El aporte de la sociedad civil para la conservación

Una reserva natural de la sociedad civil es un predio que, por voluntad y decisión de los propietarios de las tierras, es convertido en una reserva natural. El objetivo es crear un ecosistema o hábitat natural bajo parámetros de conservación, restauración y producción sostenible.

En Colombia el 11, 37 % del territorio está declarado como área protegida, entre zonas de carácter nacional, regional y reservas privadas registradas. Estas reservas son definidas como estrategias complementarias de conservación ecológica, existen dentro de todos los ecosistemas, cualquier persona puede crear una y no requieren una extensión determinada, solamente que parte o la totalidad del predio esté conservado.

Como explicó Clara Matallana, investigadora del programa Gestión Territorial de la Biodiversidad del Instituto Humboldt, “muchas de las reservas parten del convencimiento de personas que han vivido en la ciudad y deciden ir al campo y comprar el terreno. Las reservas se han convertido en núcleos de conservación que capturan gente de alrededor, espacios de educación que generan conectividad en el paisaje”, dijo.

Para Matallana esta estrategia es reconocida en el país y a nivel mundial. De hecho, Colombia es pionera en destacar reservas privadas. El problema es que falta claridad de qué tanto sirven para detener proyectos de explotación minera, por ejemplo. “En Colombia algunos dicen que tienen las mismas características de áreas protegidas y otros dice que, como son privadas, no se establecen a perpetuidad y pueden dejar de ser áreas protegidas”, comentó.

Hay otro tema complejo y es que muchas reservas no se formalizan ante el Registro Único Nacional de Áreas Protegidas (Runap), porque no se sienten identificados con la perspectiva institucional y simplemente son conservadores de sus predios por convicción. Sin embargo, aunque no estén registradas cumplen una función para la conservación.

Una de las razones para que las reservas privadas no quieran ser reconocidas por el Estado es que prefieren autonomía, como sucede con los territorios colectivos. Pero también, como sostuvo Daniel Manrique, director de Resnatur, una organización que agrupa a 122 reservas de la sociedad civil en todo el país, es un problema de incentivos. “ Debido a la importancia que tienen esas alternativas privadas de conservación se deben aplicar con urgencia los mecanismos de pago por servicios ambientales que no son otra cosa que la compensación y el esfuerzo que hacen campesinos y familias al cuidar los ecosistemas”, aseguró.

Dijo Manrique, además, que es urgente tener “la capacidad imaginativa y operativa para crear esas herramientas financieras y aplicarlas”. Y como complementó Matallana, del Humboldt, “todavía el país no tiene incentivos para estas áreas. Es más un convencimiento de los propietarios que deciden conservar porque les gusta o porque lo han convertido en su forma de vida”, remató.

Otro instrumento que hace falta pulir para motivar la formalización de reservas privadas es la exención del impuesto predial. Sin embargo, dicho beneficio debe ser tramitado en el Concejo Municipal de cada municipio y renovado en cada período. Por eso, para Manrique, de Resnatur, “es urgente desplegar toda una política pública de apoyo a las iniciativas privadas de conservación estimulando cualquier alternativa que no tienen que ser uniformes en cada región, sino que deberían acomodarse a los contextos y dinámicas particulares”.

Así como existen por separado las reservas de la sociedad civil, también hay fundaciones y organizaciones que las agrupan, como Resnatur, cuya función es promover la construcción del tejido social, mejorar el paisaje y ordenar el territorio teniendo en cuenta a todos los participantes.

También está la Fundación Las Mellizas que, además de congregar a varias reservas que están formalizadas y a otras que no, dinamizan yarticulan otras iniciativas privadas con el objetivo de formar una red que le apueste a la conservación privada.

Las Mellizas organizó en la ciudad de Manizales, junto con el proyecto “Páramos: biodiversidad y recursos hídricos en los Andes del norte”, financiado por la Unión Europea y la Agencia Presidencial de Cooperación Internacional de Colombia y coordinado por el Instituto Humboldt, una convocatoria de iniciativas de reservas de la sociedad civil el pasado 25 de noviembre.

Como contó Jorge Hernán López, director de la Fundación Las Mellizas, en el concurso se premiaron las reservas que están en páramo bajo dos temáticas: sistemas productivos y gestión política. Los ganadores fueron una propuesta en el departamento de Nariño en el complejo de páramo Chiles-Cumbal, de cabildos indígenas que trabajan con sistemas productivos, y el segundo lugar lo obtuvo una organización en Valle del Cauca llamada Ambiente Colombia, en la zona alta del páramo Las Hermosas. “La conclusión del evento es que la política de conservación que se genera actualmente para estos ecosistemas es importante, pero debe reconocer la existencia de las personas de alta montaña”, afirmó López. Por su parte, Daniel Manrique, de Resnatur, complementó diciendo que en el caso de páramos las reservas son cruciales porque “del agua que se conserva depende la sostenibilidad socioeconómica de poblaciones enteras”.

López concluyó que, pese a la falta de incentivos y de una normatividad difusa acerca de las reservas de la sociedad civil, esta es una cuestión de voluntad, de incidir en el desarrollo territorial, en los planes de manejo de cuenca o de simplemente hacerse visibles en el territorio. “Es cómo la sociedad civil desde sus tierras quiere hacer un aporte a la conservación”, aseguró.

Esa es la lógica de las reservas: una voluntad, desinteresada hasta el momento, de cuidar el medioambiente. Al menos así lo cree Clara Inés Almeciga, propietaria de la reserva Palacio Chingaza. “Para nosotros es supremamente placentero minimizar la ganadería y agricultura, y dedicarnos a la conservación porque tenemos fuentes hídricas, nacimientos de quebradas y lagunas. Eso da muchos beneficio a personas y comunidades”.

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Jose Raul Lopez Daza

Alcaldes del mundo se reúnen en México contra el calentamiento global

Los alcaldes de las ciudades más grandes del mundo se reúnen durante tres días en México a partir del miércoles para combatir el cambio climático y hacer frente al presidente electo Donald Trump, un escéptico del calentamiento global declarado.

El Grupo de Liderazgo Climático de Ciudades (C40), la mayor red de ciudades globales, estará presidida por primera vez por la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, quien durante la reunión asumirá el cargo sucediendo al alcalde de Río de Janeiro (Brasil), Eduardo Paes. (Lea: Calentamiento global comenzó hace 180 años, según estudio)

Hidalgo se ha comprometido a luchar “porque las ciudades más grandes y más influyentes en el mundo se movilicen para hacer cumplir el acuerdo de París” sobre el cambio climático firmado en dicha ciudad casi un año después de la COP21. “En México, París y otras ciudades pioneras anunciarán las nuevas medidas para luchar contra la contaminación del aire”, dijo Hidalgo.

Esta cumbre será una oportunidad para compartir soluciones que reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero y que permitan crear ciudades “ecológicas y habitables” para los ciudadanos.

Los organizadores de la cumbre recibirán en estos días a más de 60 alcaldes de entre los más influyentes.

Sin embargo la sombra del presidente electo de EEUU, Donald Trump, se cierne sobre el procedimiento, ya que la falta de definición en sus posiciones sobre el cambio climático abrió el camino a interpretaciones y preocupaciones.

A pesar de Trump

En la Ciudad de México, los alcaldes de 38 ciudades de Estados Unidos, incluyendo Chicago, Washington, Nueva York, Austin y Houston firmaron una carta que enviaron al presidente electo, Donald Trump, para notificarle que continuarán su impulso contra el cambio climático.

El multimillonario populista ha dicho que el cambio climático es un “engaño” inventado por los chinos y amenazó con revocar el compromiso de Estados Unidos de respetar el acuerdo de París.

La carta “no es una amenaza a nuestra nación, ni una amenaza a la administración, pero es una oportunidad para colaborar con el presidente electo Trump, él me dijo que tiene ‘open mind’ (mente abierta)”, dijo hablando en español el alcalde de Los Ángeles, Eric Garcetti, durante el C40 y señaló que desde las ciudades seguirán trabajando por el medio ambiente.

Garcetti resaltó que la carta fue firmada por alcaldes de ciudades más pequeñas “como Indiana o Florida” así como estados republicanos, partido que postuló a Trump. “Es un ejemplo de colaboración de todos los alcaldes de Estados Unidos”, dijo.

Para el alcalde de Los Ángeles, la lucha a favor del medio ambiente no es un acto de corrección política sino que está “representando la demanda de los ciudadanos, (de) cuidar la salud” de los habitantes y es también un esfuerzo para que “el poder que tenemos como alcaldes no se nos quite bajo ningún contexto”.

Pero los estadounidenses no son los únicos, Clover Moore, alcalde de Sídney (Australia) lucha para reducir las emisiones de su ciudad frente a un gobierno australiano escéptico del calentamiento global dirigido por Tony Abbott (2013-2015).

“Después de estas elecciones, nunca ha habido un momento más importante para que los líderes de la ciudad se mantengan en el rumbo, el mundo entero cuenta con ellos”, dijo Clover Moore, presente en México.

Estrenan líder

Durante esta reunión Anne Hidalgo toma la batuta al frente de la organización de alcaldes comprometidos con la lucha contra el calentamiento climático, que en su conjunto representan 650 millones de ciudadanos y sus territorios generan el 25% del PIB mundial.

Durante los días de la cumbre, la estación de metro Hidalgo en el centro de la Ciudad de México, bautizada así por uno de los gestores de la independencia de México, será renombrada en honor de la alcaldesa de París.

Creado en 2005, el “Grupo de Liderazgo Climático de Ciudades” (C40), con sede en Londres, reúne a 85 ciudades como Nueva York, San Francisco (Estados Unidos), Vancouver (Canadá), Londres, París, Moscú, Roma, Milán (Italia), Atenas, Seúl, Mumbai(India), Yakarta, Melbourne (Australia), Hong Kong (China), Pekín, Sao Paulo (Brasil), Buenos Aires, Ciudad del Cabo y El Cairo.

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Jose Raul Lopez Daza

Osa perezosa fue liberada en área protegida de Huila

Los habitantes de la vereda Rio Íquira, del municipio de Teruel, fueron los que avisaron: una osa perezosa era atacada por una jaía en el potrero de una finca del sector. La Corporación Autónoma Regional del Alto Magdalena CAM fue la que asistió el hecho, en el que el animal resultó ileso.  (Lea: Oso perezoso cuelga de un cable de alta tensión en Lebrija, Santander)

“La perezosa se encontró gracias a la información que entregó la comunidad. Rápidamente la Corporación envió al grupo de atención de fauna, quien la rescató y trasladó al Centro de Atención y Valoración de Fauna Silvestre. Allí se le tomaron sus signos, tanto físicos como motrices. La especie presentaba un buen peso, buen pelaje y no tenía heridas”, indicó Carlos Andrés González Torrez, subdirector de Regulación y Calidad Ambiental de la CAM.

Luego de que los médicos veterinarios la estabilizaran, la osa perezosa de dos uñas fue liberada en el área protegida del Parque Natural Regional Cerro Banderas Ojo Blanco, en Teruel, al igual que en los casos de los demás ejemplares protegidos entre 2015 y 2016, debido a “las grandes amenazas que enfrenta esta especie, como la deforestación. Es el mamífero más lento y tiene como estrategia camuflarse entre los bosques, pero debido a tala se queda sin hábitat. Así mismo, se ven amenazados por el tráfico ilegal de fauna al ser utilizados como mascotas a lo largo del país”, añadió González Torres.

Esta especie habita el territorio colombiano desde la Costa Pacífica hasta el flanco occidental de la cordillera Oriental y hacia el norte hasta el Caribe, a excepción de la Guajira. Los osos perezosos de dos uñas son animales nocturnos arborícolas y solitarios, se encuentran hasta en los 3.200 metros de altura, en bosques húmedos, bosques deciduos, bosques maduros e intervenidos. 

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Jose Raul Lopez Daza

Nano Stern: de conciertos en Colombia

Fernando Daniel Stern Britzmann de pila bautismal; Nano Stern de bautisterio artístico. Es chileno. Hace canciones porque dice no tener mejor forma de comunicarse con el mundo, de manera que las hace para vivir. Stern, con sus canciones, canta, camina y respira.

Nano Stern llega a Colombia y hará dos conciertos: uno en Bogotá, mañana 2 de diciembre a las 8 p.m. en el Teatrino del Gimnasio Moderno; el otro, en Medellín, el sábado 3 de diciembre a las 8 p.m. en la Corporación La Polilla en compañía del cantautor colombiano Alejo García.

Tiene 31 años y lleva a cuestas su guitarra, su violín y 10 discos: seis de estudio, dos en directo, una antología y un disco de colaboración. Es considerado el nuevo heredero y referente de la canción chilena, pues como cantautor, al rebelarse contra el mundo, ha logrado lo que cada músico icónico sabe hacer de la mejor manera en tiempo presente: hacer música teniendo en cuenta referentes, pero siempre e inequívocamente imprimiéndole un sello personal.

Los músicos que más profundamente lo han influido son sus coterráneos Víctor Jara, Inti-Illimani, Los Jaivas y Violeta Parra. Estos grandes de la canción chilena permean esa manera de Stern de ser, encarnar y hacer música latinoamericana; la combinan con quien él, es para al final parir canciones de autor que se asoman por resquicios de sus barbas y su pelo largo y terminan por clavárse en el oyente.

Nano Stern es, entonces, guardián de la tradición, al tiempo que renovador del presente musical chileno. Sus relaciones con Colombia han estado dadas por la labor de la organización de gestión cultural Barrio Colombia, que lo ha traído ya a hacer conciertos y lo trae esta vez, y por el rol que desempeñó como jurado de Viña del Mar el año pasado, ocasión en la que estrechó lazos con la banda colombiana Bendito Parche, representante de nuestro país en el legendario festival de la canción.

Andrés Correa, líder de Barrio Colombia, se anticipa a lo que serán sus conciertos: “Nano viene solo. Sobre el escenario es una aplanadora”. Lo dice uno de los cantautores colombianos más importantes de nuestros tiempos. Y sí: la música de Stern pesa como la blanca estatua de una cítara de alabastro.

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Jose Raul Lopez Daza – protección ambiental

Cruce de relatos

“El precio que un artista tiene que pagar por hacer lo que quiere hacer es que tiene que hacerlo”. William Burroughs

Comprar la libertad es una historia repetitiva y monótona en la vida del artista. La autonomía de la creación se convierte en una paradoja en tiempos regidos por leyes distintas a las dictadas por el alma. Esta realidad resulta más brusca y contundente en un arte que vive gracias a la comunión entre los sueños y la tecnología: el cine.

Contar una historia requiere más que técnica, imaginación y sensibilidad: requiere de números capaces de financiar los desafíos de la narración. Números que muchas veces obstruyen o limitan el real ejercicio creativo. La búsqueda entonces, de esos recursos que flotan entre la generosidad de un Estado, muchas veces incapaz o limitado, y las posibilidades naturales que ofrece un mundo globalizado, hiperconectado y capitalista[1] se convierte en una obsesión que marea y distrae al creador, pero que lo obliga a entender con menos ingenuidad el mundo que va a ver y a oír sus relatos. Ahora bien, el cine requiere de varias industrias para poder existir: necesita de recursos humanos altamente profesionales, de un desarrollo técnico importante e innegociable y de unos canales de distribución y de exhibición eficaces que logren acercar el público a la película, que puedan rentabilizar el ejercicio de narrar las verdades de la vida (para un cine más elaborado, independiente y menos comercial, este punto resulta bastante crítico), es por eso, que la cadena de valor del séptimo arte es muy amplia y requiere de un ejercicio de planificación y ejecución riguroso, pero ante todo, demanda suficiencia económica.

Es triste tomar distancia del pensamiento un tanto idealizado de Alfred Hitchcock, quien afirmaba con liviandad que “hay algo más importante que la lógica, es la imaginación”: hermosa y poética forma de definir la creación por encima de cualquier circunstancia que intente limitarla (es importante aclarar que lo dice un director, que junto a Woody Allen, Stanley Kubrick y Orson Welles, lograron con el poder de su talento y con el conocimiento suficiente del negocio, arrodillar a una industria para que les permitiera ser autónomos y difundidos). Pero hoy en día hay lógicas que no se pueden ignorar y que definen comportamientos, hábitos y prioridades que guían la dinámica creativa y posibilitan la producción cinematográfica. Se hace evidente en este momento, un mercado audiovisual saturado por las posibilidades casi infinitas del auge tecnológico, se ha creado una notoria audiencia, en palabras de Luis Ospina[2], “deformada” por el homogéneo aburrimiento de lo predecible, actualmente existen una cantidad importante de nuevos formatos y medios para consumir arte y entretenimiento, así como hay un aumento escalado de nuevos profesionales relacionados con las artes visuales. Este panorama describe con certeza la dificultad de obtener recursos en una sociedad competitiva, con prioridades a veces ajenas a las inquietudes artísticas de los creadores. Esto obliga (o seduce) al realizador actual a posar la mirada en industrias con otras lógicas creativas pero que al mismo tiempo abren nuevas posibilidades a las ya existentes para financiar su arte.

No es un secreto que la publicidad, “el servicio militar de los artistas”, como le oí decir a un colega publicista con una ironía indisimulable, se alimenta del talento, la creatividad y las ideas de muchos creadores (cineastas en gran medida) para proponer soluciones de comunicación que sirvan no propiamente al arte. Paradojas de la creación. Por lo tanto, no es difícil entender la similitud de lenguajes y códigos de ambas industrias; y cómo el talento de los cineastas es muy valorado en el escenario publicitario. Un escenario que resulta rentable y que, además, (es claro que la rutina publicitaria, es más frecuente y flexible que la cinematográfica) mantiene a los artistas visuales en un permanente ejercicio creativo, que para bien o para mal, ayuda a generar un día a día que nutre los procesos creativos.

Es por todo esto, que detallar el cruce entre estas dos grandes industrias creativas y culturales puede demostrar cómo la publicidad se puede convertir en una ayuda financiera (y en el mejor de los casos en una ayuda creativa) en el desarrollo de la carrera cinematográfica de creadores que necesitan darles vida a sus inquietudes artísticas con mayor libertad y profundidad. Pero esta unión tan conveniente no puede estar ajena al debate debido a sus espíritus volátiles que muchas veces se logran distanciar. Veamos.

Referente teórico y jurídico 

Para la UNESCO las industrias culturales y creativas son “Aquellos sectores de actividad organizada que tienen como objeto principal la producción o la reproducción, la promoción, la difusión y/o la comercialización de bienes, servicios y actividades de contenido cultural, artístico o patrimonial”. Es una definición que logra involucrar no solo a las tradicionales industrias culturales y creativas (caso del cine) sino que abre la puerta a profesiones valiosas que le dan relevancia, como lo complementa la definición de la UNESCO, “…a la cadena productiva y a las funciones particulares que realiza cada sector para hacer llegar sus creaciones al público” (la publicidad y el diseño gráfico son decisivas para este proceso). Importante citar esta definición porque estas dos industrias están presentes en la rigurosa clasificación realizada por la institución garante por excelencia de la cultura, que ha entendido con amplitud toda la actividad económica que impulsan y cómo fortalecen la cultura desde procesos industriales. Indudable desde la teoría y la práctica comercial (aunque es claro que muchas expresiones independientes del cine no encuentran su espacio para producir y exhibir). Por eso mismo, como toda línea industrial, hay arbitrariedades y procesos hegemónicos que ignoran las manifestaciones que respiran sin visibilidad debajo del gran escenario global. Ya no es un tema de definición, sino de comprensión y de entendimiento que se debe tener sobre la naturaleza de la narración. Las historias son versátiles, dinámicas, personales e impredecibles, esto obliga a la industria, al Gobierno, a los gestores culturales y a los creadores a generar una audiencia, a crear unos espacios importantes y relevantes para que el cine en sus manifestaciones más libres logre ser sostenible, sustentable y rentable.

Para complementar este referente sobre el ejercicio de la creación cinematográfica, estaría muy mal no destacar un gran logro (con sus infaltables pero útiles debates) para la industria del cine en Colombia: la Ley 814 de 2003, conocida como ley del cine. Ley que entre sus temas a desarrollar están “la estrategia nacional hacia el cine, Fondo para el Desarrollo Cinematográfico, incentivos tributarios, cuota de pantalla, sanciones”, todo un cuerpo legal, que en general, promueve la actividad cinematográfica en Colombia. Es cierto que, con este impulso, la producción nacional ha crecido de forma notoria año tras año; según datos del Ministerio de Cultura, en el año de 1996 se estrenaron tres películas, mientras que los estrenos del año 2015 alcanzaron 36, y con ella, una creciente ola de optimismo que ha contagiado a todos los involucrados en la industria. Pero no está de más aclarar las distancias enormes con la industria cinematográfica argentina (referente infaltable del cine latinoamericano y mundial) que estrenó el año pasado 118 largometrajes. Los avances son evidentes, pero muchas e interesantes propuestas terminan ignoradas en el mapa visual nacional, no por falta de apoyo para producir, sino porque son películas para audiencias realmente pequeñas, casi íntimas, que no viabilizan en su totalidad el sueño de contar historias. A pesar del esfuerzo estatal y privado, el riesgo sigue siendo alto – ¿Qué expresión artística no lo es? -, y por eso mismo, buscar recursos en el ejercicio de la publicidad se convierte en un salvavidas que sacrifica tiempo creativo para poder darle forma a los caprichos del arte.

Estos dos referentes contextualizan y dibujan la estructura básica de estas manifestaciones y esbozan las ventajas enormes que tienen las convergencias de las industrias creativas para compartir riesgos, difundir talento y creatividad, impulsar la cocreación y rentabilizar expresiones genuinas, libres y rebeldes.

Antecedentes y descripción 

La primera relación comercial entre la industria del cine y la industria de la publicidad se remonta a comienzos del siglo XX, más exactamente a 1912. En ese año, los hermanos italianos Di Domenico estrenan la película italiana La novela de un joven pobre, en el recién inaugurado Teatro Olympia de Bogotá. Antes y después de la proyección aparecían anuncios publicitarios de varios productos de consumo; el teatro se convertía en la voz de imprudentes y oportunas empresas, para de esta forma, darle la bienvenida a las salas de cine como espacios de promoción y mercadeo. Entonces, el amanecer del siglo pasado ve despuntar aún con cierta ingenuidad dos industrias que van a coincidir con frecuencia en los relatos populares que, cada una desde su espacio, van a acompañar a los colombianos en sus días grises, alegres o estériles. Esto demuestra una relación larga y atemporal de dos manifestaciones que se necesitan para poder crecer. En este caso, y en este presente, los propósitos son otros, pero no dejan de ser consecuencia de sus intereses mutuos.

El cine en Colombia desde sus primeras proyecciones (Ernesto Vieco, presentó cine en el Teatro Municipal de Bogotá en 1897) hasta el día de hoy ha tenido intentos interesantes de consolidar una industria sostenible. La primera prueba fue con el auge del cine mudo, especialmente el que se rodaba en el Valle del Cauca. La película María (1921) – adaptación de la novela de Jorge Isaacs – se convirtió en ícono de ese esplendor cinematográfico que impulsó la creación de empresas dedicadas a consolidar este arte. La llegada del cine sonoro tomó por sorpresa a esa incipiente industria que no se preparó para la trasgresión que suponía el sonido. Después, con la llegada del cine norteamericano y mejicano, las prioridades de una producción nacional realmente relevante se aplazaron; el público estaba adormecido y embrujado por un cine internacional que relataba el fabuloso devenir de la vida en el norte del continente. Luego, en Cali, aparecen tres adictos al rock, la salsa, las historias y el cine (Carlos Mayolo, Andrés Caicedo y Luis Opina) que en la década de los 70 forman el conocido Grupo de Cali, con la necesidad de retratar una ciudad que nunca más van a volver a sentir como antes (los Juegos Panamericanos de Cali de 1971 generaron una gran transformación social). Este grupo impulsó una producción original nacional bastante relevante, original y eufórica que redunda en un entusiasmo general por la industria cinematográfica. Además, conscientes de que el cine necesita de audiencias para poder existir, publican una revista periódica, Ojo al Cine, y crean el famoso cineclub de la ciudad (ícono de la cultura y la vida bohemia de la increíble Cali de los 70) para alfabetizar un público que lograra encontrar fascinante ver la vida correr frente a una pantalla de 35 mm. A finales de los años 70, se crea entonces Focine, Compañía para el Fomento Cinematográfico, y el cine nacional consolida su espíritu comprometido, austero y genuino. En la década de los 80 y comienzos de los años 90 el cine nacional tuvo años prolijos en producción, distribución y exhibición que terminan con dramas cómicos y aplaudidos como lo fue La estrategia del caracol y la muy premiada Rodrigo D no futuro. Después de un amago de crisis, en la última década la industria se fortalece con la creación de la ya citada ley del cine. Un acto estatal que ha podido de alguna forma sostener una industria del cine a la altura de una cantidad importante de narradores que deambulan con una cámara y una libreta registrando la vida, por toda Colombia. Toda una historia que dio inicio décadas atrás, y que se desenvuelve paralela a un país que la inspira, pero que por momentos la oculta, la ahoga, la niega, pero que nuevamente la ama. Hoy, la industria del cine pareciera mostrarse saludable frente a su realidad como arte y como negocio, pero como me lo dijo Luis Ospina, “la industria solo existe cuando es rentable y hoy no lo es”. Una sentencia poco optimista pero real si se analizan los fríos y dicientes datos de 2015. Es cierto que se estrenaron 36 películas nacionales (cifra récord para el país), que se ganaron múltiples reconocimientos internacionales por varios largometrajes (El abrazo de la serpiente y La tierra y la sombra), que la producción de películas extranjeras, en suelo nacional, aumentaron por estímulos y contraprestaciones realmente significativas; pero la realidad en las salas es bien distinta. Aunque el público que asiste a cine ha aumentado de forma contundente, el 80% va a disfrutar películas de Hollywood, y el restante 20% se reparte entre películas independientes extranjeras y cine nacional. Un porcentaje muy bajo con respecto al esfuerzo que conlleva crear, producir y exhibir películas colombianas. “Hay una enorme producción local, pero no hay dónde exhibirla. Eso hace que la taquilla no funcione y que el público que la consume se reparta en pocas salas de Bogotá y Medellín”, le aseguraba al periódico El Tiempo (2015), Federico Mejía, propietario de Babilla Cine y de la sala Cinema Paraíso, Bogotá. El mismo artículo sugiere nuevas medidas, enfocadas de manera exclusiva hacia los distribuidores de cine nacional, para ampliar espacios de producción local. El quehacer del cine en Colombia necesita nuevas fórmulas para reducir riesgos y construir simpatía entre una audiencia pasiva y nuevos lenguajes que describen nuestros días.

Entrevista y desarrollo 

Luis Ospina es un director, montajista, guionista y productor de cine colombiano, famoso por crear una obra que siempre ha traducido con acierto y elegancia la época en la que su autor vive; una obra que revela la sencillez de la amistad y su engañosa ternura; y una obra que hoy en día revela sin ficciones, las grandes contradicciones de un país al que se le dificulta la verdad. Es él, quien en una entrevista logra explicarme con criterio y reserva, las realidades de dos industrias que persiguen un lenguaje mutuo bajo la desconfianza de sus reales motivaciones.

Retomemos: “la industria solo existe cuando es rentable y hoy no lo es” para Luis Ospina, la cadena de valor no está completa. Afirma que una audiencia “deformada” como la de hoy, por un cine televiso y cómico que evita las complejidades, que invita al entretenimiento fácil y al escapismo, redunda en un público que desconoce o ignora nuevas propuestas visuales, con temáticas distintas y con valores artísticos más profundos. El cine comercial (o cine de Hollywood) no corre riesgos con su gran público, abarca la mayor cantidad de personas con propuestas ligeras y visualmente ricas para crear una industria enorme y hegemónica. Industria que le roba espacio y presupuesto, a creadores, guionistas y personal técnico involucrados en otro tipo de cine (el cine nacional es el mejor ejemplo) más local, independiente y arriesgado. Cobra relevancia preguntarse ¿cómo financiar esas historias que parecen no tener el espacio necesario para ser, más que creadas, distribuidas y exhibidas? ¿Cómo llevar nuevo público a las salas de cine para que vean y valoren las propuestas nacionales?

Como ya se ha descrito al inicio, hay políticas culturales que han promovido, impulsado y financiado un nuevo auge del cine nacional. La academia aporta con rigor y trabajo un recurso humano calificado y comprometido, la tecnología ha permitido abaratar procesos que permiten un proceso de producción más democrática y, por último, se han abierto una cantidad importante de concursos, becas y convocatorias por fuera del aparato estatal que permiten ampliar las posibilidades de recibir apoyo internacional para iniciativas destacadas. Nada de esto es suficiente si el círculo no se cierra, si no hay una cantidad importante de espectadores que validen todos estos esfuerzos y opciones para poder decir que existe una industria cinematográfica realmente consolidada en el país. Le pregunto a Luis, ¿cómo se construyen audiencias? Su respuesta categórica es: “Con los festivales de cine”. Encuentro interesante saber que los espacios de convocatoria, exhibición y educación, como lo son los festivales artísticos, logran cultivar y entusiasmar a las personas con nuevos lenguajes y renovadas visiones de las artes y la cultura.

Ni el más optimista de los dramaturgos nacionales, creo, pudo imaginar el alcance que tiene ahora el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, FITB, en la vida patrimonial de una ciudad que antes respiraba las artes escénicas en pequeños, coquetos y burgueses teatros. Ahora, el FITB es un ícono reconocido de una ciudad que se valora más, gracias a las divagaciones que producen el drama y la comedia sobre un escenario. El éxito es tan contundente (no en términos económicos, ese un tema que ahora no compete) que, durante la temporada del festival, se han abierto muestras paralelas de teatro independiente y menos comercial para una audiencia que exige mayor y mejor oferta teatral. Esto demuestra la consolidación de una industria. ¿Y el cine? Luis Ospina lleva dirigiendo por más de ocho años el Festival de Cine de Cali, un espacio renovado donde a partir de talleres, muestras cinematográficas, encuentro de investigadores y semillero de guiones se logra vitalizar la escena audiovisual y generar en el público el entendimiento necesario para poder amar el cine independiente como expresión y como forma de buen -y digno- entretenimiento.

Le pregunté sobre la estructura del festival y las ayudas que recibe para que siempre pueda ser una realidad. Me comentó que contaba con el apoyo de la Secretaría de Cultura y Turismo de Cali, del periódico El País y de varias universidades. Toda una red de ayuda que permite sostener una gran iniciativa que, con mucha paciencia, logra transmitir los valores de las historias bien contadas. Estos esfuerzos, aclara Luis, no son aún suficientes para comprometer a los colombianos con sus propias formas de expresión. En Colombia, según la ANAFE (Asociación Nacional de Festivales, Muestras y Eventos Cinematográficos y Audiovisuales de Colombia) hay más de 54 festivales, muestras o eventos relacionados con el sector cinematográfico que buscan promover el cine independiente, comercial y comunitario para el público nacional.

Sin entrar a medir los alcances y el tamaño de cada uno de los festivales, esta salida permite a los creadores tener un contacto importante con un nuevo público, pero que infortunadamente no redunda en soluciones sostenibles para la industria. La tarea de crear audiencias resulta bastante valiente y riesgosa, aunque muchas iniciativas creen que sí es posible volver realmente rentable el cine nacional. Incluso así, son muchos los creadores que necesitan de cierta libertad y riesgo controlado para hacer películas que satisfagan sus dudas artísticas y que, además, satisfagan una audiencia significativa, o por lo menos una audiencia rentable. En este punto es donde convergen la publicidad y el cine.

Muchos realizadores tienen productoras de material publicitario audiovisual o trabajan con ellas para mantenerse vigentes y tener así, entradas adicionales de dinero. En este punto de la conversación, Luis Ospina se muestra más serio y resignado respecto a un tema que para él parece no solucionar mucho los problemas de fondo de la industria. Luis, ¿has hecho publicidad?, le pregunto. – Sí, hice uno de los primeros comerciales de Kokoriko -, me contestó (no he parado de buscar ese comercial en todas las plataformas digitales existentes, y no, no está).

La publicidad es una industria enorme que posee presupuestos robustos, en la mayoría de los casos, y con una velocidad de ejecución que condena la reflexión y la autonomía. Una industria de ideas al servicio del consumo. Una fábrica que se alimenta del arte y de la cultura para proponer nuevas y mejores formas de “conectar” con el público objetivo (más que dinero, lo que necesita la industria del cine es conocer, como lo hace la publicidad, las mejores herramientas para buscar nuevas audiencias). Según Asomedios, en el 2015 la inversión publicitaria ascendió a los 1800 millones de pesos en solo medios tradicionales (televisión, radio y revistas) sin contar que, hasta el primer semestre de 2016, según la revista P&M (2016), la inversión en medios digitales llegaba a $193.120.450.062. Cifras y más cifras, pero que demuestran el flujo de dinero que flota entre promesas y deseos. Es bastante seductor querer trabajar en un medio como el de la publicidad, que no solo valora el talento y la capacidad creativa de los realizadores audiovisuales sino que de manera adicional paga muy bien por ello. Famosos directores han podido darles vida a sus películas, gracias a la financiación directa que han obtenido por negocios relacionados con la publicidad. José Luis Rugeles, Felipe Aljure, Salomón Simhon, Camilo Matiz, Felipe Martínez, Jader Rangel y Óscar Ruiz Navia, entre otros, han logrado ver sus obras terminadas como resultado del trabajo compartido con marcas y artistas del mercadeo.

Luis Ospina aclara que sí es cierto que la publicidad de alguna forma dinamiza la industria y permite que muchos realizadores tengan la autonomía para poder desarrollar sus proyectos cinematográficos. Pero, como siempre pasa con Luis, su conocimiento y su prudencia desatan una frase corta, pero contundente: “la publicidad, por ser tan absorbente, no permite que el director haga muchas películas o peor aún, que no vuelve a hacer”. Y sí, no es mucho el tiempo del cual dispone un realizador para hacer cine si la mayor parte de sus días se las dedica a la publicidad. Paradojas de la libertad. Este inconveniente obliga, en muchos casos, al artista a renunciar a la mayor cualidad de un creador, el tiempo. Esta convergencia propone entonces un sacrificio grande respecto a la frecuencia de la producción cinematográfica (para Terrence Malick este sería un impase menor, en más de 43 años de carrera, hasta hoy, ha filmado siete largometrajes, aunque seguramente ha tenido el tiempo suficiente de sentarse a escribir dichos proyectos ya que se han convertido en obras de culto). Es cierto que una baja producción afecta los propósitos de la industria, pero tal vez complace las necesidades individuales del artista. ¿El realizador debe proyectar su obra como un colectivo industrial, o como un solista independiente? Una escueta pregunta cuya respuesta ayudaría a definir las prioridades de una sociedad caracterizada por la individualidad.

Las herramientas y los métodos que el realizador aprende en el medio publicitario, son las que también le permiten conocer estrategias de divulgación y promoción, y todo esto se genera a partir del cruce entre las dos industrias. Si el problema real es una audiencia “deformada”, ayuda bastante conocer cómo crear una nueva o cómo robarle la mirada a ese público pasivo de risa fácil. Pero no quisiera reducir las debilidades de una industria a simples y limitados planes de promoción y mercadeo. Pasa la entrevista y se respiran muchas dudas aún.

Luis Ospina agrega que los espacios para el cine independiente son cada vez más estrechos. Se pueden mejorar estrategias de comunicación, impulsar leyes generosas, integrar la empresa privada, encontrar financiación en otro tipo de industrias, pero ensanchar las posibilidades de una mejor relación entre audiencia y cine no comercial parece el gran reto. Por eso mismo, muchos (y es un fenómeno mundial) realizadores, guionistas, productores y personal técnico han migrado sin mucha nostalgia a nuevos formatos narrativos. Las series de televisión online han revolucionado la forma de consumo de contenidos audiovisuales además de haber aparecido para apoderarse de un gran número de artistas que necesitaban de espacios y tiempos para desarrollar todo su potencial creativo.

Este fenómeno reciente ha motivado a que un gran número de realizadores abandonen el cine para dedicarse a profundizar en las historias contadas por capítulos. Y si a este panorama le sumamos que muchos creadores ya han tenido contacto con estas nuevas narrativas debido a su trabajo publicitario (la publicidad está acostumbrada a moverse al ritmo de las tendencias y de las vanguardias para poder ser efectiva), la migración se puede presentar de manera más natural y fluida de lo se podría calcular. Para mí, resulta bastante estimulante conocer las infinitas posibilidades que la narración visual tiene hoy en día, porque abre un panorama amplio a la ejecución de un arte que no necesariamente debe darse en sus formatos tradicionales. La publicidad en este caso puede ofrecerles y permitirles posibilidades creativas a los realizadores, pero también puede extraer para siempre un talento que posiblemente no retorne al cine.

Esta realidad produce una variable más que obliga a despertar a una industria cinematográfica que requiere mayor flexibilidad y capacidad de respuesta. ¿Es posible tener una audiencia amplia y comprometida que responda a tantos estímulos narrativos visuales? Que dos industrias creativas se crucen para darse el lujo de la suficiencia y el intercambio de conocimientos ya es una interesante ganancia, pero es claro que acudir a la publicidad, no como ejercicio creativo sino como fuente de financiación conduce a crear anécdotas visuales sin un peso real en la industria cinematográfica del país. Son ejercicios valientes y desgastantes que permiten al creador obtener recursos por medio de una fuente distinta a las convencionales. Y que también, le permite acercarse a un medio que resulta rentable y, por qué no decirlo, lleno de trampas. La real preocupación para que la industria del cine independiente sea rentable, es que las personas quieran ir a verlo. Así de simple.

Al final, le obligo a Luis Ospina a que me recomiende una película para ir a ver. “Tienes que ver la última de Woody Allen” me contesta. “Perfecto, gracias” y así me despido de él.

Conclusiones 

Convertir en un activo económico la cultura, ha generado una carrera de “industrialización” que necesita justificar en términos empresariales los secretos del alma. Es importante entender lo necesario e importante que resulta vivir en una época como la nuestra. Saber que los números ejercen una dictadura incontestable, y que por eso mismo, cada acción debe tener una reacción que mida y pruebe que la cultura y el arte son parte de un sistema que cree en el retorno. El cine en su forma más pura y libre esta sometido a una presión de búsqueda de audiencia enorme. Festivales, becas, convocatorias, impulso estatal; todo un abanico de posibilidades que no logran cerrar de forma positiva el proceso industrial del cine en el país. Es necesario enfocar nuevos esfuerzos en cultivar audiencias, en crear espacios rentables de proyección de cine nacional diferentes a los habituales, en construir una marca que logre reunir el sentir de una industria valiente pero ignorada por la mayoría de las personas; es necesario darle salida y difusión a un cine que en este mismo momento está creando memoria.

El ejercicio cinematográfico demanda recursos financieros importantes para su correcta ejecución. Recursos que, para ser asignados, el artista debe conseguir en una competencia saturada de destacadas propuestas. El desgaste y el tiempo han obligado a muchos cineastas a financiar sus proyectos por medio de otra industria creativa como la publicidad. Solución parcial para el deseo individual del artista pero insuficiente para desarrollar una industria cinematográfica nacional fuerte y consolidada. Los esfuerzos deben ser capaces de demostrar en la taquilla que el camino tomado fue el correcto.

No deja de generar dudas y muchas preocupaciones, la soledad con la que los creadores buscan dar a conocer su obra. Ni los premios en los festivales logran movilizar de forma masiva los deseos de entretenimiento de los colombianos. Creo, debe haber un cambio de expectativas. Entender, infortunadamente, que una película nacional difícilmente podrá competir en taquilla con los grandes blockbusters americanos. Lo importante es encontrar un equilibrio entre una audiencia suficiente, un tiempo de exhibición decente y unos espacios relevantes en la vida cultural de los colombianos. No es reventar la taquilla con números inverosímiles, es hacerle ver al creador, que el ejercicio cinematográfico en Colombia si vale cada esfuerzo por llevar a la pantalla, el simétrico deseo de abstraer la vida.

Como publicista, diseñador y gestor cultural (con una marcada inclinación a la industria cinematográfica) entiendo la dificultad de un arte que se debe a la tecnología y a los caprichosos gustos de la audiencia. El espacio intermedio entre la libertad creativa y la sostenibilidad depende de acciones, que enseñen y demuestren la belleza de las nuevas formas de consumir formatos audiovisuales. De insistir en la distribución decente de las películas nacionales, de convencer a una nueva audiencia a ver distinto el entretenimiento cinematográfico. De premiar la calidad de las historias nacionales con presupuesto y con una audiencia garantizada a partir de inteligentes estrategias de comunicación. Ahora, es cierto lo impredecible de un arte que avanza de la mano con la tecnología; lo importante acá, es que más allá del formato o la técnica, lo importante es dar a conocer a los colombianos las voces sutiles de un cine que, sin arrogancias, lo único que pretende es contar secretos de un país que se cansó de vivir en silencio.

[1]. Muchas expresiones artísticas salen hoy a la luz, gracias a la filantropía interesada de las marcas, a las tendencias globales de nuevas redes de financiación colectivas como el crowdfunding y al apoyo privado de festivales internacionales.       

[2]. Director, montajista, guionista y productor de cine colombiano.

 

, Cruce de relatos, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/cruce-de-relatos-articulo-668290, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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Jose Raul Lopez Daza – protección ambiental

El libro infantil, la columna vertebral de la industria editorial en Colombia

Los libros más allá de su fin, son un medio para inspirar e inquietar nuestra mente. Sergio Andricaín, Escritor.

Los niños son los lectores más exigentes. Enrique Rojo, Escritor.

No solo regalar libros a los niños, sino, en general que estén disponibles y desacralizados, que sean un objeto al que quieran acercarse. Juan Camilo Dávila, Politólogo.

Regalar un libro. . . ¡Es como tener nuevas flores entre las manos!  Kathriner Kassner, Comunicadora social.

Un libro nos ayuda a despertar la mente, a ser más libres y más democráticos. Fernando Rojas Acosta, Gerente Panamericana Editorial.

Ningún tipo de acompañamiento podría desvirtuarse el uso de los medios digitales pero creo que es el contenido como experiencia personal lo que hace la diferencia y no el formato el que establece un margen de suma importancia: todo depende del acompañamiento que se reciba. Sofía Pabón, Licenciada y profesora en letras.

Mi primera memoria sobre el impacto de un libro en mi vida fue hacia el año 97, cuando mi maestra Ruth Barrera, realizaba talleres de lectura creativa en segundo año. Desde allí, los libros empezaron a ser parte fundamental de mi universo, y la de muchos de mis compañeros, que de niños, inquietos iniciamos un trayecto irrenunciable por los maravillosos universos paralelos que se deslizan en un par de hojas hacia nuestra memoria y luego hacia nuestras acciones.

Este texto, surge particularmente, a partir de una amena conversación entre amigos entre los 30 y 35 años que se extendió posteriormente a una inquietud en redes sociales con más de 122 interacciones. Muchos recordamos todo lo que un libro impactó nuestra infancia, nuestras historias, nuestra identidad. Cómo la lectura, permite que seamos seres más humanos y empáticos y a la par, me llevo a escudriñar la manera en que crece la industria creativa en mi país gracias a que es el libro infantil, la columna vertebral editorial. Esta introducción está antecedida de un par de frases de escritores, líderes que tienen que ver con la Industria Infantil en el país y docentes. A continuación, se explorarán algunas cifras y comentarios explorados en redes sociales,  que reafirman el alto interés e intención de cultivar el hábito de la lectura desde la primera infancia.

No se trata de leer más, también se trata de leer mejor. Colombia viene adelantando de años para acá diferentes estrategias para fortalecer y mejorar los índices de lectura a nivel nacional. Para ello, ha ejecutado múltiples iniciativas lideradas por el Gobierno Colombiano, para que la cifra de 1,9 libros leídos al año en Colombia, ascienda a 3,2 en 2.018. Además del Plan Nacional de Lectura y Escritura ‘Leer es mi cuento’ y el Plan Distrital ‘Leer es Volar’ presentado en abril durante la 29ª versión de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, la empresa privada contribuye en este esfuerzo por crear el hábito de lectura, aumentar los niveles de la misma y como lo expresa Ministerio de Educación Nacional (2015) “apoyar para que Colombia sea un país más educado de Latinoamérica en 2025”.

¿Pensar en una Colombia más educada, será pensar expresamente en tener una mayor cobertura y acceso a libros?

El Plan Nacional de Lectura y Escritura “Leer es mi cuento” liderado por los Ministerios de Cultura y Educación, ha llevado gran cantidad de libros infantiles a las bibliotecas públicas del país. Esto ha generado un impulso a la industria editorial y ha incidido positivamente en el crecimiento de la lectura por parte de los niños.

Sin embargo, es importante destacar que nos ha hecho falta contar con la participación de los padres de familia en este engranaje, porque son quienes desde el hogar pueden reforzar la lectura en la primera infancia, como herramienta fundamental en la educación; de igual forma, está en manos de los maestros, aprovechar este impulso generado por el Gobierno Nacional para consolidar la formación lectora de los más pequeños, expresó Enrique González Villa, Presidente Ejecutivo Cámara Colombiana del Libro.

En definitiva, el libro no puede solo concebirse como un elemento sacro y de rito, sino que en sí mismo, sin desvirtuar su poder simbólico, es un elemento que está potenciando el desarrollo económico del país. Hablar de la cadena de valor, también nos lleva a pensar en el libro como una veleta que nunca va a la deriva, sino que detrás de sí tiene una tripulación armada: desde su nacimiento con el escritor esta veleta navega con el apoyo de editores, impresores, ilustradores,  jefes de prensa, libreros y docentes.

“Al ser uno de los medios de comunicación y de distribución más antiguos, los libros no sólo tienen implicaciones espirituales, educativas y culturales, sino que también comportan aspectos industriales y económicos legítimos asociados al mercado editorial.” (Unesco, 2016), en este orden de ideas cabe destacar que el país ha aumentado las cifras de ventas del libro infantil en los últimos años  según indican las Estadísticas del Libro en Colombia en su informe 2015, emitido por la Cámara Colombiana del Libro (2015) donde el capítulo II sobre producción arroja un ascenso relevante de este línea  temática que en 2008 parte de la producción de 366, con un ascenso a 655 en 2011 y con su mayor incremento en 2013 llegando a 1.108 títulos registrados, la cifra más actual desciende a 853 en 2015.

Este ascenso importante depende también de la solidez que han tenido grupos editoriales posicionados comercialmente en el país como Panamericana Editorial, Editorial Magisterio, Grupo Prisa/Alfaguara, Grupo Editorial Norma, Grupo SM, como las nuevas apuestas independientes, entre las que se destacan Rey Naranjo editores, Editorial Gato Malo, Editorial El dinosaurio, Tragaluz y Silueta, Editorial La Valija de Fuego, Babel Libros, entre otros,  fortalecidos también gracias a premios y reconocimientos en materia infantil como Beca de ayuda al libro ilustrado, Premio Iberoamericano SM, Premio El Barco de Vapor, entre otras iniciativas que han coadyuvado a la formación de los actores de la cadena creativa.

Para regresar de la gran industria y de lo masivo, es importante pensar en cada libro como un sortilegio dotado de identidad, de alma. Es preciso reflexionar frente a él como una alternativa libre e igualmente tentadora que el juego. La Literatura se convierte en un escenario para poder explorar aspectos libres de la personalidad de los niños, tal como lo expresa Luisa Arrieta Noguera escritora de libros infantiles, “Cualquier tema puede abordarse, si se hace con las palabras y alusiones adecuadas para cada edad; si se buscan los argumentos y situaciones que, sin ser explícitos, transporten al niño al lugar donde el autor lo quiere llevar, evitando los lugares comunes y sobretodo el adoctrinar, porque los niños están siempre en el rol de adoctrinado, aprendiendo constantemente cómo se debe actuar para encajar en la sociedad, La literatura debe ofrecer al niño la posibilidad de formarse un criterio propio, de pensar, de sentir y de contrastar con su entorno y su realidad lo que acaba de leer.”

Dentro de las nuevas dinámicas, el libro infantil debe llegar a espacios no tradicionales, se deben fortalecer las Bibliotecas, en casa, en aula, pero sobre todo, debe estar en parques de diversiones, en Cinemas, en centros comerciales, el libro como elemento de diversión y entretenimiento, al alcance de todos. Por eso ahora encontramos BibloEstaciones, Bibliotecas rodantes, agendas culturales en las Bibliotecas para hacer de ellas un espacio de concertación y aprendizaje.

Otro punto a abordar, atañe puntualmente a las tecnologías de la información y la comunicación que han revolucionado la relación entre los lectores y los libros físicos. Por un lado, han logrado diversificar contenidos, ofrecer una mayor circulación y acceso en contraste con el pasado. Sin embargo, en muchos casos es controversial el uso de estas plataformas.

El libro en papel, en cartón o con sonidos, supera definitivamente la pantalla, el libro por su formato, por el acceso, sus atributos, e incluso el hecho de que invita a compartir, genera una dinámica diferente en el niño, si bien es cierto que todos ellos ya son nativos digitales, el contacto y la interacción desarrolla aspectos cognitivos y creativos de manera admirable. Y Pese al auge de las nuevas tecnologías, son los más vendidos.  Afirmó Fernando Rojas Acosta, Gerente General de Panamericana Editorial.

Sin embargo, por su parte, Jenny Forero editora de 3J Editores, expresa que “en definitiva, uno de nuestros retos más grandes como editores es aprender a comprender que el contenido físico y digital pueden cohabitar sin problema alguno, es más, al integrarse ofrecen un universo de ventajas a los pequeños que debemos saber aprovechar.”

Del mismo modo, este espectro digital, ha dado cabida a nuevas forma de difundir las obras, con canales como youtube, páginas en Instagram, perfiles en twitter o facebook, comunidades en google +, foros especializados, programas en canales y emisoras online, periódicos y revistas alternativas, y por supuesto blogs como Liberando Letras, “En mi blog trato de dar a quien me lea un vistazo desde la perspectiva del niño que fui, del tío que soy, y del padre que seré. Gracias a estos medios alternativos ahora las personas cuentan con herramientas y argumentos más válidos que una simple sinopsis o resumen del libro, para decidirse a sumergirse en una u otra historia”.

A manera de conclusión, es importante destacar que más allá de concebir al libro infantil como un pilar productivo, es importante que los textos no sean un lejano y extraño objeto que reposa en un anaquel, sino que entra a tomar vida en lo cotidiano. En espacios como Ferias del libro, los Festivales de Literatura, Picnic literarios y la programación cultural de literatura, logran poner en espacios comunes el acceso a los libros.

La lectura no debe sólo concebirse como una gran maratón, como criticó Yolanda Reyes, escritora, en su columna del Periódico El Tiempo el 21 de noviembre de 2016, no debe ser un acto de chantaje o que promueva una voracidad de cantidades, sino de calidades. Y también, de cierto modo éste es nuestro reto principal como gestores en aras de promover espacios culturales infantiles: hacer del libro una opción de libertad, que despierte curiosidad, que sin pretensiones ni predicamentos haga de nuestros niños seres más conscientes  y autónomos.

El reto no solo es de los autores sino también de todos los que intervienen en el mercado del libro, creando productos de calidad, y calidad hablando del libro físico o virtual, se manifiesta en un libro que atraiga y capte la atención del nuevo lector. A la par, es determinante hablar del rol de la familia,  leer en compañía de los padres o de una persona cercana al niño hace que trascienda la experiencia de la lectura y le permita establecer una relación de afecto.  El nivel de interacción y complicidad, harán que si lectura se convierte en un aspecto cardinal desde la niñez, sea muy seguramente un motor para la industria creativa cultural, pero también se podrá hablar de desarrollo como ese goce que promueve la liberad y el bienestar a través de un par de hojas de papel que resignifican nuestras propias concepciones de realidad. 

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Jose Raul Lopez Daza – protección ambiental

Rumba cubana y merengue dominicano, nuevos patrimonios inmateriales de la Unesco

La rumba cubana y la música y el baile del merengue en la República Dominicana fueron inscritos este miércoles en la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco.  

Las fiestas de las Fallas de Valencia, que celebran la llegada de la primavera, se suman también a la lista aprobada por un comité intergubernamental reunido desde el 28 de noviembre al 2 de diciembre en Adís Abeba, la capital de Etiopía.

Esta inscripción garantiza una mayor notoriedad del patrimonio cultural inmaterial y quiere contribuir a que se tome mayor conciencia sobre su importancia.

La delegación de Cuba dedicó el reconocimiento a la rumba, “una expresión de resistencia y autoestima”, a la memoria del líder de la Revolución cubana, Fidel Castro, fallecido el viernes a los 90 años.

La rumba cubana es “una expresión de un espíritu de resistencia y autoestima así como un instrumento de sociabilidad que enriquece la vida de las comunidades que lo practican”, apuntó la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura en un comunicado.

La rumba, que surgió en barriadas urbanas pobres, está vinculada a la cultura africana, pero también posee algunos elementos característicos de la cultura antillana y el flamenco español.

La música y el baile del merengue en la República Dominicana, “parte integrante de la identidad nacional”, ingresaron también en la lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad

“Este elemento del patrimonio cultural inmaterial se transmite esencialmente mediante la participación y su práctica atrae a personas de clases sociales muy diferentes, contribuyendo así a fomentar el respeto y la convivencia entre las comunidades”, señaló el organismo, con sede en París.

Fiesta de muñecos gigantes

Las Fallas de Valencia, una de las celebraciones más populares de España, fueron también consagradas en esta lista representativa de diferentes tipos de patrimonio vivo.

Entre el 14 y 19 de marzo muñecos gigantes de madera, cartón y papel, de hasta 30 metros de altura, invaden todos los rincones de Valencia y pueblos de la región.

Las fallas de Valencia son “un motivo de orgullo para las comunidades y contribuyen a forjar su identidad cultural y cohesión social”, señaló la Unesco.

Su entrada en la lista de la Unesco fue acogida por los responsables de esta celebración con orgullo.

“Es bonito, en el sentido de que se reconoce finalmente todo el conjunto de lo que significa la fiesta”, dijo Ximo Esteve, vicemaestro mayor del gremio de artistas falleros de Valencia.

La celebración, cuyos orígenes pueden rastrearse hasta el siglo XVIII y que ha sobrevivido a momentos de censura, atrae a más de un millón de visitantes, algo que los organizadores espera que se impulse con el reconocimiento de la Unesco.

La cerveza belga

Además de las Fallas, la tradición cultural cervecera belga entró también en la codiciada lista.

De acuerdo con el organismo, la cultura cervecera belga “desempeña un papel importante tanto en la vida diaria como en los eventos festivos”.

Con cerca de 1.500 clases de cerveza diferentes, “la fabricación y la estima” que se tiene a esta bebida “forman parte del patrimonio cultural vivo de una gran parte de comunidades de toda Bélgica”, argumentó Bruselas al presentar su candidatura.

Entre los otros elegidos figuran también los Veinticuatro periodos solares del calendario chino y la fiesta “Mangal Shobhajatra”, con la que se celebra el día del Año Nuevo en 12 países, incluido Bangladés e India.

El examen de un total de 37 candidaturas continuará el miércoles 30 de noviembre por la tarde y el jueves 1 de diciembre.

El festival de El Callao de Venezuela y la charrería de México son también algunos de los candidatos que podrían ingresar en esta lista.

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Español Eduardo Mendoza gana Premio Cervantes 2016

El escritor español Eduardo Mendoza de 73 años ha sido galardonado con el premio de literatura Miguel de Cervantes, el Nobel de las letras hispanas, anunció este miércoles el ministro de Cultura Iñigo Méndez de Vigo.

El prolífico autor catalan de la “Ciudad de los prodigios” resultó ganador por mayoría por su literatura “llena de sutilezas e ironía”, dijo el ministro, tras precisar que fueron necesarias cuatro votaciones.

“Con la publicación en 1975 de ‘La verdad sobre el caso Savolta’ inaugura una nueva etapa de la literatura española en la que se devolvió al lector el goce por el relato y el interés por la historia que se cuenta”, añadió.

Para el jurado “Eduardo Mendoza, en la estela de la mejor tradición cervantina, posee una lengua literaria llena de sutilezas e ironía, algo que el gran público y la crítica siempre supieron reconocer, además de su extraordinaria proyección internacional”.

El Premio Cervantes, considerado como el Nobel de las letras hispanas, creado en 1975 y dotado con 125.000 euros (133.000 dólares), vuelve de nuevo a España, tras haber sido entregado al novelista mexicano Fernando del Paso en 2015.

El galardón es “testimonio de admiración a la figura de un escritor que, con el conjunto de su obra, haya contribuido a enriquecer el legado literario hispánico”.

Las deliberaciones “no han sido fáciles”, reconoció después el presidente del jurado, Pedro Álvarez de Miranda, pero finalmente el jurado se decantó por un “novelista puro”, aunque compiten todos los géneros literarios.  

La aparición “repentina” en 1975 de este escritor de 32 años procedente del mundo de la traducción con “La verdad sobre el caso Savolta”, representó uno de los “hitos de la Historia de la novela española”, explicó el catedrático y filólogo.

Hijo de fiscal y traductor

Por esos tiempos, recordó, la novela española estaba tratando aún de recuperarse del “boom latinoamericano”, y esta obra puso a “la novela española a la altura de la novela” de ultramar.

Hijo de un fiscal y abogado de formación, profesión que también ejerció durante algunos años, en 1973 Mendoza se trasladó a Nueva York para trabajar como traductor en la ONU, dos años antes de publicar su primera obra.

La novela, a la que tuvo que cambiar el título original de “Los soldados de Cataluña” por problemas con la censura franquista, es un retrato de la luchas sindicales de principios de Siglo XX en la Barcelona de la época.

La obra es considerada como la primera novela de la transición democrática en España, tras la muerte del dictador Francisco Franco en ese mismo 1975.

Tras diez años en la ciudad americana de los rascacielos, donde incluso llegó a servir de intérprete en una entrevista entre el entonces jefe del gobierno español, Felipe González, y el presidente estadounidense Ronald Reagan, Mendoza regresa a Barcelona y en 1986, llega “La ciudad de los prodigios”, considerada su obra cumbre.

“La ciudad de los prodigios” es un retrato de la evolución social y urbana de Barcelona entre las dos exposiciones universales de 1888 y 1929.

Admirador de Cervantes y de Pío Baroja, este escritor tímido, de pelo y bigote canosos, incursionó también en la prensa con columnas de opinión en El País, donde también publicó una historia por entregas sobre un extraterrestre en la Barcelona previa a los Juegos Olímpicos de 1992, que luego recogió en el libro “Sin noticias de Gurb”.

Mendoza ha publicado 15 obras, y ha ganado entre otros el Premio de la Crítica por “La verdad sobre el caso Savolta” y el Planeta por “Riña de gatos. Madrid 1936”.

En los años 90, Mendoza compagina su trabajo como profesor universitario (de 1995 a 1999) con la escritura y compone su primera obra de teatro, escrita en catalán, “Restauraciò”, a la que seguiría en 2008 “Glòria”.

Con este premio el jurado del Cervantes cumplió con una tradición por la cual desde hace años el galardón es entregado alternativamente a escritores españoles y latinoamericanos.

En 2014, el premio recayó en el español Juan Goytisolo.

Goytisolo y Fernando del Paso formaron parte este año del jurado, de once miembros, junto con personalidades del mundo académico universitario, periodístico y literario de América Latina y España.

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“Road to Estambul”: ¿en qué hemos fallado?

¿Cuánto sabemos de nuestros hijos? Esta es una de las preguntas que parece hacerse la película Road to Estambul, del director francés de ascendencia argelina Rachid Bouchareb, que narra la historia de Elisabeth (Astrid Whettnall), una mujer belga que un día descubre que su única hija, Elodie (Pauline Burlet), ha desaparecido de casa.

 

¿Cuánto sabemos de nuestros hijos? Esta es una de las preguntas que parece hacerse la película Road to Istanbul, del director francés de ascendencia argelina Rachid Bouchareb, que narra la historia de Elisabeth (Astrid Whettnall), una mujer belga que un día descubre que su única hija, Elodie (Pauline Burlet), ha desaparecido de casa. Todo en la vida de las dos parecía normal, y así nos lo deja ver la película en sus inicios: Elisabeth vive en un ambiente semirrural, en una casa amplia pero austera, se encarga ella misma de las tareas domésticas, desempeña su oficio de enfermera yendo a la casa de sus pacientes y disfruta de la naturaleza y de una vida bastante solitaria; Elodie, por su parte, es una chica aparentemente corriente, que pertenece al equipo de básquet de su escuela, pero a la que vemos ligeramente sombría desde las primeras tomas de la película, que se abre con una escena anticipatoria: a través de Skype y sin decir palabra, la muchacha nos muestra unos cartelitos escritos de su puño y letra que revelan que ha cambiado radicalmente de vida. Bouchareb no juega con escamotearnos el destino de Elodie, sino que pone, de entrada, las cartas sobre la mesa: la chica viste la hiyab, porque ahora hace parte del Estado Islámico.

Bouchareb no se ha sacado el tema del bolsillo. En 2014 unos 400 jóvenes belgas se enrolaron en esta organización, conocida por su fanatismo y por su actuar sangriento, y Vilvoorde, una ciudad belga, se convirtió en semillero del yihadismo. También lo hicieron, aunque en menor proporción, jóvenes franceses y británicos, muchos de ellos de los llamados ninis —ni estudian ni trabajan—, algunos de los cuales fueron reportados como víctimas de los combates, o, peor aún, como victimarios que se enorgullecían de su militancia frente a las cámaras. El director, sin embargo, no ha recreado el escenario más usual, que es el de jóvenes de familias musulmanas, muchos de ellos ni siquiera practicantes, que son adoctrinados por internet, sino el de una jovencita que nada tiene que ver con esta religión, pero que por razones que su madre no se explica resulta especialmente vulnerable al llamado yihadista. El hipotético espectador de la película estará preguntándose: ¿podría pasarle esto a mi hijo, a mi hermano, a alguno de mis compañeros?

¿En qué he fallado? Esa es, naturalmente, la otra pregunta de la madre, la que todo padre de un hijo díscolo o extraviado se hace en algún momento. Para fortuna del espectador, la película no ahonda en explicaciones de tipo sicológico. Sabemos que el padre dejó a Elodie hace ya tiempo, que vive en Guyana y se ha casado nuevamente, que el entorno de la protagonista es aburrido, pero que no hay nada muy grave en su ambiente escolar o familiar que explique su decisión. Y este es tal vez uno de los recursos más efectivos de la película, pues instaura en su centro un agujero negro, un enigma: el de la condición humana, imprevisible siempre. Y nos remite a la mente frágil de tantos jóvenes idealistas, a veces confundidos o dispuestos a llevar sus vidas a situaciones límite.

El manejo de las emociones a lo largo de la película es sabiamente contenido. No hay gritos ni aspavientos. Como el director ha escogido el punto de vista de la madre para narrar la historia, asistimos paso a paso al desconcierto inicial de Elisabeth, a su calmada espera, y a eso que tantos padres hemos vivido: la momentánea desazón del celular que nadie contesta, la vana espera en la noche, la angustiada llamada a la mejor amiga apenas clarea, en fin, todos aquellos movimientos que dicta la lógica y que siempre están esperando un rápido y feliz desenlace, una reprimenda, grande o pequeña, y un suspiro de alivio. Pero no, no es eso lo que aquí sucede: relativamente pronto Elisabeth descubre que Elodie está en Chipre, y más tarde, a través de informes de las autoridades, que está en un lugar indeterminado entre Siria e Irak, en el corazón mismo de la guerra. Y entonces la película se centra toda en la reacción de la madre. Elisabeth ensaya primero el recurso de la comunicación con Elodie, a través del teléfono celular o de Skype. Y somos testigos del esfuerzo de una madre por medir cada palabra, de hacer las preguntas correctas, de no provocar una retirada en su hija. Pero cuando ya se agotan esos recursos, Elisabeth, en vez de quedarse paralizada, toma la difícil decisión de viajar en busca de Elodie. Y en esto va a consistir el grueso de la película: en la travesía de la madre por regiones de guerra, expuesta al peligro, tratando de buscar el rastro de la muchacha perdida. La tensión que va a jalonar al espectador es la curiosidad. ¿Lo logrará? En caso de que la encuentre, ¿cuál será la reacción de Elodie?

Fiel al punto de vista, Bouchareb nos permite transitar por hotelitos mezquinos, por comisarias, por trochas desoladas, por fronteras cruzadas por multitudes que huyen —mientras, paradójicamente, Elisabeth va en sentido contrario—. Alcanzamos a sentir todo el horror de la guerra, pero también a leer la mente de la madre, su empecinamiento, sus momentos de vacilación y cansancio. Todo dentro de una sobriedad formal admirable, sin recurrir a pintoresquismos ni exotismos, y construyendo unas atmósferas que nos permiten vivir el drama a través de un mínimo de palabras.

Road to Istanbul es una película desolada, donde no hay lugar para una sonrisa. Una obra que nos lleva a preguntarnos qué está pasando en Occidente para que adolescentes y jóvenes estén buscando una fe a todo trance y cayendo en los extremos del fanatismo. Pero que también habla del poder del amor materno, de su fuerza, y, desafortunadamente, de sus límites. De que engendramos hijos y los educamos pero esto no quiere decir que nos pertenecen.

* Escritora y columnista de El Espectador.

, “Road to Estambul”: ¿en qué hemos fallado?, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/road-to-estambul-hemos-fallado-articulo-667542, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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