“Arrojó con furia la escopeta y la vio hundirse sin gloria. Bestia de metal indeseada por todas las creaturas”, dice casi al final en Un viejo que leía novelas de amor (1989), de Luis Sepúlveda (Ovalle, Chile, 1949). Antonio José Bolívar Proaño, llamado el viejo, vive en la selva amazónica y fue el elegido para cumplir una tarea importante que sólo él podía llevar a cabo. Después de hacer lo que creyó correcto, no sin cierta culpa, regresó a su choza y continuó leyendo las novelas que le gustaban. Lo hacía despacio, con lupa, separando las sílabas y después juntándolas hasta que se armaba la frase perfecta que repetía en voz alta hasta aprendérsela de memoria. Al viejo le gustaba leer historias de “amores que duelen”, así decía, de las que duelen, pero que tuvieran un final feliz.

El proveedor de las novelas era un dentista que pasaba cada seis meses por El Idilio, un poblado perdido en la selva, y aparte de atender los dolores de muelas de la clientela, le llevaba al viejo dos libros en cada visita. Para esto tenía que inventarse la forma de conseguirlos, pues se sentía ridículo con eso de pedir novelas con “mucho sufrimiento a causa del amor”. No eran para él, que prefería la novela negra, sino para el viejo solitario de casi setenta años, experto en la vida de la selva, fuerte, recio, que había vivido muchos años con los shuar —los indígenas del Amazonas a quienes los colonos llamaban jíbaros en forma despectiva—, y que era capaz de enfrentarse a lo que fuera: mapanás, tigrillos, pirañas, micos violentos, hormigas carnívoras.

Lo que el viejo quería era leer, sentir que podía viajar por diferentes lugares del mundo, que podía olvidar la barbarie humana representada en los buscadores de oro, en los colonos sin escrúpulos o en los “gringos” que venían a fotografiar sin respeto a los indígenas y a talar los árboles. Por eso, lo más importante para él era poder diferenciar los buenos de los malos en cada libro y así no crear empatías equivocadas con los personajes. Con los shuar había aprendido todo lo necesario para sobrevivir en la selva; estuvo con ellos hasta que su propia forma de actuar en el mundo no fue compatible con la tribu, pero a través de ellos conoció algunos anents: poemas-cantos de gratitud por el valor transmitido, plegarias a los espíritus y los deseos de una paz duradera. Una paz duradera como la que seguimos esperando en Colombia.

En abril de este año el presidente Juan Manuel Santos estuvo en Guatemala poniendo la rosa más importante de ese país. En aquel momento el Gobierno de Colombia estaba en medio de las negociaciones con la guerrilla: “nada estaba acordado hasta que todo fuera acordado”. Ese día Santos puso la rosa en medio de dos manos fundidas en bronce, ubicadas sobre un bloque de piedra y dieciséis brazos entrelazados. Este es el Monumento a la Paz y representa la unidad de los guatemaltecos. La escultura es del artista Luis Fernando Carlos León, y simboliza “al pueblo unido que sostiene el peso de su libertad”, hecha para conmemorar los Acuerdos de Paz firmados el 29 de diciembre de 1996 entre el Gobierno y la guerrilla de Guatemala. Hoy, después de los resultados del plebiscito del 2 de octubre en Colombia —No con el 50,21 % y Sí con el 49,78 %— sobre el “Acuerdo de Paz para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”, esa rosa carece de significado y el país está dividido, por no decir familias y amigos.

Se supone que ahora es necesario buscar una nueva forma de escribir la historia, de narrarla. ¿Existirá algún día el posconflicto en Colombia? Si es así, ¿cómo será la literatura de esa utopía? No serán novelas de amor como las que le gustaba leer al viejo Antonio José en medio del Amazonas, con buenos y malos bien definidos y con finales felices. Serán el contrarrelato de quienes vivieron tantos años en la selva con un fusil al hombro, que no conocieron quizás más que eso porque estaban allí desde los doce años, o desde antes, porque muchos nacieron en la selva, en medio de la guerra. Historias de personas que quizá lo único que saben hacer es disparar un arma porque no han tenido oportunidad de aprender otra cosa, que no han leído un libro, pero han combatido contra sus propios hermanos, que han traicionado a sus familias y a ellos mismos, y que, aun así, deben seguir adelante, cambiar de vida. Algunas historias seguirán destilando odio, pero al final la única salida será el perdón. ¿Cómo se modificará nuestra tradición literaria?, ¿lo hará?

Cuando en el libro el viejo arrojó con furia la escopeta y la vio hundirse sin gloria en el agua, lo hizo para curar de alguna forma sus culpas y continuar con su vida. En Colombia esperábamos, queríamos creer, que los guerrilleros, muy pronto, entregarían todas las armas a Naciones Unidas, que éstas serían fundidas y que una parte se destinaría a monumentos a la paz en Nueva York, en Cuba y en Colombia, como dijo el presidente Santos que se haría. Ahora tenemos que esperar más, y quizás, mientras se ponen otra vez todos de acuerdo, las armas vuelvan a servir para lo que fueron hechas y todo se desvanezca como las alucinaciones del viejo en la selva amazónica.

, Alucinaciones en la selva, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/alucinaciones-selva-articulo-658496, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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