado, pero a una hora de diferencia. En la misma cama, pero sin poderse tocar. Lejos, pero oyéndose respirar.

-Ya no estamos juntas. No se si era mucho amor o si estábamos medio enfermas, pero ese año ha sido el más feliz de mi vida – dice Tatiana.
 

, Amor al primer "like" (Tercera parte), http://www.elespectador.com/noticias/cultura/amor-al-primer-like-tercera-parte-articulo-669428, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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