“¡Bueno!”, interrumpió con voz fuerte la docente en un salón de clases atiborrado de adolescentes que ignoraron su entrada. “Este bimestre vamos a leer El Quijote, estamos preparando la celebración del Día del Idioma y esa es la obra que veremos. Como sabrán, ver una obra de teatro sin haber leído el libro no tiene perdón en esta clase”. No era que mi maestra tuviera aires de general, todo lo contrario, había sido la responsable de enseñarme literatura desde que entré al bachillerato. Una mujer pequeña con unos anteojos vinotinto y la tez morena que en la primera clase aclaró: “Esta no es una clase de español, es una clase de literatura. Tres libros por bimestre es lo mínimo que se leerá, vamos a intentar pasar por los clásicos, nadie llegará a clase sin haber averiguado quién era el escritor y el contexto histórico de la obra”.

La amaba, siempre lo supe. La amaba aún con ese despotismo con el que a veces nos hablaba de cosas en las que creíamos, la amaba porque sabía que nos dejaba el alma en cada clase y porque nunca la vi entrar al salón sin una historia nueva. Dio un golpe seco sobre el puesto después de haber descargado un montón de papeles fotocopiados, que un minuto antes le tapaban el rostro. Esa mañana venía cargada de hojas bien grapadas y ordenadas. Repartió El Quijote a cada uno de nosotros e inició la acostumbrada lectura de relevos. Volví a mi casa con las hojas pegadas en la cara porque no podía resistirme a las locuras del caballero hidalgo y la infinita paciencia y ternura de su acompañante.

Aquellas mismas hojas las vi representadas tiempo después en un teatro. Aplausos, aplausos y más aplausos. Nadie quería parar de chocar las manos en la escena final. El Quijote seguía inmóvil en el escenario mientras el público enardecido gritaba bravo, bravo, silbidos, palmas, alegría. Salió un hombre con un bigote blanco y espeso justo en medio del público y el escenario, aplaudía a los actores y luego al público, daba vueltas y aplaudía el arte y el valor del arte. Mi docente de literatura se levantó cuando lo vio, todos la seguimos sin saber por qué. Ella siguió aplaudiendo y emocionada pidió un micrófono: “Hoy quiero agradecerle personalmente, maestro. Gracias por lo que les regaló hoy a mis estudiantes, gracias por lo que le ha dado a Colombia”.

Años después me encontré al mismo señor mientras escampaba de un aguacero bogotano en una calle de La Candelaria. Me metí en la primera casa que encontré abierta, un lugar al mejor estilo de la colonia española con un inmenso patio en la mitad de todo y una fuente pequeña que acumulaba gotitas y las hacia danzar dentro. Caminé por el hall lleno de cuadros de obras de teatro que se habían estrenado antes de que yo naciera. Una oficina modesta abierta al público, llena de libros y sillas artesanales, guardaba un tesoro que me atrajo súbitamente, Oswaldo Guayasamín había dejado allí una obra original, bien firmada, poderosa, nostálgica. “¿Lo reconoce?”, me habló una voz en la espalda. Volteé sorprendida y ese hombre de mirada tranquila y bigote espeso estaba ahí de nuevo, en una especie de déjà vu. “No, no le digo si a mí me reconoce. Le pregunto si reconoce el cuadro”. “Lo reconozco a usted y reconozco al cuadro”, le respondí. Él fue tajante: “¿Cómo me va a reconocer si ni siquiera yo lo hago?”.

Mientras se me desplomaba el cielo en la cabeza, el camino me había llevado al reencuentro con ese sujeto al que mi docente llamaba maestro. Recordé ese momento en el que la acompañé a aplaudirlo porque estaba viendo la grandeza y la humildad de la persona que más admiraba en el mundo. Lo llamó maestro. Ese día entendí el porqué. Me invitó a conocer a quienes trabajaban con él. Ellos me hicieron bromas por estar perdida en el centro y me brindaron un café. Seguí asistiendo algunas veces con diferentes personas a obras que se presentaban allí. El Teatro La Candelaria me había abierto sus puertas de maneras muy extrañas. Me había interpelado con obras que ellos mismos habían creado desde que se conformaron en 1966, cuando iniciaron la locura a la que nombraron “Laboratorio artístico”.

La Candelaria ha montado obras desde hace cincuenta años. Dicen los que saben que Santiago García es el padre del teatro moderno en Colombia. Él diría que sabe muy poco de sí mismo y acabaría con la parloteadera. Cuando crearon Guadalupe años sin cuenta, Colombia ya estaba atravesando los efectos de la violencia bipartidista y el Frente Nacional. Para el maestro esta es una de las obras más importantes que el colectivo le parió a Colombia. “Yo veo al país a través de las obras que hacemos. Y una de las obras que más hemos presentado es Guadalupe años sin cuenta, con más de 1.500 representaciones durante trece años, lo que constituye una especie de récord Guinness. Allí se refleja el problema crucial del país, que desgraciadamente no pasa de moda: el problema del diálogo, el problema del acuerdo. No se llega a un acuerdo nunca y casi siempre en todo diálogo ha habido una traición, desde Gonzalo Jiménez de Quesada con el cacique de Bacatá. En esa imposibilidad de un acuerdo en América Latina también están presentes Cortés con Moctezuma y Pizarro con Atahualpa. Siempre hemos estado en el conflicto de la imposibilidad de llegar a un acuerdo, porque de por medio hay una traición”, decía en una entrevista con Adriana Llano Restrepo.

Libro al Viento se suma a las alas de “Guadalupe años sin cuenta”

En un contexto político como el que vivimos ahora, en una polarización brutal de la opinión pública respecto del futuro de las guerrillas y la violencia en Colombia, Libro al Viento nos entrega pertinentemente una edición de esta obra, que ha perpetuado a Santiago García y su laboratorio de creación artística como una de las apuestas más altas de teatro en Colombia. El 6 de junio de 1957 la policía asesinó a Guadalupe Salcedo en el sur de Bogotá. Esto al menos era lo que testimoniaba Eduardo Umaña Luna (abogado defensor de derechos humanos, asesinado también). Guadalupe había nacido en Tame, Arauca, y estuvo al mando de diez mil llaneros con los que habría desafiado al poder estatal de entonces. Una defensa a ultranza de la violencia conservadora que golpeaba al país. Años después, La Candelaria entrevistó a guerrilleros y políticos para hacer su controversial obra, que ahora se estrena como la novena entrega de Libro al Viento para continuar promoviendo la lectura en Bogotá y, por supuesto, para que seamos muchos más los que nos sumemos a vislumbrar el antes y el ahora de una guerra que no nos ha permitido cesar la horrible noche.

, Al viento: “Guadalupe años sin cuenta”, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/al-viento-guadalupe-anos-sin-cuenta-articulo-672215, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});

Jose Raul Lopez Daza – protección ambiental